VEINTIOCHO
Ian
E l impacto sordo de los patines del Alfa Uno contra el asfalto del helipuerto de la azotea sacudió mi columna vertebral, pero mis músculos ya estaban entrenados para absorber el golpe. La tormenta arreciaba con una violencia bíblica, pero habíamos logrado arrancar a un civil de las fauces del río.
Abrí la compuerta lateral antes de que los rotores desaceleraran por completo. Noah y yo bajamos la camilla bajo el diluvio, moviéndonos con la sincronización milimétrica de un solo organismo. En las puertas del transfer aeromédico, el equipo de trauma nos esperaba con Logan Pierce a la cabeza.
—Varón de cincuenta años, politraumatismo por arrastre y aplastamiento —informé a gritos por encima del estruendo, empujando la camilla hacia las luces blancas del pasillo—.
Torniquete táctico en la femoral derecha colocado hace doce minutos.
Vía intraósea establecida. Glasgow en ocho y bajando. Es todo tuyo, Pierce.
—Lo tengo, Collins. ¡A quirófano dos, rápido! —ordenó Logan, desapareciendo por el pasillo flanqueado por su equipo.
Me arranqué el casco de vuelo y me pasé una mano enguantada por el pelo empapado.
La adrenalina del rescate empezaba a disiparse, dejando espacio a un único y martilleante pensamiento: Savannah.
Sabía que estaría comandando el triaje en la planta baja, inmersa en sangre y barro, y necesitaba desesperadamente verla, comprobar que estaba a salvo, respirar el mismo aire que ella aunque solo fuera durante treinta segundos antes de volver al cielo.
Me desabroché los anclajes superiores del arnés, dispuesto a avanzar hacia los ascensores, cuando una figura vestida con un pijama quirúrgico azul bloqueó mi camino.
Era Hannah.
La jefa de cirugía de trauma estaba de pie en medio del pasillo de transferencia, pero algo iba terriblemente mal.
Hannah siempre irradiaba la sangre fría de un témpano de hielo, una mujer forjada para abrir pechos y masajear corazones a mano descubierta.
Sin embargo, en ese instante, su rostro era una máscara de cera.
Estaba mortalmente pálida y sus ojos castaños más abiertos de lo normal.
—El Alfa Uno se queda en tierra —sentenció Hannah, con la voz temblándole ligeramente.
Caleb, que acababa de entrar al pasillo tras apagar los sistemas, se detuvo en seco, frunciendo el ceño con profunda incomprensión.
—¿Qué dices, Hannah? No podemos quedarnos en tierra. Tenemos tres extracciones críticas pendientes en la ribera sur y el tiempo corre en contra.
—No lo entiendes, Caleb —replicó ella, negando con la cabeza, tragando saliva—.
Se ha dado el aviso de inundación interna.
El río ha reventado las puertas de carga de la fachada trasera.
El agua ha entrado con una fuerza brutal en el nivel menos uno.
El sótano del hospital está completamente anegado.
Caleb, Noah y yo intercambiamos una mirada de pura confusión.
—¿Necesitáis manos para evacuar a los pacientes de urgencias a la primera planta? —pregunté, evaluando los daños—. Podemos hacer cadenas de traslado rápido.
—No, urgencias está segura por ahora —Hannah dio un paso hacia mí, y el pánico en su mirada se afiló hasta convertirse en una cuchilla—.
Hay algo infinitamente más urgente, Ian.
Alguien bajó a buscar mantas térmicas justo cuando cedieron las compuertas.
Se ha quedado atrapada en el almacén de suministros médicos del sótano.
La puerta semi-estanca ha quedado bloqueada por la presión hidrostática del agua del pasillo... y es Savannah.
El mundo dejó de girar.
El zumbido de los fluorescentes, el rugido de la tormenta, la respiración de mis hermanos de equipo... todo se desvaneció en el vacío. Un bloque de hielo me atravesó el esternón.
No. No. No. No.
Savannah.
El aire abandonó mis pulmones de forma abrupta.
Intenté inhalar, pero mi garganta se había cerrado por completo.
El bombero de rescate acostumbrado a la presión se desmoronó en una fracción de segundo.
Me quedé completamente paralizado. Mis manos empezaron a temblar con una violencia incontrolable.
Los peores pensamientos, las imágenes de sus ojos avellana sumergidos en agua oscura, ahogándose en las entrañas de este maldito edificio, rugieron en mi mente con la fuerza de un huracán.
—Los bomberos están evaluando la situación abajo —continuó Hannah, hablando rápido, con urgencia —.
Las zonas antiguas y más vulnerables del sótano están perdidas, el nivel del agua es crítico.
El almacén solo está resistiendo porque la puerta semi-estanca está aguantando el embate principal, pero se está filtrando agua por las juntas de forma lenta y constante. La sala se está llenando.
—¿Quién diablos está al mando del operativo terrestre? —exigió Caleb, asumiendo el control de inmediato, con la voz convertida en un látigo.
