Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTIOCHO #2
91%

VEINTIOCHO #2

El teniente de bomberos me tendió el transmisor de frecuencia cerrada. Apreté el plástico rígido, sintiendo el sudor frío en mis palmas. Tuve que tragar saliva y obligar a mis pulmones a inhalar hondo para ahogar el temblor visceral que amenazaba con fracturar mi voz.

Presioné el botón de transmisión.

—Savannah. Soy Ian. ¿Me recibes?

La estática crujió durante un segundo que se me antojó una eternidad, hasta que su voz llenó el altavoz.

— Ian... —Su tono era firme, aunque había un ligero temblor inusual en la voz de mi chica—. Te recibo.

—¿Cómo estás, preciosa? —murmuré, acercando el micrófono a mis labios, bajando el tono hasta convertirlo en un refugio exclusivo para ella.

— Aguantando... —Hubo una pausa en la que pude escuchar el repiqueteo del agua filtrándose de fondo—. Aunque... sería genial ver aparecer a un bombero de rescate de ojos verdes para sacarme de aquí.

Apreté los párpados con tanta fuerza que vi destellos. El nudo de mi esternón amenazaba con ahogarme, pero me contuve, canalizando cada onza de mi autocontrol para transmitirle la seguridad absoluta de un escudo humano.

—Aguanta un poco más, preciosa —le prometí, con una firmeza rocosa—. Estoy justo encima de ti, en la planta baja, con el capitán de bomberos. Y voy a bajar a por ti.

— Ian, daos prisa... —Su voz tembló, rompiéndose en los bordes—. Pero escúchame bien: ni se te ocurra hacer una locura. No pongas tu vida en riesgo por mí.

Una sonrisa torcida tiró de la comisura de mi boca.

—Haré lo que haga falta para sacarte, Savannah. Conozco mi trabajo.

— Ian... —El tono de Savannah cambió de repente, volviéndose cauteloso—. ¿Hay más gente escuchando esta frecuencia?

—Sí. Está el puesto de mando de bomberos entero, el equipo Alfa, Hannah y Sloane. Tienes una audiencia bastante selecta.

El altavoz devolvió un suspiro estático, seguido de un murmullo lejano que sonó sospechosamente parecido a un « a la mierda» .

Y entonces, su voz cortó el aire de la sala, más alta, más firme, con una claridad que me partió el alma en dos.

— Ian Collins... te amo. Pase lo que pase aquí abajo, solo quería que lo supieras. Te amo.

El mundo entero se desintegró a mi alrededor.

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo un escalofrío brutal recorriéndome la médula.

Mis manos temblaban de forma incontrolable y el pecho se me contrajo bajo el chaleco táctico con una violencia física.

Años anhelando escuchar esas palabras de sus labios, y me las estaba entregando mientras el agua amenazaba con arrebatármela.

Acerqué la radio a mi boca, con la voz rasposa.

—Aguanta. Me vas a decir eso a la cara. Te exijo que me lo digas en persona más tarde, Savannah. Tenemos una cita ¿recuerdas? Me lo vas a decir cuando logre tenerte para mí solo, atrapada en mi cama durante toda la noche. O quizá, una puta semana entera.

Una risita temblorosa, casi un sollozo de alivio escapó del altavoz.

— Vale.

Solté el botón y corté la comunicación. Corté también el pánico. Cuando abrí los ojos, el hombre aterrado había desaparecido. Me giré hacia la mesa de planos, recomponiéndome por completo.

—Bien. Vamos a sacarla de ahí —sentencié.

Caleb se adelantó, apoyando sus masivas manos sobre la mesa y mirando al capitán Smith.

—Capitán, ¿con cuántos hombres de su unidad contamos para ejecutar la inserción y el rescate técnico en aguas confinadas?

Smith esbozó una sonrisa cargada de ironía y cansancio, negando con la cabeza.

—Donovan, cuando las cosas se complican, los bomberos hacemos lo que está en los manuales.

Pero cuando los manuales no sirven y las cosas se vuelven imposibles...

a quienes llamamos es al equipo Alfa. Mis chicos asegurarán el perímetro y controlarán las bombas, pero el trabajo sucio en inmersión es vuestro.

Noah, Caleb y yo nos tensamos al unísono. Tendríamos que elaborar un plan viable que pudiéramos ejecutar nosotros mismos.

Antes de que pudiera trazar el primer vector en el plano, el sonido de unos pasos frenéticos rompió nuestra concentración. Georgia Robbins apareció corriendo desde el pasillo de urgencias, con el pijama médico manchado de sangre y los ojos desorbitados por un pánico salvaje. Acababa de enterarse.

—¡Ian! —gritó Georgia, abalanzándose hacia el puesto de mando con tanta desesperación que Noah tuvo que dar un paso al frente y agarrarla por los hombros para frenar su inercia—. ¡Ian, por favor! ¡Dime que vas a sacarla! ¡Sácala de ahí abajo, te lo ruego!

—Tranquila, Georgia, estamos en ello —le aseguró Noah, usando su tono de paramédico para anclarla.

Mantuve la mirada fija en los ojos aterrados de la hermana mayor de mi chica.

—La sacaré de donde sea, Georgia. O moriré en el intento. Te doy mi palabra —le juré, con una solemnidad sepulcral.

