VEINTICINCO #3
—El pueblo entero está en riesgo inminente de inundación —continuó Sloane, apoyando ambas manos sobre la mesa de conferencias—.
Solo las zonas elevadas de Raven Ridge y Bridal Veil Falls quedan fuera de los mapas de riesgo.
La Guardia Nacional ha sido movilizada y está de camino para ayudar en las evacuaciones masivas.
La base aérea de rescate está en alerta máxima; los helicópteros de nuestro equipo ya han iniciado extracciones mediante grúa en tejados de viviendas que han quedado aisladas por la riada al norte.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Ian . Estaba ahí fuera, volando en medio de una tormenta que amenazaba con ahogar el valle, jugándose el cuello suspendido de un cable de acero. El pánico me cerraba la garganta. Me obligué a inspirar profundamente para controlarme.
—La lluvia empeorará drásticamente durante lo que queda de tarde, y se espera que el caudal alcance su pico máximo esta noche —Sloane nos miró a todos, uno a uno—.
Nuestro hospital es el centro de trauma de referencia.
Vamos a recibir la oleada principal de los casos críticos.
Los pacientes leves o estables serán derivados a otros hospitales de la región, y los evacuados ilesos se reubicarán en el polideportivo municipal del pueblo vecino. Doctora O'Malley, su turno.
Hannah dio un paso al frente, asumiendo el mando con su precisión quirúrgica habitual. Explicó cómo se dividirían los quirófanos, dejando dos salas estériles exclusivas para cirugías de control de daños, y luego cedió la palabra al jefe de urgencias.
El doctor Matt Oliver se aclaró la garganta, pasándose un pañuelo de tela por la frente sudorosa.
Era un hombre a escasos meses de la jubilación, un médico de la vieja escuela que se había acomodado a la tranquilidad del pueblo y que, desde hacía años, delegaba la inmensa mayoría de la logística de la sala en mí o en la enfermera jefe.
Incluso desde la llegada de Georgia había aparcado sus responsabilidades administrativas para delegarlas en ella.
—Eh... bueno —titubeó el doctor Oliver, reordenando unos papeles que no contenían nada—. Vamos a necesitar... suministros extra. Mantas. Y... supongo que despejar los pasillos. En cuanto a las vías y los protocolos específicos para el agua...
El jefe de urgencias se quedó en blanco frente a la flor y nata del equipo de trauma. Sus ojos buscaron los míos a través de la sala en un silencio desesperado.
Di un paso adelante asumiendo el control sin un ápice de duda.
—Vamos a reconfigurar la sala de urgencias al completo bajo el formato de triaje rápido de combate, doctor Oliver —intervine, proyectando la voz para que resonara por encima del zumbido de la tormenta que ya golpeaba los ventanales—.
Derivaremos a los pacientes de nivel cuatro y cinco a las salas de espera periféricas. Toda el área central será zona cero.
Miré a mi equipo de enfermeras para darles las instrucciones técnicas. Una de mis especialidades era el triaje, sobre todo en protocolos con Incidentes de Múltiples Víctimas y grandes catástrofes. Me había formado, tenía experiencia y era muy buena en ello. Y todo el equipo de urgencias lo sabía.
—Si las víctimas vienen de la riada, no solo estarán empapadas, estarán cubiertas de lodo tóxico y escombros forestales.
Hablamos de hipotermia severa y trauma por arrastre.
Quiero todas las mantas de convección térmica encendidas y listas en los boxes.
Conectad los calentadores de fluidos a las líneas de suero; no podemos infundir líquidos fríos a pacientes a punto de entrar en fibrilación ventricular.
Hannah y Logan asintieron lentamente.
—Para los ahogamientos —continué, con la mente trabajando a mil por hora—, asuman neumonía por aspiración de aguas estancadas.
Revisen que todos los respiradores tengan configuradas las válvulas correctamente y preparen kits de intubación rápida y succión de alto flujo en cada cabecera.
Por último, prepárense para el síndrome de aplastamiento.
La corriente arrastra troncos masivos y vehículos.
Quiero todo el arsenal de torniquetes tácticos a mano, y la medicación lista para contrarrestar la hiperpotasemia.
El silencio que siguió a mis palabras fue ensordecedor. El protocolo era claro y yo lo había trazado para ellos de forma fácil y rápida. Sloane asintió, con una chispa de profundo respeto brillando en sus ojos.
—Ya habéis oído. Los que tengáis familia ahí fuera haced vuestra llamada para aseguraros que están a salvo. Después que todo el mundo ocupe sus puestos. Va a ser una noche larga y debemos estar concentrados.
El equipo se disolvió como un batallón llamado a filas. Me di la vuelta y empujé las puertas batientes para regresar a la sala de urgencias, empezando a repartir órdenes a celadores, estaba en mi elemento.
Por fuera, yo era la profesional implacable que todos respetaban. Pero por dentro, mi mente era un torbellino de preocupación.
Georgia no respondía. Mi hermana estaba desaparecida con un alerta por inundación.
Y el hombre que llevaba nueve años cuidándome en la sombra, el mismo que se había adueñado de mi corazón, estaba en este mismo instante colgado de un cable sobre aguas torrenciales, enfrentándose a la furia de la naturaleza.
«Vuelve a mí, Ian»
Recé en silencio, cerrando los ojos con fuerza mientras el primer aullido de las sirenas de ambulancia rasgaba la noche.
«Por favor, vuelve a mí».