Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTISÉIS
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VEINTISÉIS

Ian

E l aullido incesante de las sirenas antiaéreas de la base de rescate cortó el aire de la tarde, superando incluso el rugido atronador de la tormenta que azotaba el tejado de chapa del hangar principal.

El código rojo, la señal inequívoca de catástrofe masiva, parpadeaba en las pantallas LED de cada pasillo.

Crucé las puertas de la sala de crisis a grandes zancadas, ajustándome el mono de vuelo.

Detrás de mí entraron Caleb y Noah. En cuestión de segundos, los equipos Alfa, Beta y Charlie estábamos reunidos, formando un muro con la tensión que precede a la acción.

El olor a ozono, café rancio y adrenalina saturaba el aire.

El comandante de la base ocupaba el estrado, flanqueado por mapas topográficos proyectados en tiempo real donde manchas de un rojo intenso y morado devoraban el valle.

—El escenario acaba de cambiar —sentenció nuestro comandante, apoyando los nudillos sobre la mesa—.

El pronóstico meteorológico es catastrófico.

Las precipitaciones de las últimas setenta y dos horas han colapsado la orografía.

El río Wildwater se está desbordando, y prevemos que alcance su caudal máximo esta misma noche.

El comandante señaló las zonas rojas del mapa con un puntero láser.

—La Guardia Nacional ha sido desplegada y se está haciendo cargo de las evacuaciones por tierra en las áreas de menor riesgo, pero todos los rescates técnicos, todo lo que requiera extracción vertical, vuelos en condiciones infrarrojas de visibilidad nula y extracciones por grúa, recae única y exclusivamente sobre nuestros hombros.

Prepárense para una avalancha de llamadas simultáneas.

El silencio en la sala era sepulcral, solo roto por el golpeteo de la lluvia.

—El Wildwater Regional Trauma Center ha sido designado como el hospital de trauma de referencia —continuó el comandante—.

Los heridos críticos irán allí. Los casos moderados serán desviados a los hospitales periféricos del condado, y los evacuados civiles ilesos están siendo trasladados al polideportivo municipal del pueblo vecino.

El jefe nos miró a todos a los ojos, transmitiendo el peso de la muerte inminente.

—Quiero todos los rotores en marcha. Reposten hasta el último helicóptero.

Revisen los cabrestantes, los cables de acero y las eslingas.

Nos enfrentamos a lluvia torrencial y rachas de viento cruzado que rozan el límite operativo.

Asegúrense de llevar a bordo el triple del material médico habitual: quiero mantas térmicas, sueros calientes y medicación para revertir hipotermias extremas, además de todo el arsenal para síndromes de aplastamiento.

Se acabaron los simulacros, señores. Salgan ahí fuera y traigan a nuestra gente a casa.

La reunión se disolvió en un estallido de movimiento.

Caleb, Noah y yo nos quedamos inmóviles una fracción de segundo más, formando un triángulo de contención.

Intercambiamos una mirada cruda, cargada de una seguridad técnica aplastante.

Éramos el equipo Alfa. La élite. Caleb era un dios a los mandos del helicóptero, el único piloto capaz de mantener la aeronave estabilizada en medio de un huracán, mientras que Noah y yo éramos letales y precisos en operaciones de grúa en vuelo estacionario.

Sabíamos que éramos los mejores, pero también sabíamos que cada salida de aquella noche iba a ser un coqueteo directo con la muerte.

Y por debajo de la calma profesional latía la misma angustia compartida. Parte de nuestra familia estaba en el ojo del huracán, dentro del Hospital Regional, pero el resto de ella estaba directamente expuesta a la furia de la riada.

—Dadme un minuto —murmuró Caleb, rompiendo la formación. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos turquesa delataban la preocupación paterna que lo consumía. Se alejó unos metros hacia los casilleros, sacando el móvil.

Desde mi posición, mientras revisaba los anclajes de mi arnés táctico, pude escuchar la voz grave de nuestro piloto.

—Papá... ¿Estáis bien? ¿Octavia está con vosotros? —Hubo una pausa, y los hombros masivos de Caleb descendieron un par de centímetros, liberando una tensión brutal—. Bien. Quedaos ahí, no os acerquéis al río. Yo también te quiero, Sean. Tendré cuidado, te lo prometo.

La imagen de los Donovan, unidos frente al desastre, curando las heridas del pasado para proteger a la pequeña Octavia, me recordó mis propias obligaciones. El hogar de mis padres estaba demasiado cerca de las riberas del Wildwater .

Saqué el teléfono con los dedos ligeramente entumecidos por la anticipación y marqué el número de mi padre. Al segundo tono, la voz firme y profunda de David Collins llenó mi oído.

—Ian, hijo. Dímelo.

—Papá, el río se desborda —fui directamente al grano, mi voz resonando como grava machacada—. La base está en código rojo. Necesito saber que tú y mamá habéis salido de la zona de inundación.

—Tranquilo, estamos a salvo —me aseguró David, con ese aplomo protector que siempre lo caracterizaba—.

En cuanto oímos el aviso, recogimos lo indispensable.

Estamos con los Pierce en Bridal Veil Falls , arriba en la montaña, fuera de la zona cero.

