Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTICINCO #2
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VEINTICINCO #2

—Catherine, David —los saludé, ofreciéndoles una sonrisa genuina—. ¿Qué hacéis aquí? ¿Va todo bien?

—Hola, querida —respondió Catherine, acariciándome el brazo con afecto—. Todo está en orden. Solo he venido a que me hagan una placa de revisión por aquella caída tonta que tuve en las escaleras del porche el mes pasado. Logan quiere asegurarse de que la contusión ósea está sanando correctamente.

—Os acompaño a radiología —me ofrecí sin dudarlo.

Los guie a través del laberinto de pasillos. Al llegar al departamento de rayos X, el técnico llamó a Catherine casi de inmediato. La puerta plomada se cerró tras ella, dejándome a solas con David en la pequeña sala de espera bañada por una luz fluorescente y aséptica.

Tomó asiento en una de las sillas rígidas y apoyó las manos sobre sus rodillas.

Su presencia era imponente, con un aire de autoridad tranquila y protectora del que Ian había heredado hasta el último rasgo.

Lo miré, sintiendo cómo el corazón me martilleaba contra las costillas.

Era ahora o nunca. El vértigo de la verdad me empujó a dar un paso al frente.

—David... —comencé, con la voz temblando ligeramente, entrelazando mis dedos con fuerza—. Mi madre ha estado hoy en el hospital. Ha venido a verme.

David levantó la vista. Su expresión, habitualmente afable, se tensó.

—Espero que no te haya causado problemas, Savannah. Si es así...

—No, no es eso —lo interrumpí, tragando saliva para deshacer el nudo de mi garganta—.

Evelyn me ha dicho algo. Me ha hablado de la venta de la casa de mi abuela paterna hace nueve años.

Me ha dicho que... que fuisteis vosotros quienes la comprasteis.

Y que pusiste como condición que yo tuviera la matrícula de la facultad de enfermería pagada.

El silencio que siguió a mis palabras fue pesado. David no apartó la mirada, ni mostró sorpresa ante el hecho de que el secreto hubiera salido a la luz. Exhaló un suspiro lento, frotándose la mandíbula curtida.

—Tu madre siempre ha tenido la boca demasiado grande y la memoria demasiado selectiva —murmuró David, con un tono cortante—.

Sí. Compramos esa casa. Pero el dinero no salió de mi cuenta bancaria, Savannah.

Yo solo fui el testaferro legal porque él era demasiado joven para justificar esa cantidad de capital sin levantar sospechas en el pueblo.

El oxígeno abandonó mis pulmones.

—Fue Ian —susurré, confirmando lo que mi alma ya sabía.

David asintió, sosteniéndome la mirada con una franqueza devastadora.

—Ian invirtió hasta el último centavo de sus primeros ahorros, la herencia que le dejó su abuela e hipotecó su futuro, para asegurarse de que esa mujer no te dejara en la calle y sin recursos para estudiar.

Me pidió que yo pusiera la cara frente a Evelyn y le exigiera el recibo de tu matrícula.

Sabía que, si tu madre se enteraba de que el dinero era de un chico de poco más de veinte años, la operación podría complicarse.

El suelo pareció inclinarse bajo mis pies.

David no pronunció las palabras exactas, pero el subtexto era tan cegador como un foco halógeno.

Ian Collins no me veía como un simple capricho pasajero.

Me había cuidado, me había protegido y había velado por mi futuro desde las sombras cuando yo apenas tenía dieciocho años.

—No fue lo único —añadió David, rompiendo mi trance, inclinándose ligeramente hacia delante—.

¿Recuerdas aquel sedán de segunda mano que compraste cuando estabas terminando la carrera, cuando el tuyo estaba para el desguace y Phillip te dijo que te las arreglaras sola porque él necesitaba el dinero para su negocio?

Parpadeé, atónita. Aún conducía mi sedán de segunda mano que había comprado en el taller de los hermanos Miller por un precio casi ridículo. Fue una ganga y estuve tan agradecida con ellos por rebajarme el precio que les hice tarta de calabaza dulce cada mes durante más de un año.

—El coche que le compré a los Miller... —murmuré.

—Ese coche costaba tres mil dólares más de lo que tú pagaste —reveló David, asestando el golpe final—.

Ian estaba en el taller cuando llegó tu coche viejo en la grúa.

Hizo un pacto cerrado y en secreto con el taller de los hermanos Miller.

Él abonó la diferencia en efectivo para que pudieras tener un vehículo seguro con el que ir a tus prácticas al hospital sin que te enteraras jamás.

