Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTICUATRO #2
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VEINTICUATRO #2

—¿Y tú qué, Collins? —contraatacó, cerrando de golpe la bolsa de trauma, con las orejas ligeramente enrojecidas—. ¿Cómo van las cosas con Savannah?

El cambio de frente surtió efecto. La imagen de Savannah durmiendo lánguida contra mi pecho se materializaron en mi mente. Inspiré profundamente, llenando mis pulmones de aire frío, y aparté la vista hacia los picos nevados que se adivinaban por la compuerta abierta.

—En general, bien —respondí, con mi habitual parquedad de palabras.

Pero Noah poseía una inteligencia emocional devastadora. Captó mis reservas en el acto. Pero Savannah era una de sus mejores amigas. Su lealtad estaba dividida.

—Ese "bien" ha sonado como si nada estuviera bien —señaló Noah, apoyando ambas manos en las caderas, abandonando por completo el inventario—. Sé que eres un hombre de pocas palabras, Ian, pero ella es mi amiga. ¿Qué está pasando?

Exhalé un suspiro pesado, rindiéndome a la necesidad de verbalizar el nudo que me ahogaba desde la cena del domingo pasado.

—No quiero correr, Noah. Ese es el problema —confesé, con la voz grave y rasposa—. Hasta ahora, nos hemos limitado a vivir el momento. Hemos construido una jodida burbuja para nosotros solos, manteniendo a raya a Phillip y evitando el veneno tóxico de su madre a toda costa. Pero no es suficiente.

Miré a mi amigo a los ojos, despojándome de mi propia armadura.

—Para mí, esto no es algo temporal. Y sé que, tarde o temprano, vamos a tener que enfrentar el mundo real.

Voy a tener que poner las cartas sobre la mesa, contarle muchas cosas del pasado y averiguar si ella está realmente preparada para dar el salto, para arriesgarse a construir una relación conmigo, o si sus fantasmas pesan más de lo que yo puedo sostener.

La expresión de Noah se suavizó por completo, sustituyendo la perspicacia por un apoyo incondicional. Me dio una palmada firme y solidaria en el hombro.

—Savannah merece su felices para siempre, Ian. Ha tragado mucha mierda durante años —sentenció mi amigo —. Y sinceramente, dudo mucho que haya un solo hombre en toda la faz de la tierra que vaya a quererla mejor y a cuidarla más de lo que lo haces tú.

Abrí la boca para responderle, para agradecerle el voto de confianza, pero las palabras jamás llegaron a materializarse.

El sonido ensordecedor y estridente de la alarma de activación de la base rasgó el aire de la mañana.

Nuestra conversación privada se evaporó en una milésima de segundo, engullida por el protocolo de emergencia. Noah y yo finalizamos la inspección de un solo vistazo, bloqueamos los compartimentos médicos de seguridad y nos pusimos los cascos de vuelo.

Miré a través del cristal de la cabina y vi la silueta de Caleb Donovan, nuestro piloto, esprintando a una velocidad endiablada desde el edificio de operaciones hacia la pista. El deber nos reclamaba.

✽✽✽

El sonido ensordecedor de las aspas del Alfa Uno cortando el aire pesado de la tarde comenzó a apagarse lentamente tras tocar la pista de aterrizaje.

La adrenalina del rescate aún me latía en las sienes, mezclada con el olor denso a queroseno, ozono y sudor frío.

Me desabroché el casco de vuelo y me pasé una mano enguantada por la nuca, dispuesto a rellenar los informes técnicos, cuando la voz de Clover Donovan crujió a través del canal interno de mi auricular.

— Collins —me llamó desde la torre de control—. Tienes visita. Te están esperando en la sala de descanso del personal.

Fruncí el ceño, extrañado. Terminé de asegurar mi equipo y crucé el hangar. Al empujar la puerta batiente de la sala de descanso, mis pasos se detuvieron en seco.

El ambiente, habitualmente impregnado del aroma a café, había sido invadido por un perfume floral excesivamente caro y asfixiante. De pie, justo en el centro de la austera sala de linóleo y taquillas metálicas, estaba Evelyn.

Lucía un traje de chaqueta entallado de color camel y unos zapatos de salón que resultaban ridículamente fuera de lugar entre el equipo de rescate aéreo. Su postura era rígida y altiva.

No dije ni una sola palabra. Cerré la puerta a mis espaldas con lentitud, me apoyé contra el marco metálico y me crucé de brazos sobre el pecho.

Me convertí en un monolito, adoptando esa fachada de hombre silencioso e inescrutable que tan bien me funcionaba en la montaña.