Los Pierce han abierto las cabañas de Stillwater Lodge para acoger a los nuestros.

Cerré los ojos, sintiendo un alivio físico inmenso.

—¿Están los Pierce con vosotros?

—Todos. Catherine y yo estamos con los padres de Logan. También está Violet Grant y su abuela —confirmó David—. Todos estamos secos y a salvo, Ian. Concéntrate en el cielo.

—De acuerdo. Manteneos a cubierto. Te llamaré cuando pase lo peor.

Colgué.

Solo quedaba ella. Revisé mi teléfono y vi que tenía un mensaje de voz sin escuchar, enviado a mediodía. Reproduje el audio y me llevé el teléfono al oído.

—Ian, soy yo —murmuró. Su voz parecía dubitativa —.

Escúchame... sé que estás trabajando, pero necesito verte esta noche.

Quedamos en tu piso al acabar el turno. Hay algo de lo que tenemos que hablar.

Y... lo siento. Sé perfectamente que he estado distante, que he estado muy rara desde la cena en casa de tus padres.

Te pido perdón por encerrarme en mí misma.

Quiero explicarte por qué. Quiero hablar contigo sobre las cosas con las que he estado luchando en mi cabeza todos estos días...

Y sobre otras de las que me acabo de enterar. Nos vemos luego.

Su tono era urgente y decidido. Algo había pasado que la había impulsado a enviarme el mensaje.

Pensé en la visita matinal de Evelyn Robbins y apreté los dientes esperando que esa mujer no hubiera ido al hospital a inyectar su veneno.

Porque ahora estábamos en medio de una crisis y no podía hacer lo que verdaderamente deseaba: buscar a mi chica y besarla hasta que el mundo desapareciera.

Guardé el teléfono, apretando la tela ignífuga de mi uniforme. Sabía que Savannah estaba justo en el vórtice de la acción. Visualicé su rostro, sus ojos avellana concentrados en domar el caos. Iba a estar comandando la sala de urgencias, haciendo lo que mejor sabía hacer: salvar vidas.

Me coloqué el casco de vuelo, ajustándome el micrófono y bajando el visor oscuro. A través del cristal tintado, vi a Caleb y a Noah caminar hacia mí, ya equipados y listos para la acción.

Ajusté mis guantes tácticos y Noah y yo terminábamos de asegurar las eslingas de extracción y los arneses de rescate en la cabina trasera mientras Caleb hacía las comprobaciones de radio y telemetría.

— Sistemas hidráulicos en verde. Rotor de cola compensado —anunció Caleb por el canal interno, su voz sonando con una claridad gélida a pesar del caos exterior.

Justo cuando estaba a punto de anclar el mosquetón principal de mi arnés, la alarma de aviso estalló en nuestros auriculares.

— Alfa Uno, aquí control de base —la voz de Clover Donovan rasgó la estática—.

Tenemos un código de extracción crítica.

Prioridad uno. El agua está superando los diques de contención y anegando las viviendas más cercanas a la ribera sur.

Hay civiles atrapados en la azotea de un edificio comercial.

Os envío las coordenadas. Tenéis una ventana operativa de exactamente treinta minutos antes de que el radar marque el impacto de una nueva oleada de precipitaciones extremas que reducirá la visibilidad a cero absoluto.

— Copiado, Base. Coordenadas recibidas —respondió Caleb, tirando del colectivo. El helicóptero se despegó del asfalto con un rugido sordo, devorando el cielo oscuro—. Voy a hacer una pasada inicial en aproximación para evaluar la visibilidad y la estabilidad de los vientos cruzados. Sujetaos.

El vuelo sobre Wildwater Falls fue una visión del fin del mundo. Las calles eran canales de lodo oscuro y escombros. Cuando Caleb inclinó el aparato en un giro pronunciado para encarar las coordenadas, el potente foco del helicóptero barrió la estructura de ladrillo asediada por la crecida.

Entrecerré los ojos, enfocando el objetivo a través de la cortina de lluvia, y un nudo de pura ironía y tensión se me formó en el estómago. Conocía ese edificio. Conocía ese tejado. Era el obrador de Phillip.

— Hay un civil en la azotea. Confirmado —informó Noah asomándose por la compuerta abierta, con el viento huracanado azotándonos el mono de vuelo—. Parece una mujer .

— Iniciando vuelo estacionario —dictaminó Caleb, peleando contra los mandos para mantener a la bestia suspendida en el aire mientras las ráfagas intentaban escupirnos del cielo—. Collins, la pista es tuya .

Me enganché al cable del cabrestante sin dudarlo un segundo. Asentí hacia Noah, que controlaba los mandos de la grúa, y me dejé caer al vacío. El descenso fue brutal, con el viento zarandeándome como a un muñeco de trapo y el chorro de aire del rotor aplastando el agua sobre el tejado.

Toqué la cubierta de asfalto y me desenganché a medias. A escasos metros, acurrucada contra la caseta del extractor de aire, estaba Brenda Brooks. La madre de Phillip estaba empapada hasta los huesos, temblando convulsivamente y al borde de la hiperventilación.