Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTISIETE #2
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VEINTISIETE #2

Estaba concentrada en el box cuatro, atendiendo a una familia cuyo todoterreno había patinado hasta chocar con un muro de contención. Georgia evaluaba a los padres, comprobando sus pupilas y descartando conmociones, mientras yo me ocupaba del hijo pequeño, un niño de unos diez años llamado Leo.

—Lo estás haciendo genial, campeón —le dije con voz suave, inyectando un tono cálido y maternal que anestesiaba el miedo.

Tenía sus pequeños dedos ensangrentados entrelazados con los míos—.

Solo es un corte feo. Voy a ponerte un poco de lidocaína para dormir la zona, ¿de acuerdo?

Te escocerá como la picadura de un mosquito cabreado, pero luego no sentirás absolutamente nada.

Leo asintió, con los ojos llenos de lágrimas y los labios temblando. Cargué la jeringa y limpié los bordes lacerados de la herida de su antebrazo. Me dispuse a introducir la aguja cuando el mundo exterior rugió con una furia desproporcionada.

A pesar de que los pronósticos apuntaban a una ligera tregua, un trueno ensordecedor hizo vibrar los cimientos del hospital, seguido de un aguacero tan violento que sonaba como metralla golpeando los ventanales.

Y entonces, todo desapareció.

La luz se esfumó. El zumbido constante de la sala, los monitores, el sistema de climatización... todo murió en un apagón fulminante. La oscuridad fue absoluta, como un telón de acero pesado y asfixiante cayendo sobre nosotros.

El pánico estalló en forma de gritos ahogados y sollozos en las salas de espera.

—¡No se muevan! —ordené de inmediato, proyectando la voz con una firmeza que resonó en cada rincón oscuro de la sala de urgencias. Me quedé completamente inmóvil, con la aguja a un milímetro de la piel del niño para no desgarrarle el tejido en la oscuridad—. ¡Que todo el mundo mantenga la calma!

Las manos frías y temblorosas de Leo se aferraron a la tela de mi pijama quirúrgico con una fuerza desesperada.

—¡Tengo miedo! —sollozó el crío.

—Tranquilo, Leo. Te tengo, estoy aquí contigo —le aseguré, bajando el tono a un murmullo profundo y protector, envolviendo su pequeña mano con la mía para anclarlo a la realidad—.

Solo es un corte de suministro por la tormenta.

Tenemos los mejores generadores de emergencia del condado.

Solo hay que contar hasta diez para que los motores diésel arranquen. ¿Cuentas conmigo? Uno... dos...

—T-tres... cuatro... —susurró el niño en la penumbra.

Un segundo después, los focos fluorescentes parpadearon dos veces y estallaron en una luz blanca y cegadora que nos devolvió el color al instante. Los monitores iniciaron su ciclo de reinicio con su familiar pitido agudo.

Solté el aire que no me había dado cuenta de que estaba reteniendo. Por encima de la camilla del niño y la cabeza de sus padres, mis ojos buscaron los de mi hermana. Georgia, que tenía la linterna de exploración a medio sacar del bolsillo, me devolvió una mirada cargada de alivio.

Articuló con los labios, sin emitir sonido: «Por los pelos».

Asentí, forzando una sonrisa para tranquilizar a la familia, y procedí a inyectar la anestesia en el brazo del niño con pulso firme. Cuando terminé la sutura y dejé el brazo de Leo vendado y seguro, salí del box, quitándome los guantes manchados de sangre.

Clara, la enfermera jefa de coordinación, me interceptó a mitad del pasillo con el teléfono de radioenlace apretado contra el pecho. Estaba pálida.

—Savannah, tenemos un problema logístico grave —me informó, con la respiración entrecortada—.

Acabo de hablar con el control de la base aérea de rescate.

Tienen a los tres equipos volando sin descanso, pero el agua está arrastrando a los evacuados.

Se han quedado sin reservas de mantas térmicas en sus helicópteros y en el polideportivo.

Los civiles están entrando en hipotermia de segundo grado.

Necesitan que les enviemos todo nuestro stock de inmediato a la zona de aterrizaje exterior.

