Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTICUATRO
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VEINTICUATRO

Ian

E l eco de mi propia respiración, agitada y áspera, era el único sonido que rompía la quietud de la penumbra en el salón.

Apoyé la frente contra el tapizado del sofá, recuperando el aliento a duras penas, sintiendo cómo el pulso me martilleaba en las sienes.

Debajo de mí, Savannah aun temblaba con las réplicas de su orgasmo.

Su piel pálida brillaba bajo una fina capa de sudor, y la curvatura de su espalda baja y sus nalgas estaba cubierta por la blancura espesa de mi semen.

Me separé de ella con lentitud, reacio a romper el contacto. En el instante en que dejé de sostenerla contra el mueble, un temblor violento sacudió las rodillas de Savannah.

La rodeé por la cintura con un brazo, pegándola a mi costado. Sentir su cuerpo lánguido, desprovisto de cualquier resistencia y confiado ciegamente a mi soporte, me inyectó una dosis de satisfacción que me ensanchó el pecho.

—Te tengo —murmuré.

La llevé en brazos por el pasillo hacia el cuarto de baño.

Al cruzar el umbral, iluminado por la luz blanca de los apliques, Savannah apoyó la barbilla en mi hombro y me miró.

Fue una mirada pesada, anhelante, cargada de una vulnerabilidad que me encogió el estómago.

Pero había algo más en el fondo de sus ojos avellana.

Una sombra oscura, un pensamiento enquistado que no lograba descifrar.

A pesar de la rendición física, a pesar del clímax brutal que acababa de destrozarnos a ambos, mi instinto me gritaba que el muro seguía ahí.

Había algo dándole vueltas en la cabeza y se negaba a compartirlo conmigo.

Abrí la mampara de cristal y giré el monomando del grifo. El vapor comenzó a empañar los espejos casi al instante.

Metí a Savannah bajo el chorro de agua caliente. Un gemido largo de placer escapó de sus labios al sentir la temperatura escaldando su piel cansada. La dejé apoyada contra los azulejos de pizarra oscura.

Empecé por su cabeza. Vertí champú en mis palmas y hundí los dedos en la cascada caoba de su pelo, masajeando su cuero cabelludo con las yemas, eliminando la tensión acumulada en su nuca hasta que su cabeza cayó hacia atrás, ofreciéndome el cuello.

Luego, pasé al cuerpo. Enjaboné sus hombros, su clavícula y descendí hacia sus pechos.

La espuma se deslizó por la redondez de sus senos, y mis manos grandes se entretuvieron allí de forma deliberada.

Amasé la carne suave, trazando círculos lentos alrededor de sus aureolas antes de pellizcar sus pezones endurecidos con la presión exacta para hacerla jadear.

Savannah abrió los ojos, empañados por el agua, y soltó una carcajada leve y ronca que rebotó en los azulejos.

—Cariño... —susurró, apoyando una mano húmeda en mi pectoral—. Creo que mis pechos están ya más que limpios.

Me detuve a observarla. Ver nacer esa sonrisa en su rostro era un jodido privilegio.

—Solo estoy asegurándome, preciosa —le respondí, con una media sonrisa arrogante curvándome los labios—. En el cuerpo de rescate somos extremadamente minuciosos con los protocolos de limpieza.

Mis manos resbalaron por su abdomen y la obligué a girarse con un toque firme en la cadera.

Vertí más gel en mis palmas y enjaboné su espalda.

Deslicé las manos por su columna vertebral hasta llegar a su trasero.

Limpiar mi semen de su piel fue un acto profundamente territorial.

Enjaboné sus nalgas a conciencia, hundiendo los dedos en su carne, amasando, agarrando y marcando su cuerpo bajo el chorro de agua con una posesividad que me corría por las venas como fuego.

La metí de lleno bajo la columna de agua para enjuagarle todo el jabón, frotando hasta que su piel quedó perfecta. Acto seguido, me enjaboné a mí mismo con rapidez militar, ansioso por volver a tocarla.

Salimos de la ducha. Savannah era una criatura lánguida que se derretía contra mí en busca de calor. La envolví en una toalla inmensa, secando su piel con fricciones vigorosas para reactivar su circulación, y luego la senté sobre la tapa del inodoro para desenredar su pelo.

Savannah cerró los ojos, gimiendo de puro deleite ante el tirón suave en su cuero cabelludo. Se inclinó hacia delante, depositó un beso húmedo y reverencial justo sobre mi corazón, y suspiró.

—Gracias por esto, cariño.

Levantó las manos hacia su propia nuca, separando los mechones en tres cabos.

—Voy a trenzarlo rápido para que no me moleste la humedad en la cama —murmuró, con los dedos entorpecidos por el agotamiento.

—No —dictaminé.

Aparté sus manos con suavidad. Agarré los tres cabos de pelo caoba y le tejí una trenza perfecta que caía por su espalda. Tomé un elástico negro de su neceser y lo anudé en las puntas, sellando mi obra.

Guie a Savannah hasta el dormitorio. Nos metimos bajo el edredón nórdico completamente desnudos, buscando el calor mutuo en medio de la frialdad de octubre.