Iba a dejar que ella misma se ahorcara con su propia cuerda.

Evelyn se removió, ligeramente incómoda ante mi mutismo absoluto, pero su narcisismo no tardó en tomar las riendas. Levantó la barbilla y disparó.

—Seré breve, Ian —comenzó, con esa voz afilada y condescendiente—. He venido a pedirte, por tu propio bien, que te alejes de Savannah.

No moví ni un músculo. Mantuve mi respiración profunda y acompasada, clavando mis ojos verdes en los suyos.

—Estás haciendo el más absoluto y espantoso de los ridículos —continuó, paseando la mirada por mi mono de vuelo manchado de polvo, con una mueca de evidente desdén—.

Es imposible que estés enamorado de ella.

Y es aún más improbable que la elijas a ella para casarte o construir un futuro.

Savannah es... bueno, simple. Es ingenua y carece del carácter necesario para sostener a un hombre como tú.

La bilis me subió por la garganta. Pero sabía perfectamente a qué estaba jugando.

Evelyn era una narcisista de manual que necesitaba imperiosamente mantener el control.

Sabía que mis palabras podían ser tergiversadas, que cualquier atisbo de furia o defensa por mi parte sería munición para su narrativa retorcida.

Así que el silencio se convirtió en mi mejor arma. Una barrera que la desquiciaba.

Al no obtener reacción alguna, Evelyn dio un paso al frente, cambiando de táctica, intentando encontrar una grieta en mi armadura.

—Sinceramente, siempre pensé que pegabas muchísimo más con alguien como Georgia —soltó, con una naturalidad calculada —.

Años atrás, estaba convencida de que acabaríais juntos.

Sobre todo por el interés desmedido que demostraste en salvar la casa de la infancia de Georgia.

Comprarla justo cuando yo decidí mudarme a Portland con ella... fue un detalle muy revelador, Ian.

Mi rostro permaneció esculpido en piedra. Mi mente, sin embargo, sufrió un cortocircuito momentáneo.

¿Georgia? ¿De verdad esta mujer, con todo su supuesto intelecto manipulador, creía que mis acciones de hace una década iban dirigidas a su hija mayor?

En el instituto, Georgia y yo ni siquiera éramos amigos cercanos.

Éramos simples compañeros. Era pasmoso comprobar lo absolutamente ciega que había estado Evelyn ante el hecho de que mi interés obsesivo y silencioso siempre había estado enfocado única y exclusivamente en Savannah.

Evelyn terminó su discurso, cruzando las manos frente a su regazo, esperando una rendición, una explicación o, al menos, una reacción explosiva.

Desplegué los brazos despacio. Me despegué de la puerta y me erguí hasta alcanzar mi máxima altura, proyectando una sombra intimidante sobre ella.

—Márchese de mi base —ordené. Mi voz salió baja y cortante como el filo de una navaja—. Y le ordeno que no vuelva a atreverse a pisar mi lugar de trabajo para molestarme.

Evelyn abrió los ojos, escandalizada por la crudeza de mis palabras.

—Y ni se le ocurra ir a buscar a Savannah —añadí, acortando la distancia entre nosotros hasta invadir su espacio vital —.

Georgia tenía toda la razón la noche de la cena.

Lo mejor, y lo único útil que podría hacer usted ahora mismo, sería regresar a Portland por donde ha venido y dejar a sus hijas en paz de una maldita vez.

La máscara de superioridad de Evelyn tembló.

Durante una fracción de segundo, la vi resquebrajarse bajo el peso de una verdad aterradora: se estaba quedando sola.

Las garras con las que había controlado a sus hijas durante treinta años se estaban rompiendo.

Savannah y Georgia la estaban apartando definitivamente de sus vidas, y el pánico a perder su fuente de dominio asomó en sus ojos.

Enderezó la columna con rigidez, aferrándose desesperadamente a los últimos jirones de su fachada.

—Piensa muy bien en lo que te he dicho, Ian —sentenció, forzando una sonrisa plástica y gélida que no le llegó a los ojos—. No eches a perder tu vida.

Dio media vuelta y salió de la sala de descanso, con el repiqueteo de sus tacones resonando contra el suelo de linóleo.

Me quedé allí de pie, con los músculos en tensión.

Evelyn iba a intentar por todos los medios evitar perder el control, pero acababa de cometer un error fatal.

No me importaban sus amenazas ni su retorcida percepción del pasado.

Mi prioridad era proteger a Savannah. Y si aquella mujer pensaba que podía volver a arrastrar a mi chica a la oscuridad, se iba a encontrar con un jodido muro de contención llamado Ian Collins.