Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTISIETE #3
88%

VEINTISIETE #3

Una tromba de agua lodosa, escombros y ramas reventó el corredor como un tren de mercancías descarrilado.

La ola impactó de lleno contra la puerta semi-estanca del almacén que yo había dejado abierta.

El golpe de la corriente la empujó con una violencia brutal, cerrándola de golpe con un chasquido metálico que selló mi salida.

Solté las cajas de inmediato y me abalancé sobre la puerta. Agarré la manivela y empujé con toda la fuerza de mis pulmones, mis hombros y mis piernas.

Inútil. Absolutamente inútil.

La puerta se abría hacia fuera, hacia el pasillo, y la presión del agua acumulándose al otro lado equivalía a una tonelada de hormigón armado.

A través del vidrio reforzado de la mitad superior, vi con horror cómo el nivel del agua turbia ascendía en cuestión de segundos, devorando el corredor, superando mis rodillas y alcanzando casi el metro de altura contra el cristal. Estaba completamente atrapada.

Retrocedí un par de pasos, jadeando, con el corazón bombeando de terror.

Por suerte, los sellos de goma de la puerta semi-estanca estaban resistiendo el embate principal.

La sala no se estaba inundando de golpe, pero el aislamiento no era perfecto; el agua helada comenzaba a filtrarse por los bordes inferiores, arrastrándose hacia mis pies de forma lenta pero constante.

El pánico arañó mi garganta. Lo tragué a la fuerza, apelando a cada fibra de mi disciplina médica. Llevé la mano temblorosa a la radio.

—¡Sloane! ¡Sloane, contesta! —grité, incapaz de mantener el protocolo—. ¡Las compuertas de carga han cedido! ¡Estoy atrapada en el almacén de suministros!

Estática. Un zumbido sordo fue mi única respuesta. El muro de agua y el hormigón armado debían de estar bloqueando la señal de corto alcance de la administración.

Cambié de dial frenéticamente, con los dedos resbalando por el sudor frío.

—¡Clara! ¡Control de enfermería, aquí Savannah! ¿Me recibís?

Nada. El silencio de la radio era más aterrador que el rugido del agua al otro lado del cristal.

Pensé rápido. La segunda planta. Los quirófanos de trauma tenían repetidores de señal de grado militar para no perder comunicación durante las cirugías. Giré la rueda hasta el canal de emergencia quirúrgica.

—¡Hannah! ¡Doctora O'Malley, responde por favor! —supliqué, con la voz a punto de quebrarse.

El milagro llegó en forma de un chasquido seco.

— Quirófano dos, adelante Savannah. Te recibo fuerte y claro. ¿Qué sucede? —La voz de Hannah era clara y directa.

—Hannah, estoy en el sótano... El río ha reventado las puertas de carga. Ha entrado con una fuerza brutal y ha cerrado la puerta del almacén. No puedo abrirla, la presión del agua desde el pasillo me lo impide.

— Maldita sea... —murmuró mi mejor amiga, y pude escuchar el sonido de instrumental metálico cayendo sobre una bandeja—. ¿El agua está entrando en la sala? ¿Estás herida?

—No estoy herida —informé, retrocediendo a medida que el charco en el suelo ganaba terreno, mojando mis tobillos—. La puerta resiste el grueso del impacto, pero se está filtrando agua por las juntas. Entra lenta, pero no se detiene. El pasillo ya está anegado.

— Escúchame, Savannah. Concéntrate en mi voz —ordenó Hannah, adoptando su tono de mando supremo, el mismo que usaba para salvar vidas en la mesa de operaciones—.

Súbete a las estanterías, busca el lugar más elevado de la sala y ponte a salvo del agua para evitar la hipotermia.

Mantén la calma para no consumir el oxígeno por si la ventilación falla.

Estoy pulsando el botón de alarma general ahora mismo y voy a movilizar al equipo de rescate para que te saquen de ahí. Aguanta.

—Entendido. Pero daos prisa, Hannah. El agua está helada.

La comunicación se cortó. El silencio regresó a la pequeña sala iluminada por la pálida luz de emergencia, solo interrumpido por el goteo constante y sibilante del agua filtrándose por la puerta.

Hice lo que me ordenó Hannah. Trepé por la pesada estantería de acero, asegurando mis pies en las baldas hasta llegar a lo más alto. Me encogí sobre mí misma en el estrecho espacio, abrazándome las rodillas, tiritando de frío a pesar del pijama sanitario.

Cerré los ojos con fuerza y apoyé la frente contra mis brazos cruzados.

Ian.

Si él estuviera aquí, si el Alfa Uno estuviera volando cerca, sabía que él destrozaría los cimientos del hospital con sus propias manos para sacarme de allí.

Todo el ruido mental, todas las dudas y los fantasmas del pasado se evaporaron, dejando tras de sí una claridad devastadora.

Qué estupidez. Qué absoluta y monumental estupidez había sido refugiarme en mi propia inseguridad durante la última semana.

Había levantado un muro de hielo, asustada por la intensidad de lo que estaba naciendo entre nosotros, aterrorizada por las manipulaciones de mi madre y la idea de no ser suficiente para él.

Me había callado mis miedos, castigándolo con mi distancia, perdiendo unos días preciosos que ahora parecían el mayor tesoro del mundo.

Lo amaba. Lo amaba como jamás había amado a nadie en mi vida. Y si la montaña me concedía una segunda oportunidad, Ian Collins iba a escucharlo de mis propios labios hasta que no le quedara ni una sola duda.