La habitación empezó a darme vueltas. Cientos de pequeños momentos, rachas de "buena suerte", casualidades inexplicables y obstáculos que desaparecían mágicamente de mi camino durante los años más asfixiantes de mi relación con Phillip, cobraron un sentido brutal. Todo había sido él.

—¿Qué más, David? —le supliqué, con los ojos llenos de lágrimas, sintiendo que me faltaba el aire—. Necesito saber qué más ha hecho por mí.

David levantó una mano, deteniéndome con una amabilidad paterna pero firme.

—Hasta aquí puedo leer, Savannah. El resto de la historia le pertenece a él.

Debería ser Ian quien te diera los detalles, aunque sé perfectamente que le van a tener que arrancar las palabras con alicates.

Es mi hijo. Es terco, es duro y odia admitir hasta qué punto es vulnerable cuando se trata de ti.

Pero no voy a inmiscuirme más en vuestra relación. Pregúntaselo a él.

El sonido de la puerta plomada abriéndose y la salida de Catherine rompieron la burbuja de intimidad. Me despedí de los Collins de forma automática, casi ausente, sintiéndome como si caminara bajo el agua.

Recorrí los pasillos en estado de shock hasta alcanzar el refugio de la pequeña sala de descanso del personal. Cerré la puerta tras de mí, saqué el móvil del bolsillo de mi pijama médico y marqué su número.

Saltó el buzón de voz.

—Ian, soy yo —murmuré, con la voz cargada de una urgencia que amenazaba con desbordarme. De repente no sabía qué decirle —. Escúchame... sé que estás trabajando, pero necesito verte esta noche. Quedamos en tu piso al acabar el turno. Hay algo de lo que tenemos que hablar.

Dudé un instante, apretando los ojos, pero decidí derribar la maldita pared que yo misma había levantado la semana anterior.

—Y... lo siento. Sé perfectamente que he estado distante, que he estado muy rara desde la cena en casa de tus padres.

Te pido perdón por encerrarme en mí misma.

Quiero explicarte por qué. Quiero hablar contigo sobre las cosas con las que he estado luchando en mi cabeza todos estos días...

Y sobre otras de las que me acabo de enterar. Nos vemos luego.

Colgué el teléfono e inspiré con fuerza. Aun me queda un turno que finalizar. Y luego, tenía que enfrentar a Ian Collins y saber si de verdad todo lo que imaginaba mi cabeza era cierto.

✽✽✽

El gran reloj analógico de la pared del control de enfermería marcaba las siete y cuarenta de la tarde. Faltaban exactamente veinte minutos para que mi turno llegara a su fin, pero cada segundo se arrastraba con la lentitud agónica.

Mi mente era un enjambre de ansiedad vibrante.

Ian aún no había escuchado la nota de voz que le había dejado; su silencio me indicaba que el Alfa Uno debía estar encadenando salidas.

Y Georgia... mi pecho se contraía cada vez que pensaba en mi hermana.

Había intentado llamarla tres veces más desde la sala de descanso, pero su teléfono seguía derivándome directamente al buzón de voz.

Que no se hubiera presentado a trabajar me tenía el estómago retorcido en un nudo.

Estaba a punto de pedirle a Clara que me cubriera los últimos minutos para intentar llamar de nuevo a Georgia, cuando la calma de la tarde voló por los aires.

No fue un solo sonido. Los buscas de todo el personal médico y de enfermería de la planta estallaron al unísono, emitiendo el pitido largo y estridente que helaba la sangre de cualquiera que trabajara en emergencias.

Miré la pantalla de mi busca:

CÓDIGO NEGRO. INCIDENTE DE MÚLTIPLES VÍCTIMAS. REUNIÓN DE CRISIS INMEDIATA.

Corrí hacia la sala de juntas anexa al bloque de urgencias.

Cuando crucé las puertas, el ambiente ya estaba saturado de tensión.

Hannah, con su pijama quirúrgico impecable y la postura de una general a punto de entrar en batalla, repasaba unas gráficas junto a Logan y Avery.

Todo el equipo de trauma de guardia estaba allí.

Sloane entró un segundo después, cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe seco. La directora médica irradiaba una autoridad gélida.

—Atención a todos —ordenó Sloane, silenciando los murmullos —.

Acabo de colgar con el centro de mando del condado.

Se ha activado de forma oficial el protocolo de grandes catástrofes.

Las precipitaciones de los últimos tres días han saturado por completo el terreno y el nuevo frente está descargando lluvia de forma torrencial.

El río Wildwater ha roto los diques de contención en dos puntos de la garganta.

Un murmullo de consternación recorrió la sala. Una crecida del Wildwater a esa magnitud podía suponer la devastación.