—El capitán Smith, del parque de bomberos del condado —respondió Hannah.
Caleb asintió y se giró hacia mí. Pero yo no estaba allí.
Estaba atrapado en el accidente de hace doce años, reviviendo el terror de sentir que no podía hacer nada para encontrar el autobús, la impotencia y la frustración de no poder hacer anda por salvar a alguien que me importaba.
Pero Savannah no era alguien que me importaba.
Ella era el maldito centro de mi mundo, de mi existencia. No podía respirar sin ella.
Noah y Caleb se dieron cuenta al instante. Mis hermanos se colocaron uno a cada lado, flanqueándome, formando un escudo con sus propios cuerpos para sostenerme si mis piernas cedían.
Pero fue Hannah quien cruzó la línea.
Acortó la distancia que nos separaba, se plantó a escasos centímetros de mi pecho y, alzando las manos, agarró las solapas de mi chaleco de vuelo con una fuerza brutal, obligándome a bajar la mirada y conectar directamente con sus ojos feroces.
—Mírame, Collins. Mírame a los ojos —me ordenó Hannah —.
Sé que te estás ahogando en pánico, pero te prohíbo que te rompas ahora.
Savannah está ahí abajo. Sola. A oscuras.
La tengo conectada por el canal de radio cerrado y te juro que está manteniendo la calma y la integridad mental como una maldita campeona.
Las palabras de Hannah penetraron a través de mi terror.
—Pero te necesita, Ian —continuó Hannah, sacudiendo mi chaleco, espoleando mi instinto más primario—.
Los bomberos están bloqueados. Pero vosotros sois el equipo Alfa.
Sois la élite de este estado. Vosotros sois los que calculáis presiones, poleas, anclajes y ejecutáis extracciones en entornos imposibles antes del desayuno.
Conoces la dinámica de fluidos y las estructuras colapsadas mejor que nadie en este código postal.
Así que encierra tu miedo en una puta caja de plomo, arranca ese cerebro de rescatista que tienes y ven a sacar a la mujer que amas de ese sótano antes de que se quede sin oxígeno. ¿Me has entendido?
La bofetada verbal surtió un efecto.
Parpadeé. Inhalé una bocanada de aire profundo y doloroso que me llenó los pulmones. Mis manos dejaron de temblar. Apreté los puños, sintiendo cómo la sangre volvía a circular, esta vez cargada de una letalidad fría y calculadora.
Asentí con un movimiento de cabeza corto y seco. Miré a Caleb y a Noah, que ya tenían los ojos fijos en mí, listos para entrar en acción.
—Hannah —mi voz sonó grave, rasposa, pero impregnada de la autoridad implacable de un comandante de rescate—. Llévame al puesto de control del capitán Smith. Ahora.
Sin perder una milésima de segundo, el Equipo Alfa y la cirujana de trauma nos dimos la vuelta y salimos a la carrera, volando por las escaleras hacia la planta baja, directos a las puertas del infierno.
✽✽✽
El puesto de mando avanzado se había instalado en el vestíbulo que daba acceso a las escaleras del ala este. El espacio estaba iluminado por potentes focos halógenos alimentados por los generadores de emergencia, proyectando sombras alargadas sobre los charcos de agua que ya manchaban el linóleo.
Cuando Noah, Caleb y yo irrumpimos en la zona con nuestros monos de vuelo empapados y los arneses tácticos tintineando, el capitán Smith del departamento de bomberos del condado levantó la vista de los planos. El alivio en su rostro curtido fue instantáneo y palpable.
—Collins. Donovan. Grant —saludó Miller, soltando un suspiro que delataba el nivel crítico de la crisis—. Gracias a Dios que estáis en el edificio.
—Situación, capitán. Quiero un informe completo y lo quiero ahora —exigí, acortando la distancia con zancadas largas, mi voz desprovista de cualquier cortesía.
Smith asintió, señalando el esquema de las entrañas del hospital.
—La tenemos ubicada en el almacén de suministros de la zona reformada.
El nivel menos uno está colapsado casi en su totalidad.
El agua entró como un ariete por las compuertas de carga.
La buena noticia es que Savannah está protegida por la puerta semi-estanca del almacén.
La mala noticia es que esa misma puerta es ahora su tumba.
Cerré los ojos con fuerza por un segundo. No me gustaba esa maldita palabra. No iba a ser la tumba de Savannah.
El capitán trazó una línea sobre el plano con un rotulador rojo.
—El nivel del agua en el pasillo exterior ha subido de forma drástica.
La presión hidrostática que ejerce la inundación sobre la hoja de la puerta hace que sea físicamente imposible abrirla desde fuera.
Además, el agua sigue filtrándose al interior por las juntas inferiores.
El sistema de ventilación es demasiado estrecho para una extracción vertical, y perforar el techo o los muros de carga de hormigón armado nos llevaría horas que ella no tiene.
Tragué la bilis que me quemaba la garganta.
—Dame la radio —ordené, extendiendo una mano enguantada.