Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTISIETE
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VEINTISIETE

Savannah

E l ambiente en la sala de urgencias del Hospital Regional había adquirido esa densidad eléctrica y metálica que siempre precedía al caos. El chirrido de las suelas de goma sobre el linóleo se mezclaba con el traqueteo de los carros de parada y el zumbido constante de los monitores encendiéndose.

Avanzaba por el pasillo central, repartiendo órdenes con una frialdad que enmascaraba el nudo de mi estómago.

—Llevad a los pacientes de nivel cuatro y cinco a las salas de espera de consultas externas —le indiqué a un par de celadores—. Necesito los boxes de trauma despejados y los calentadores de fluidos purgados. Quiero mantas térmicas en cada camilla y los kits de intubación rápida sobre las bandejas.

Me detuve un segundo en el control central, pasando un dedo tembloroso por el listado de personal de guardia impreso en el portapapeles. Mi vista se clavó en el nombre impreso en la segunda línea: Dra. Georgia Robbins. La angustia me oprimió la garganta. No sabía nada de ella.

Entonces, el sonido de las puertas automáticas abriéndose de golpe me hizo levantar la vista.

El oxígeno regresó a mis pulmones en una exhalación temblorosa. Era ella.

Georgia entró corriendo en la sala de urgencias.

Llevaba el pijama quirúrgico arrugado bajo una chaqueta cortavientos empapada.

No había rastro de su habitual delineado perfecto, ni de sus labios impecables; llevaba el cabello castaño recogido en un moño desordenado del que escapaban mechones húmedos, y unas sombras violáceas le marcaban las ojeras.

Sin embargo, no vi a una mujer derrotada.

Vi la chispa inconfundible, el fuego de la doctora brillante que se negaba a rendirse cuando el mundo se desmoronaba.

Solté el portapapeles y corrí hacia ella. Nos encontramos a mitad del pasillo y nos fundimos en un abrazo feroz.

—Estaba aterrada, Gia —le susurré contra el pelo húmedo—. No cogías el teléfono.

Georgia se separó lo justo, esquivando ligeramente mi mirada.

—He tenido un par de días... muy oscuros, Sav —confesó, con la voz un poco ronca—. Fui a refugiarme a una de las cabañas del bosque para desconectar del mundo. Pero el busca empezó a aullar hace media hora y... aquí estoy.

La miré de arriba abajo, observando el barro en sus zapatillas.

—Bajar desde Raven Ridge por esa carretera con la alerta de riada ha sido una temeridad suicida, Georgia. Podrías haberte matado.

Mi hermana esbozó una media sonrisa, una mueca torcida y carente de humor que le devolvió parte de su arrogancia característica.

—Por favor, Savannah. Me conoces. No pensaba perderme la acción. ¿Cuál es el parte? Ponme al día.

Mientras caminábamos hacia el control central, le hice un resumen a la velocidad del rayo.

—Las tormentas han reventado los diques.

El hospital ha activado el protocolo de catástrofes masivas, y como es tu primera vez aquí durante una riada de esta magnitud, te resumo: el equipo de trauma pesado, con Hannah y Logan al mando, está atrincherado en la segunda planta con los tres quirófanos estériles abiertos y listos para cirugías de control de daños.

Nosotras defenderemos la primera línea. He reorganizado la sala de urgencias al completo.

Yo me encargo del triaje de entrada; tú liderarás la estabilización en los boxes críticos.

—Perfecto. Cánulas de alto flujo, vías intraóseas y profilaxis para agua contaminada —recitó Georgia, asintiendo, con la mente trabajando a mil revoluciones.

—Exacto.

—¿Cómo están las cosas aquí? —La voz firme de Sloane nos interrumpió—.

El parte meteorológico acaba de actualizarse —informó Sloane, mirándonos con seriedad—.

Y tenemos noticias mixtas. La lluvia ha amainado lo suficiente para estabilizar los vientos en las cotas medias.

Los helicópteros de la base ya tienen autorización para mantener los rescates técnicos.

El corazón me dio un brinco de alivio brutal. Ian .

—Pero la previsión hidrológica ha empeorado —continuó Sloane, ensombreciendo la mirada—.

El desbordamiento del Wildwater es inminente.

Ya hay avisos de inundaciones graves en los comercios y bajos de las viviendas en la ribera sur.

Por suerte, la Guardia Nacional ha sido excepcionalmente rápida y ya ha evacuado a la mayor parte de la población civil.

Sloane hizo una pausa, evaluando nuestro entorno, las paredes de azulejos blancos de urgencias.

—Nuestro hospital está técnicamente dentro de la zona inundable. Sin embargo, los modelos predictivos indican que, por el desnivel del terreno, la riada debería esquivarnos por apenas un par de metros. Vamos a confiar en la topografía.

Entonces, la fachada profesional de Sloane se agrietó un segundo. Acortó la distancia, envolvió a Georgia en un abrazo inesperado y cálido, y le palmeó la espalda.

—Me alegro muchísimo de verte, Robbins. Te necesitamos aquí.

