Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTISÉIS #2
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VEINTISÉIS #2

Me acerqué a ella a zancadas, hincando una rodilla en el suelo encharcado.

—¡Señora Brooks, mírame! —le ordené, agarrándola de los hombros con firmeza, obligándola a conectar con mis ojos a través del visor para cortar su pánico de raíz —. Soy Ian Collins. Pertenezco al equipo de rescate aéreo. Estás a salvo, ¿me oyes? Te vamos a sacar de aquí ahora mismo.

Brenda parpadeó, aferrándose a las solapas de mi chaleco táctico como si fuera su único salvavidas.

—¡Ian...! ¡Gracias a Dios! —sollozó, con la voz rota por el terror—. ¡Es Phillip! ¡Mi hijo sigue ahí abajo!

—¿Dónde está exactamente? —exigí, sintiendo cómo la adrenalina me inundaba el torrente sanguíneo. El agua ya cubría la primera planta del edificio, rodeándolo por completo. Si el obrador cedía, la estructura se convertiría en una trampa mortal.

—¡Bajó a la planta baja! —gritó Brenda, ahogándose por la lluvia—. Dijo que tenía que recuperar unos documentos importantes de su despacho, pero el agua rompió los cristales y no ha regresado. ¡Por favor, Ian, no dejes que se ahogue!

Me puse en pie, evaluando la situación en décimas de segundo. Llevé la mano al transmisor de mi pecho.

—Noah, Caleb. Tenemos una situación con rehén estructural. Voy a asegurar a la mujer; Noah, la izas inmediatamente. Después, me desengancho. El hijo está atrapado en la planta baja anegada. Voy a entrar a por él.

— Negativo, Collins —saltó Caleb al instante, con la tensión marcando cada sílaba—.

Acabo de mirar el radar. La ventana meteorológica se ha cerrado antes de tiempo.

El frente nos va a golpear de lleno. Tienes exactamente cinco malditos minutos antes de que tenga que abortar el estacionario o perderemos el helicóptero.

—Estaré de vuelta en esta azotea en cuatro —sentencié.

Aseguré a Brenda en el arnés de evacuación, tensé los mosquetones y le di la señal a Noah. En cuanto el cable tensó y arrancó a la mujer del tejado hacia la seguridad de la cabina, me desenganché por completo del cabrestante.

Corrí hacia la puerta de acceso y la abrí de una patada.

Las escaleras hacia el interior del obrador parecían un pozo.

Bajé los peldaños de dos en dos. Al llegar a la planta baja, el agua helada y fangosa me cubrió por encima de las rodillas.

La corriente había destrozado los escaparates de la fachada principal; sillas, sacos de harina arruinados y escombros flotaban en una sopa densa y oscura que olía a río podrido.

Avancé vadeando el agua pesada.

—¡Phillip! —rugí, iluminando la oscuridad con la linterna táctica acoplada a mi casco.

Escuché un chapoteo desesperado procedente del despacho del fondo, donde el nivel del agua ya superaba el medio metro.

Atravesé la zona de amasado y enfoqué la luz hacia la pequeña oficina.

Un armario archivador de acero había volcado por la fuerza de la corriente, atrapando a Phillip contra la pared.

El agua le llegaba al pecho. Estaba pálido, aterrorizado y luchando inútilmente para apartar el mueble.

Me acerqué a él, hundiendo las manos en el agua turbia para buscar un punto de palanca en el acero. Mis músculos se tensaron hasta el límite, las fibras de mis hombros ardiendo mientras levantaba el pesado armario lo justo para liberar la presión.

—¡Tira hacia atrás! —le grité.

Phillip se arrastró fuera, tosiendo, escupiendo agua lodosa y temblando incontrolablemente. Lo agarré por la tela de su camisa empapada para estabilizarlo.

—¡Vámonos de aquí ahora mismo, el edificio se va a inundar por completo! —le ordené, tirando de él hacia la salida.

Pero el muy imbécil se resistió. Clavó los talones en el suelo anegado, intentando zafarse de mi agarre y girándose de nuevo hacia el despacho oscuro.

—¡Espera, no me voy sin eso! —escupió Phillip.

—¡Deja de ser un imbécil y muévete de una puta vez! —le rugí a escasos centímetros de la cara, con la paciencia completamente dinamitada—. ¡Tu madre está aterrorizada en mi helicóptero y ningún maldito papel de este obrador vale el riesgo de perder tu miserable vida!

Fue entonces, al iluminarlo con mi linterna, cuando vi a qué se estaba aferrando con tanta desesperación bajo el brazo izquierdo. No eran escrituras. No eran los libros de cuentas.

Era un cuaderno grueso, artesanal, encuadernado en cuero envejecido.

El reconocimiento me golpeó con la fuerza física de un puñetazo.

Era el recetario. El antiguo recetario de la abuela paterna de Savannah.

Ese que Phillip le exigió quedarse para concederle el divorcio y el legado culinario sobre el que este miserable había construido su supuesto talento pastelero.

Se lo había robado a mi chica para labrarse un nombre.

Una rabia ciega y homicida, me nubló la vista. La tentación de partirle la mandíbula allí mismo y dejar que se ahogara con su propia mediocridad fue casi insoportable. Pero yo era me dedicaba a salvar vidas. La placa que llevaba en el pecho pesaba más que mi venganza personal.

— Ian. Dos minutos —la voz de Caleb restalló en mi oído, perdiendo cualquier rastro de calma—. Los vientos están superando los cincuenta nudos. ¡Sal de ahí ya!

Ahogué mi furia y me concentré en la supervivencia. Agarré a Phillip por el bíceps con una fuerza bruta que le arrancó un quejido de dolor, asegurándome de que el recetario de Savannah no se soltara de su brazo.

—Te vienes conmigo, te guste o no —mascullé con voz gutural.

No le di opción a réplica. Lo arrastré literalmente en volandas a través del agua lodosa, empujándolo por las escaleras hacia la azotea. Salimos justo en el momento en que el muro de lluvia nos impactaba de lleno, una cortina de agua tan densa que apenas me permitía respirar.

El Alfa Uno se balanceaba sobre nuestras cabezas, luchando como una bestia herida.

Noah me lanzó el cable de extracción con una precisión salvaje.

Enganché el arnés de rescate rápido alrededor del torso de Phillip, asegurándolo con un tirón brutal, y anclé mi propio mosquetón a la argolla principal.

—¡Arriba! —grité por el transmisor.

El cable se tensó con violencia, arrancándonos a ambos de la azotea a toda prisa, justo cuando el estruendo del río golpeaba la estructura inferior del edificio. Caleb metió potencia al rotor y nos sacó de las fauces de la tormenta, elevándonos hacia el helicóptero.

Unos minutos después la luz roja de la cabina de pasaje parpadeaba incesantemente.

Me quité el mosquetón principal del arnés y tomé asiento frente a nuestros rescatados. A mi lado, Noah se movía con la eficiencia clínica que lo caracterizaba, envolviendo a Brenda y a Phillip en mantas térmicas para detener los espasmos de la hipotermia.

Fijé mis ojos en Phillip Brooks.