Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTICINCO
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VEINTICINCO

Savannah

E l zumbido constante de los monitores y el olor aséptico a clorhexidina del pasillo de la UCI me ayudaron a centrar las pulsaciones.

Acababa de trasladar a la señora Abernathy, una anciana del pueblo que había entrado por triaje con lo que parecía un simple catarro estacional.

Sin embargo, una auscultación rápida reveló estertores crepitantes en la base del pulmón derecho y una saturación de oxígeno desplomada.

Era una neumonía aguda que requería ventilación mecánica inmediata.

Me froté la nuca, aliviada por haber detectado el cuadro a tiempo, y emprendí el camino de regreso a mi puesto en el control de urgencias.

—Savannah —me interceptó Clara, una de mis compañeras de turno, con una mueca de disculpa—. Tienes visita. Te está esperando en la sala de descanso. Dice que es urgente.

El estómago se me contrajo en un nudo doloroso. Solo había una persona en todo el estado con la soberbia suficiente para interrumpir mi turno en el hospital exigiendo atención inmediata.

Empujé la puerta batiente de la sala de descanso y mis sospechas se confirmaron.

Evelyn estaba allí, de pie junto a la máquina expendedora, desentonando con su ropa de diseño en medio de un mar de batas blancas y uniformes quirúrgicos.

Pero lo que me descolocó por completo fue su expresión.

Tenía el rostro compungido, los ojos ligeramente enrojecidos, como si estuviera a punto de llorar o acabara de hacerlo.

Antes de que pudiera articular palabra, mi madre acortó la distancia y me envolvió en un abrazo.

Me tensé de inmediato, rígida como una tabla de madera.

El olor asfixiante de su perfume floral me invadió las fosas nasales.

Evelyn jamás me mostraba afecto físico. Sus abrazos eran anomalías.

Me puse en guardia al instante, con los sentidos alerta, esperando el golpe oculto tras aquella inusual muestra de vulnerabilidad.

—Oh, Savannah, cariño... —murmuró, separándose lo justo para mirarme con expresión apesadumbrada—.

He venido porque necesitaba disculparme por lo que sucedió en casa de los Collins la semana pasada.

De verdad que no quería incomodar a nadie.

Es solo que estoy tan sumamente orgullosa de mis niñas que a veces me dejo llevar por la necesidad de alardear de vosotras.

La miré fijamente, sin parpadear. Su discurso compungido no rozaba ni por asomo mi empatía.

Sabía perfectamente que mi madre jamás se había disculpado por nada en sus sesenta años de vida.

Sus elogios hacia mí siempre eran un Caballo de Troya cargado de críticas destructivas, y los halagos hacia Georgia, la brillante médica de urgencias, estaban orientados única y exclusivamente a colgarse medallas como madre abnegada.

—Lo pasé verdaderamente mal escuchando las horribles palabras de Ian —continuó Evelyn, secándose una lágrima inexistente de la comisura del ojo—. Que me llamara mala madre fue devastador, pero me dolió aún más darme cuenta de que su brutalidad también te afectó a ti.

Fruncí el ceño, asqueada por su cinismo.

—Con quien deberías disculparte es con los Collins, madre —la corté, con un tono glacial, negándome a seguirle el juego—.

Mencionar la sobredosis accidental de Avery, uno de los peores traumas de esa familia, solo para hacer destacar a Georgia y quedar tú por encima, fue cruel como mínimo.

Y profundamente mezquino en el peor de los casos.

Evelyn hizo un gesto de desdén con la mano, restándole importancia a mi reprimenda.

—Exageras, como siempre. Yo no tenía ninguna intención de ofender a nadie. Pero dejando eso a un lado, hoy he ido a ver a Ian a la base aérea.

Me quedé completamente paralizada. El aire abandonó mis pulmones de golpe.

—¿Qué has hecho qué? —susurré, con el pánico comenzando a latir en mis sienes ante la idea de lo que esa mujer podría haber escupido frente a Ian.

—Fui para exigirle que me aclarara cuáles son sus verdaderas intenciones contigo —dictaminó, irguiendo la barbilla, dejando caer la máscara de madre arrepentida para revelar a la controladora de siempre—.

Y, como sospechaba, se quedó completamente en silencio.

No fue capaz de articular una sola palabra para confirmarme que quiere una relación seria o un compromiso real contigo, Savannah.

Bufé, exasperada, sintiendo cómo la frustración me quemaba la sangre.

Conocía a mi madre y conocía a Ian. Y sabía que si mi madre había intentado manipularlo, la reacción de él había sido el absoluto silencio.

Pero la semilla de la duda, esa maldita inseguridad con la que llevaba lidiando toda mi vida adulta, encontró una grieta.

Evelyn leyó la duda en mis ojos y sonrió con superioridad. Había encontrado mi punto débil y se dispuso a clavar el cuchillo hasta la empuñadura.

—Deberías dejarle antes de que te rompa el corazón —sentenció, con falsa preocupación—.

La verdad es que siempre pensé que Ian estaba interesado en tu hermana.