La atraje hacia mí, ajustando la dureza de mi pecho contra su espalda, acoplando mis muslos a los suyos hasta formar una cucharita perfecta.

Mi brazo rodeó su cintura y hundí el rostro en su cuello, respirando el aroma limpio del champú.

—Buenas noches, cariño... —susurró, con la voz ya arrastrada por el peso del sueño.

Se quedó dormida casi al instante, con la respiración volviéndose profunda y rítmica contra mi brazo.

Pero yo no cerré los ojos. Apreté el agarre en su cintura, pegándola un milímetro más contra mi cuerpo, y acerqué los labios a su oído.

—Haré lo que haga falta, preciosa —le juré en un susurro grave —, pero te juro por Dios que no te dejaré escapar una segunda vez.

Con esa promesa, dejé que el agotamiento me arrastrara, al fin, a la inconsciencia.

✽✽✽

Enfundado en mi mono de vuelo, con los arneses a medio abrochar, me encontraba en el interior de la cabina trasera del Alfa Uno, repasando el inventario médico y la tornillería de las camillas de extracción.

A mi lado, Noah revisaba los kits de intubación rápida y las vías intravenosas.

Era una rutina que habíamos ejecutado miles de veces.

Pero el silencio de Noah, esa mañana, me tenía en tensión.

Solía ser un torbellino de energía inagotable.

Con una sonrisa perenne, que no paraba de hablar y al que muy pocas cosas lograban perturbar lo suficiente como para apagarle la luz.

Sin embargo, llevaba veinte minutos clasificando ampollas de adrenalina con la mirada perdida y el ceño fruncido, completamente retraído en sus propios pensamientos.

Cerré de golpe la caja metálica de los vendajes compresivos.

—¿Se puede saber qué te pasa? —disparé sin preámbulos—. Ayer, en el cumpleaños de Jonah, parecía que estabas a punto de cometer un homicidio. ¿Desde cuándo tienes tanta intimidad con Sloane?

Noah dio un respingo, casi dejando caer un laringoscopio. Se aclaró la garganta, intentando parapetarse tras su habitual fachada de chico despreocupado.

—¿Con Sloane? No sé de qué me hablas.

Crucé los brazos sobre el pecho y me apoyé contra el mamparo del helicóptero. No dije nada. Me limité a clavarle una mirada fija levantando lentamente una ceja.

Noah sostuvo mi mirada durante dos segundos antes de soltar un suspiro largo y derrotado. Sus hombros cayeron, rindiéndose a la evidencia.

—Es por el niño. He forjado una relación muy buena con Jonah en los últimos meses —confesó, bajando la voz como si estuviera revelando un secreto —.

Su madre lo lleva un par de veces por semana al centro de artes marciales de Violet para hacer unas sesiones especiales de fisioterapia y rehabilitación.

Yo he estado yendo para ayudar a mi hermana y, de paso, le he estado enseñando a Jonah algunas técnicas específicas de mi entrenamiento para que fortalezca el tren superior.

Con sus problemas de movilidad, necesita fuerza en los brazos para las transferencias a la silla.

Se pasó una mano por el pelo castaño, luciendo genuinamente cansado.

—Pasar tanto tiempo con él... nos ha unido. Es un crío increíble. Y eso, por extensión, me ha llevado a tener una amistad... con Sloane.

Asentí despacio. Mi instinto me decía que bajo esa excusa de amistad, latía una bomba de relojería a punto de detonar, pero no iba a presionar a mi amigo por una respuesta que ni él mismo conocía.

—De acuerdo. Entiendo tu apego al niño —concedí, ajustando la tensión de una correa de sujeción—. Pero eso no explica tu reacción al ver aparecer al padre de Jonah. Parecía que querías estrangularlo con tus propias manos.

La simple mención del cirujano de Portland borró cualquier rastro de amabilidad del rostro de Noah. Su mandíbula se cuadró con una dureza que rara vez mostraba. Se encogió de hombros, en un intento inicial de evasiva, pero la furia terminó por desbordarlo.

—Odio a ese puto imbécil, Ian —escupió, apretando los puños sobre la lona de la camilla—.

Hawthorne ha ignorado a ese niño durante toda su maldita vida.

No sabe nada de él. Y las pocas veces que decide hacer acto de presencia en el pueblo, le jode tanto la vida a Sloane, la desestabiliza de tal forma, que Jonah acaba sufriendo las consecuencias.

El niño absorbe toda esa tensión. Ver al crío ayer con esa cara de decepción...

me indignó profundamente. Solo estaba furioso por él.

Lo observé en silencio. La fiereza con la que Noah defendía el bienestar de la familia de Sloane era de una lealtad muy propia de Noah. Terminé de comprobar el anclaje del mosquetón principal y lo miré directamente a los ojos.

—Es lógico que te indigne —le dije con un tono intencionalmente casual —. Tal vez lo que ese crío necesita es alguien que lo respalde de verdad. La figura paterna que nunca ha tenido.

Noah se quedó literalmente con la boca abierta. Parpadeó un par de veces, completamente atónito, procesando la magnitud de mi sugerencia. Incapaz de articular una respuesta coherente para defenderse, hizo lo que cualquier hombre acorralado haría: redirigió el ataque hacia mí.