—Sloane, ¿dónde está Jonah? —preguntó Georgia al separarse, la preocupación por el niño asomando de inmediato.

—A salvo —aseguró Sloane, esbozando una sonrisa de puro alivio—. En cuanto sonó la primera sirena, lo envié con mis padres a Raven Ridge . Están todos allí refugiados, junto con los Donovan y la pequeña Octavia. Están en la zona más alta del condado, lejos del agua.

—Sloane, urgencias está lista. Todo el personal está en posición —le garanticé.

Justo en ese momento, las puertas de la sala de descanso se abrieron y apareció el doctor Oliver. El veterano jefe de urgencias tenía el rostro ceniciento y caminaba con la rigidez de un hombre que sabe que la situación le viene grande.

—Doctora Robbins, Savannah —balbuceó el doctor Oliver, pasándose una mano temblorosa por la calvicie incipiente—.

Creo que... dada la magnitud de esto, será mejor que vosotras dos asumáis el control directo del triaje avanzado y la estabilización crítica.

Yo me encargaré de lidiar con los pacientes menores y la sutura básica en los boxes traseros.

Georgia y yo intercambiamos una mirada imperceptible.

Sloane ni siquiera suspiró, pero le lanzó a la espalda del doctor Oliver una mirada tan cargada de resignación y hastío que casi podía cortarse con bisturí. Al ver la mandíbula tensa de la directora médica, el panorama completo se iluminó en mi cabeza.

Sloane Parker llevaba meses jugando una partida de ajedrez magistral.

Estaba harta de lidiar con la mediocridad y la complacencia de la vieja guardia.

La contratación de titanes de la cirugía como Hannah y Logan había sido el primer paso para convertir el Hospital Regional en un centro de trauma de élite.

La incorporación de Georgia era la pieza clave para la reestructuración médica, y con la inminente llegada de Cormac Donovan al servicio de urgencias en unas semanas, Sloane iba a tener por fin el equipo invencible que ansiaba.

Y entonces, el infierno llamó a la puerta.

El canal de radio de emergencias del control central cobró vida en un estallido de estática.

— ¡Atención, Base, aquí unidad terrestre de la Guardia Nacional! ¡Llegamos en dos minutos con los primeros múltiples heridos por arrastre! ¡Preparen triaje pesado, tenemos paradas cardiorrespiratorias en curso!

El aullido ensordecedor de las sirenas perforó la noche, acercándose a la velocidad del rayo.

—Se acabó el tiempo —sentenció Georgia, con los ojos brillando de adrenalina, sacando el estetoscopio de su bolsillo y colgándoselo al cuello como un arma cargada.

Asentí, sintiendo el pulso latiendo en mis oídos.

—A vuestros puestos. ¡Todo el mundo a los boxes, ahora!

✽✽✽

Cuando las puertas automáticas se abrieron por primera vez, no recibimos víctimas de ahogamiento.

Los corrimientos de tierra provocados por la tormenta habían convertido las sinuosas carreteras forestales del valle en trampas mortales.

Las ambulancias comenzaron a escupir heridos por accidentes de tráfico en cadena, colisiones frontales y vehículos arrastrados a las cunetas.

Me planté en el centro del pasillo de triaje. Dirigiendo el caos.

—¡Box tres, traumatismo torácico cerrado por impacto de volante, preparen un ecógrafo FAST y llamen a rayos!

—grité por encima del estruendo, redirigiendo una camilla al instante—.

Clara, llévate a este paciente con latigazo cervical a la sala de espera D y ponle un collarín blando.

Doctor Oliver, tiene tres suturas menores y una luxación de hombro esperándole en los boxes del fondo. Muévanse.

Controlaba la sala entera. Sentía el latido de la planta en las yemas de mis dedos.

Dirigía a enfermeras, celadores y médicos de guardia con una autoridad incontestable, evaluando y categorizando el nivel de gravedad de los heridos con solo un vistazo a la palidez de sus rostros o al patrón de su respiración.

Mantuve el dedo presionado sobre el botón del intercomunicador de mi solapa, conectada en frecuencia directa con el bloque quirúrgico de la segunda planta.

—Hannah, aquí triaje —informé, sin apartar la vista de un paciente al que le estaban tomando la tensión—. Te subimos un varón de cuarenta años con posible fractura pélvica inestable y abdomen en tabla. Glasgow catorce. Va hacia el quirófano dos.

— Recibido, Savannah. Logan y yo lo estamos esperando en las puertas del ascensor —respondió la cirujana de trauma, con el tono afilado y listo para abrir.

En medio del fragor, mi busca había vibrado con el aviso de que el equipo Alfa había aterrizado en el helipuerto trayendo heridos críticos de un rescate extremo.

El corazón me había dado un salto salvaje contra las costillas.

Saber que Ian había estado bajo el mismo techo, a menos de veinte metros de mí, me produjo un pinchazo de anhelo agudo y doloroso.

Habría dado diez años de mi vida por correr hacia el pasillo de transferencia, ver sus ojos verdes, comprobar que estaba ileso y respirar su aroma.

Pero el deber me ataba urgencias. No pude verlo.