Me giré hacia el capitán Smith, que nos observaba con el ceño fruncido, evaluando la interacción.

—La persona que está atrapada en ese almacén es mi mujer, capitán —le informé, soltando la verdad sobre la mesa con la misma contundencia que un bloque de plomo.

Smith apretó la mandíbula.

—Lo había imaginado por la conversación de radio. Collins, esto compromete todo el protocolo. Si estás emocionalmente implicado, dudo de tu frialdad para ejecutar un rescate de alto riesgo técnico sin cometer un error fatal por precipitación.

—Con todo el respeto, capitán —intervino Caleb de inmediato, su envergadura imponiendo una autoridad incontestable frente al veterano bombero—, Ian es la mejor opción que tenemos en todo el estado de Oregón.

Por no decir que es la única. Él la salvará o morirá intentándolo, y no hay ni un solo hombre en esta sala capaz de pararle los pies.

Así que más nos vale dejarnos de burocracia y ponernos a trabajar juntos.

Smith sostuvo la mirada de nuestro piloto durante tres segundos de pura tensión táctica. Finalmente, el bombero asintió, rindiéndose a la evidencia.

Me incliné sobre los planos. Caleb se colocó a mi derecha, sacando un bolígrafo y empezando a garabatear cálculos rápidos de hidrodinámica en el margen del papel.

—La presión exterior es el enemigo invisible —murmuró Caleb, analizando los vectores de fuerza—.

Ahora mismo, esa puerta semi-estanca la mantiene con vida, pero es la peor trampa posible.

No podemos forzarla. Si intentamos romper el vidrio reforzado de forma negligente, provocaremos una descompresión repentina; el torrente de agua masiva entraría como una guillotina y Savannah podría ahogarse o sufrir un traumatismo craneal antes de que podamos alcanzarla.

—Tengo equipo pesado —ofreció Smith, señalando el pasillo en el plano—.

Tenemos material para crear diques temporales en la entrada principal del agua, en las compuertas de carga.

Es una zona que podemos controlar parcialmente.

Si coloco diques inflables rápidos, podremos contener la embestida del agua.

Además, tengo tres bombas de achique de gran capacidad listas para succionar.

Asentí, procesando la información a la velocidad de la luz.

—De acuerdo. Si consiguen colocar los diques y achicar un volumen suficiente de agua en el pasillo para reducir la corriente, Noah y yo podemos fijar una línea de vida desde las escaleras.

Avanzaremos anclados hasta la puerta y, cuando el nivel de agua esté por debajo de la mitad del vidrio, abrimos e irrumpimos a por Savannah.

Caleb dejó de escribir y negó lentamente con la cabeza, mirando los cálculos.

—La tasa de extracción de esas tres bombas contra el volumen acumulado en el nivel menos uno nos da un margen de tiempo demasiado largo, Ian.

Quizá necesitemos tres horas para que el nivel baje a una cota segura en el exterior.

Savannah no tiene ese tiempo. Se quedará sin oxígeno o entrará en hipotermia severa antes.

El silencio que siguió a las palabras de nuestro piloto fue denso.

—Hay una forma... Pero no va a gustarte —Caleb levantó la vista, sus ojos turquesa brillando se fijaron en los míos —. La presión impide abrirla porque es desigual. Si igualamos las fuerzas, la puerta cederá con un empujón.

—¿Qué estás sugiriendo? —preguntó Smith, entrecerrando los ojos.

—Una inundación controlada de la sala de Savannah —sentenció Caleb.

Joder. No. Era contraintuitivo. Era una locura. Era peligroso y si algo iba mal la que lo pagaría sería Savannah. Con su vida.

—Romperemos el cristal de la puerta de forma calculada —continuó Caleb, trazando el plan con precisión —.

El agua irrumpirá en el almacén, sí. Pero cuando el volumen interior iguale al del pasillo y las presiones se equilibren, la hoja de la puerta quedará liberada.

Ian estará posicionado y anclado exactamente al otro lado del cristal.

Noah y yo, detrás de él. En el momento en que se produzca el equilibrio, reventamos la puerta.

Ian entra en la sala, asegura a Savannah en el arnés de evacuación, y nosotros tiramos de la línea de vida con todo el peso de nuestros cuerpos para sacaros a los dos de la corriente.

Levanté la vista del plano y crucé miradas con mis dos compañeros, mis hermanos. Noah asintió, con la mandíbula apretada, dispuesto a todo por sacar a su mejor amiga del agua.

Era un plan de un riesgo astronómico. Era una maniobra altamente técnica, con un margen de error de milímetros.

Si calculábamos mal la presión, si yo no era lo suficientemente rápido para encontrarla bajo el agua, o si la línea de vida cedía, moriríamos todos ahogados en las entrañas del Hospital Regional.

Pero era la forma más rápida de recuperar a mi chica.

Agarré mi casco de vuelo y comprobé el mosquetón de mi pecho con un chasquido metálico que sonó como un disparo en el vestíbulo.

—Preparad las cuerdas. Nos vamos abajo.

✽✽✽

El vestíbulo del hospital se había transformado en nuestro centro de operaciones. El zumbido ensordecedor de los generadores y el fragor de las bombas de achique que el departamento de bomberos acababa de poner en marcha Inundaba la sala.