Fruncí el ceño, evaluando rápidamente nuestros recursos en planta.

—Los armarios de la sala de trauma están bajo mínimos. Todo el material pesado y las cajas de mantas isotérmicas nuevas están embaladas en el almacén de suministros de la planta menos uno.

—No puedo mandar a ningún celador, están todos ocupados conteniendo a los pacientes en las salas de espera tras el apagón —se lamentó Clara, genuinamente desbordada.

Miré el caos a mi alrededor. Georgia estaba estabilizando las vías de los boxes centrales y el doctor Oliver parecía haber recuperado algo de ritmo en la zona de suturas menores.

La sala estaba estabilizada por el momento, pero Ian y sus compañeros estaban ahí fuera, arriesgando la vida, necesitando ese maldito material para evitar que la gente se congelara.

—No te preocupes. Toma el mando de la radio, Clara —le ordené, sacando mi tarjeta de acceso maestra del bolsillo y encaminándome hacia el fondo del pasillo, hacia la puerta de las escaleras de servicio—. Yo misma bajaré al almacén del sótano a buscar las cajas. Vuelvo en tres minutos.

El eco de mis zuecos sanitarios resonó con urgencia en el hueco de la escalera de servicio mientras descendía los peldaños de dos en dos.

Dejar el triaje en el momento de mayor volumen de pacientes era un riesgo, pero la falta de mantas térmicas amenazaba con convertir la sala de urgencias en una morgue por hipotermia. Necesitaba ser rápida.

El sótano del Hospital Regional era un vestigio arquitectónico, las entrañas frías y olvidadas del edificio original. Al llegar al nivel inferior, la atmósfera cambió, volviéndose densa y cargada de un olor a polvo húmedo y hormigón viejo.

El espacio estaba dividido por un pasillo estrecho e interminable que desembocaba en las grandes compuertas metálicas de carga y descarga exterior.

A mi izquierda, se extendía la zona antigua: un trastero cavernoso repleto de mobiliario obsoleto, monitores inservibles y camas mecánicas acumulando polvo.

A mi derecha, tras una inversión reciente del hospital, se encontraba el nuevo búnker logístico.

Era un almacén de suministros médicos de última generación, protegido por una pesada puerta semi-estanca que se abría hacia el exterior, coronada por una mitad superior de vidrio reforzado con malla de acero.

Avancé por el pasillo hacia el almacén, pero al dar el tercer paso, el sonido de una salpicadura rompió el silencio.

Frené en seco. Bajé la vista.

Mis pies estaban chapoteando. No era una simple filtración; una capa de agua oscura y helada, de un par de centímetros de grosor, cubría todo el linóleo del corredor y avanzaba con una rapidez antinatural desde la zona de las compuertas de carga.

El pulso me saltó en la base del cuello. Descolgué de inmediato el transmisor de mi solapa.

—Sloane, aquí triaje —hablé por el canal general, manteniendo el tono clínico—. Estoy en el nivel menos uno. Tenemos una brecha. Está entrando agua en el sótano del hospital por las compuertas de carga.

— Copiado, Savannah —la voz de la directora médica sonó tensa entre la estática—. Date prisa, coge lo que necesites y sube de inmediato. Voy a avisar al parque de bomberos para que vengan a revisar la integridad del sótano antes de que afecte a los generadores.

—Recibido. Corto.

Llegué a la entrada del almacén, empujé la pesada puerta semi-estanca hacia el pasillo, dejándola abierta de par en par, y me adentré en la sala.

Fui directa a las estanterías de acero inoxidable del fondo, apilando en mis brazos seis cajas de mantas isotérmicas y un par de kits extra de sueros calientes.

Me di la vuelta, lista para salir corriendo hacia las escaleras, cuando el edificio entero pareció gemir.

Fue un crujido estructural masivo, un estruendo ensordecedor de metal retorciéndose y bisagras cediendo bajo una fuerza monstruosa. Y entonces, llegó el rugido. Un sonido primitivo, oscuro y aterrador que me heló la sangre en las venas.

Las compuertas de carga al final del pasillo habían colapsado.