Hace nueve años, cuando puse en venta la casa familiar para poder mudarnos a Portland, fue Ian, con la ayuda de su padre, quien la compró.

Siempre di por sentado que fue un gesto para impresionar a Georgia, porque alguien con su estatus encajaría muchísimo mejor con un hombre como él.

Me quedé petrificada. El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Mi madre era completamente inconsciente de su metedura de pata.

La casa a la que se refería era la residencia de mi familia paterna.

El hogar de mi abuela y de mi padre, el cual Evelyn había heredado tras sus muertes.

Lo único que me quedaba de ellos. Rememoré con dolor aquella época: la marcha de Evelyn para seguir a Georgia a Portland, la venta relámpago del inmueble que me dejó absolutamente sin nada en el pueblo.

Y recordé la extraña piedad de los nuevos dueños anónimos, que, a través de la inmobiliaria, me permitieron vivir allí de forma gratuita todo el verano hasta que me marché a la facultad de enfermería.

—¿Ian... compró la casa de papá? —logré articular, con la voz temblando por el shock.

—Oh, sí. Aunque fue David Collins quien puso el capital adicional —continuó Evelyn, parloteando incesantemente, ciega al cataclismo que acababa de desatar en mi interior—.

Ese hombre es un engreído insoportable. Accedió a darme el sobreprecio que yo exigía por la casa, pero me impuso una condición ridícula: se negó a firmar los papeles hasta que le puse sobre la mesa el recibo de tu matrícula en la facultad de enfermería completamente pagada.

Una excentricidad para humillarme, estoy segura.

El mundo se detuvo. El parloteo de mi madre se convirtió en un zumbido de estática.

«David Collins exigió ver mi matrícula pagada a cambio de darle más dinero a mi madre» .

La historia de Evelyn, diseñada para hacerme sentir menos y para convencerme de que Ian prefería a Georgia, se acababa de desmoronar por su propio peso debido a ese mínimo e insignificante detalle que se le había escapado.

Las palabras de Ian en su antigua habitación resonaron en mi mente con una claridad ensordecedora, piezas de un rompecabezas encajando por fin.

«Phillip fue un idiota sumamente rápido... ¿Nunca te has planteado que quizá otros chicos habrían dado su brazo derecho por estar contigo?»

Oh. Dios. Mío.

—Tengo que volver al trabajo —dije. Mi voz no tembló, aunque por dentro estaba como un flan.

—Savannah, escúchame. Ian no va a comprometerse contigo...

—He dicho que te vayas, madre. Ahora.

La frialdad de mi orden la hizo retroceder un paso. Evelyn parpadeó, desconcertada por el muro que acababa de levantar frente a ella, y ofendida, recogió su bolso de diseño.

—Tú sabrás lo que haces con tu vida. Pero no digas que no te lo advertí —escupió, antes de dar media vuelta y abandonar la sala de descanso.

Me quedé a solas. Me apoyé contra la máquina expendedora, con el corazón acelerado, bombeando sangre a un ritmo frenético.

Ian Collins llevaba interesado en mí nueve malditos años.

Nueve años. Un joven de poco más de veinte años que había convencido a su padre para invertir en una casa y sobre pagarla con la única y exclusiva condición de blindar mi futuro y asegurarse de que yo pudiera estudiar enfermería cuando mi propia madre me había dejado tirada.

Habían mantenido la casa cerrada, vacía pero impecablemente cuidada, durante casi una década.

Lo sabía porque frecuentaba la casa. No había vuelto a entrar en ella, pero acostumbraba a pasear por la zona y admirarla desde la calle.

Era una mansión preciosa, de ventanales altos y una combinación preciosa de piedra y madera que los antepasados de mi padre construyeron cuando se fundó el pueblo.

El vértigo me obligó a cerrar los ojos.

Me pasé las manos temblorosas por el rostro, sabiendo que aún me esperaba el resto del turno en urgencias, pero tenía un propósito nuevo: necesitaba averiguar si todo eso era cierto.

Y si lo era, necesitaba plantarme frente a Ian Collins y exigirle que me explicara por qué, si llevaba casi una década salvándome la vida en la sombra, había tardado tanto en dar un paso al frente y reclamarme.

✽✽✽

El resto de mi mañana en urgencias se convirtió en una neblina. Suturé cortes, canalicé vías y administré medicación con la precisión que exigía mi profesión, pero mi mente seguía atrapada en la sala de descanso.

El desasosiego se agravó al darme cuenta de un detalle inusual: no había visto a Georgia en todo el día. Mi hermana, que normalmente era un torbellino, brillaba por su ausencia. Apunté mentalmente la necesidad de llamarla en mi próximo descanso para asegurarme de que no estuviera enferma.

Al cruzar hacia el ala oeste para llevar unas muestras al laboratorio, me topé de frente con los padres de Ian.

David y Catherine Collins estaban de pie junto al mostrador de admisiones. Catherine se apoyaba levemente en el brazo de su marido. Me acerqué de inmediato, sintiendo una oleada de calor familiar al verlos.