Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTISÉIS #3
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VEINTISÉIS #3

El hombre que tenía frente a mí era un fantasma patético de la figura engreída que solía pasearse por Wildwater Falls.

Todo su narcisismo, toda su arrogancia, se habían disuelto en el agua fangosa del río.

Estaba encogido sobre sí mismo, tiritando de frío, con la mirada clavada en el suelo mientras protegía con ambos brazos el grueso cuaderno de cuero.

Ajusté el micrófono de mi casco de vuelo. Habíamos equipado a los civiles con cascos de protección auditiva al subirlos, y la frecuencia de radio interna estaba abierta. Cada palabra que se pronunciara iba a ser escuchada por Caleb en la cabina de pilotaje y por Noah a mi lado.

—¿Qué son esos documentos que proteges con tanto empeño, Phillip? —pregunté. Mi voz resonó a través de los auriculares.

Phillip levantó la cabeza, sobresaltado por el sonido directo en sus oídos. Sus ojos, enrojecidos y asustados, chocaron con los míos, serenos e inamovibles.

— Son... son míos —tartamudeó, apretando el cuaderno contra su pecho húmedo.

Me recliné ligeramente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre mis muslos, acortando la distancia física.

—No te he preguntado de quién son, Brooks —le corregí, con una calma letal que hizo que el aire en la cabina pareciera descender diez grados—. Te he preguntado qué son.

Phillip tragó saliva con dificultad.

— Es mi recetario —respondió finalmente, en un hilo de voz defensivo—. La base de mi negocio.

Dejé escapar un suspiro lento, casi imperceptible.

—Querrás decir que es el recetario de la abuela de Savannah —sentencié. La afirmación cayó con el peso de una losa de hormigón.

Phillip se quedó completamente callado. Abrió la boca para articular una mentira, una excusa o una de sus habituales manipulaciones, pero las palabras murieron en su garganta al ver la ferocidad en mis ojos verdes. Sabía que yo lo sabía todo. Sabía que no había escapatoria.

—Cuando bajemos de mi helicóptero —continué, con el mismo tono monótono, inquebrantable y autoritario—, vas a dejar ese recetario sobre el asiento que ocupas.

— No... no puedes hacer eso. Es mi propiedad... —intentó resistirse, aferrándose desesperadamente a los últimos restos de su ego.

—Lo harás —lo interrumpí, sin elevar ni medio decibelio la voz —. Vas a dejarlo en ese asiento y te vas a marchar, Phillip. Y no vamos a volver a hablar de este asunto nunca más.

El pastelero bajó la mirada, completamente derrotado.

— Aproximación final. Tomen posiciones —avisó Caleb por el canal interno.

Miré por la ventanilla empañada. Abajo, en medio de la negrura de la noche, destellaban los potentes focos halógenos de la zona de evacuación habilitada en el polideportivo municipal del pueblo vecino.

Caleb estabilizó el Alfa Uno con la maestría de un cirujano y tocamos tierra con un impacto sólido sobre el asfalto del aparcamiento.

Al no haber heridos que requirieran triaje de trauma, el protocolo dictaba desembarco inmediato. Deslicé la pesada puerta lateral. El viento aulló, colándose en la cabina junto con la lluvia racheada.

Salté a la pista de aterrizaje y ofrecí mi mano enguantada a Brenda, ayudándola a descender con la máxima seguridad y entregándosela a los voluntarios que se acercaban corriendo con paraguas.

Luego, fue el turno de Phillip.

Bajó de la aeronave de un salto torpe. Al tocar el suelo, se giró hacia mí. Sus manos aferraban el recetario de cuero. Durante una milésima de segundo, intentó cuadrar los hombros y enfrentarse a mí, buscando recuperar su maltrecha hombría.

Yo no me moví. Me quedé de pie en el umbral de la cabina, erguido, bloqueándole el paso. No dije nada. Me limité a levantar un brazo y, con un dedo enfundado en kevlar, señalé el asiento de aluminio vacío a mis espaldas.

El pulso duró un instante eterno. Phillip apretó la mandíbula, pero la cobardía ganó la batalla.

Suspiró, derrotado de forma definitiva, y depositó el recetario empapado sobre la banqueta del helicóptero.

Sin añadir una sola palabra, dio media vuelta y huyó trotando bajo la lluvia hacia la entrada del polideportivo, perdiéndose entre la multitud de evacuados.

Tomé el cuaderno de cuero entre mis manos. Lo guardé con extremo cuidado en el compartimento estanco de mi chaleco, cerrando la cremallera como si estuviera blindando el tesoro más grande del mundo.

Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire frío, y me giré hacia el interior del Alfa Uno. Noah me observaba desde su asiento, y a través del cristal de la cabina, vi a Caleb girar la cabeza. Ambos me dedicaron un pulgar hacia arriba.

Cerré la compuerta lateral y me aseguré de nuevo en el arnés.

— Despegamos —informó Caleb, metiendo potencia al motor—. La lluvia está arreciando y la visibilidad se desploma. Nos dirigimos a la base para repostar queroseno y hacer una revisión rápida del cabrestante antes de la siguiente salida.

Me recosté contra la lona del asiento, cerrando los ojos un instante mientras el Alfa Uno se elevaba de nuevo hacia la tormenta que devoraba el noroeste del Pacífico. La noche iba a ser una carnicería.