VEINTITRÉS #3
—Date la vuelta —exigió—. De espaldas a mí.
Obedecí, girándome lentamente. Al instante, sentí el calor abrasador de su cuerpo vestido pegándose a mi espalda desnuda. Sus brazos me rodearon desde atrás, y sus manos grandes se cerraron sobre mis pechos, amasándolos con una firmeza que me arrancó un gemido involuntario.
—Me vuelves jodidamente loco, Savannah —susurró contra mi oído, rozando el lóbulo con los labios.
Sus manos descendieron por mi abdomen hasta aferrar mis caderas con fuerza.
Sus pulgares se hundieron en el encaje naranja brillante, bajando por la curvatura de mis nalgas, amasando la carne, abriéndome físicamente para él.
Me sentía completamente expuesta. Confiaba en él de una forma ciega.
Sabía que su deseo era crudo y auténtico.
Sabía que, mientras estuviéramos encerrados entre esas cuatro paredes, me pertenecía, y que este hombre, a diferencia del resto, jamás me fallaría.
—No tienes ni puta idea de lo mucho que te deseo —continuó susurrando, con la voz ronca arañándome la nuca—.
Me paso el maldito día entero pensando en ti.
En tu cuerpo. En tu sonrisa cuando crees que no te miro.
Hasta en la forma en que tu respiración se vuelve suave y rítmica cuando te duermes pegada a mi pecho. Me tienes completamente obsesionado.
El corazón me dio un vuelco salvaje ante su confesión. La necesidad de besarlo, de perderme en su boca, fue tan imperiosa que intenté girarme sobre mis talones.
—Quieta —me frenó al instante, apretando el agarre en mis caderas—. He dicho que te quedes de espaldas.
La severidad de su tono me ancló al suelo. Escuché a mis espaldas su camisa cayendo al suelo, el sonido metálico de la hebilla de su cinturón y el roce de la tela de sus pantalones. Estaba desnudo.
De repente, la mano derecha de Ian se fijó en mi nuca, deslizándose bajo la cascada de mi pelo. Con una fuerza medida, me empujó hacia delante, obligándome a inclinar el torso hasta que apoyé las manos sobre el respaldo del sofá.
Con su otra mano, comenzó la tortura.
Sus dedos se deslizaron directamente hacia mi centro empapado.
Introdujo dos dedos en mi interior con una lentitud exasperante, mientras su pulgar encontraba mi clítoris.
Empezó a masajearme, marcando un ritmo constante.
La fricción, combinada con la dominación de mi postura, hizo estallar mi sistema nervioso.
Mi respiración se convirtió en jadeos rotos.
Me llevó hasta el borde del precipicio, tensando cada músculo de mi cuerpo hasta que el clímax estuvo a punto de destrozarme... y entonces, se detuvo por completo.
—¡Ian...! —gimoteé frustrada, moviendo las caderas hacia atrás, buscando la fricción de su mano a ciegas para encontrar el alivio que me estaba negando.
—Abre más las piernas —ordenó, con una crudeza que me hizo temblar—. Y quédate completamente quieta, Savannah, o te juro que no tendrás absolutamente nada de lo que quieres.
Su orden me excitó hasta rozar el delirio. Obedecí al instante, separando los muslos y conteniendo la respiración, rendida a su juego.
Su aprobación llegó en forma de un gruñido sordo.
Volvió a introducir un dedo en mi interior, mojándolo en mi propia humedad, mientras su mano libre descendía desde mi nuca, recorriendo el canal de mi columna vertebral hasta llegar a mis nalgas.
Las agarró con firmeza y las abrió, exponiendo mi sexo brillante a su mirada desde atrás.
—Cristo bendito... —masculló, con la voz ahogada por la excitación—. Esta es la mejor puta vista que he tenido en toda mi maldita vida.
Sacó los dedos de mi interior y, un segundo después, la cabeza de su erección se abrió paso. Me embistió de una sola vez, hundiendo toda su longitud en mí con un golpe brutal y definitivo que me hizo gritar su nombre contra el tapizado del sofá.
No hubo lentitud ni piedad. Inició una penetración frenética, dura y obscenamente profunda, golpeando mis nalgas con su pelvis en un ritmo salvaje.
El impacto, el control de su agarre en mis caderas y la fricción en mi punto exacto me desintegraron por completo.
No necesité más de un par de minutos para romperme.
Un orgasmo violento y arrollador me sacudió de pies a cabeza, provocando que mis paredes internas se contrajeran desesperadamente alrededor de él.
Mis espasmos lo empujaron al límite. Ian continuó embistiéndome de forma errática, perdiendo el ritmo, completamente ciego y al borde de su propio clímax.
En el último instante de cordura, tiró de mis caderas hacia atrás con brusquedad, salió de mi interior y se derramó en una lluvia ardiente y espesa sobre el centro de mi trasero y la curva de mi espalda baja.
Se dejó caer sobre mi espalda, jadeando erráticamente contra mi cuello, y deslizó una mano para acariciar la piel húmeda de mis nalgas manchadas con sus fluidos.
—Dios... —susurró, con la voz completamente rota por la descarga—. Te juro que solo con esta vista, podría volver a correrme ahora mismo.