VEINTITRÉS #2
Jonah había nacido con una parálisis cerebral que le paralizaba parcialmente de cintura para abajo, podía caminar con andador o muletas, pero con mucha dificultad. Era un niño inteligente, risueño y valiente. Y el centro del universo de su madre.
A pesar de sus limitaciones físicas, Jonah albergaba un sueño imposible: quería ser rescatista aéreo. Y allí estaba su ídolo personal, materializado frente a él.
Noah Grant llevaba toda la tarde arrodillado junto a la silla de Jonah.
Mi amigo, el técnico sanitario del equipo Alfa, le estaba enseñando a hacer nudos de escalada técnica con un par de cuerdas trenzadas.
Jonah lo miraba con una devoción palpable, los ojos brillando de fascinación ante cada palabra que salía de la boca de Noah.
A escasos dos metros de ellos, Sloane observaba la escena.
Mantenía una distancia prudencial, pero mi ojo clínico captó el cruce de miradas.
Noah levantó la vista del nudo por una fracción de segundo y buscó los ojos de Sloane.
Fue un intercambio efímero, cargado de una complicidad que no me esperaba entre ellos, un entendimiento silencioso y una intimidad contenida que iba muchísimo más allá de la simple camaradería entre compañeros del hospital.
Desvié la mirada, sintiéndome como una intrusa, y reparé en el resto de los invitados. Violet Grant, la hermana pequeña de Noah, estaba apoyada contra una de las vigas de madera, bebiendo una cerveza y riendo a carcajadas con Clover Donovan.
Un calor familiar y sólido se instaló a mi espalda.
Ian apareció a mi lado, deteniéndose lo bastante cerca como para que mi hombro rozara su pectoral.
Sin dudarlo, deslizó su mano grande por mi cintura hasta mi zona lumbar.
El peso de su palma sobre mi jersey y el movimiento rítmico y profundamente posesivo de su pulgar acariciando el inicio de mi columna vertebral, enviaron una sacudida de electricidad directamente a mi bajo vientre.
Me incliné ligeramente hacia atrás, aceptando su soporte, y bajé la voz.
—Ian... —susurré, sin apartar la vista de Noah y Sloane, que acababan de intercambiar otra de esas miradas cargadas de electricidad —. ¿Sabías que Noah y Sloane eran tan... cercanos?
Ian siguió la trayectoria de mi mirada. Su pulgar no detuvo su caricia, pero noté cómo evaluaba la escena con la precisión de un halcón.
—No tenía ni idea —respondió en un murmullo bajo contra mi oído.
Fruncí el ceño, experimentando una punzada de extrañeza.
Noah era uno de mis mejores amigos. Antes del regreso de Hannah y Logan solo nos habíamos tenido el uno al otro.
Que me hubiera ocultado algo tan evidente como lo que fuera que existía entre él y nuestra directora médica me descolocaba por completo.
El crujido de la puerta principal abriéndose de golpe interrumpió mis pensamientos.
El murmullo de la fiesta se apagó de forma gradual, como una ola retrocediendo en la arena. Me giré hacia la entrada.
Un hombre de unos cincuenta y cinco años acababa de pisar el umbral.
Iba enfundado en un traje sastre impecable, de un corte tan exquisito que gritaba diseño italiano a kilómetros de distancia.
Sus zapatos de piel lustrada, absurdamente caros, desentonaban de forma ridícula con las tablas rústica y el barro del entorno de la montaña.
Tenía el pelo plateado perfectamente peinado hacia atrás y una postura que exudaba arrogancia.
—¡Jonah, muchacho! ¡Feliz cumpleaños! —bramó el recién llegado, abriendo los brazos en un gesto teatral, exagerado y hueco, avanzando hacia el centro del porche como si fuera el dueño del mundo.
La tensión en la sala se volvió insoportable. Vi cómo la mandíbula de Noah se tensaba hasta rozar la fractura, poniéndose en pie lentamente para interponerse de forma sutil entre el hombre y la silla del niño. Sloane se quedó paralizada, mortalmente pálida.
Retrocedí un paso, chocando con el pecho de Ian, y busqué a mi hermana, que estaba justo a mi derecha fulminando al intruso con la mirada.
—Gia... —susurré, completamente desconcertada—. ¿Quién demonios es ese tipo?
Georgia apretó los labios en una línea cruel y me miró de reojo.
—Ese imbécil estirado es el doctor Hawthorne, Savannah —escupió mi hermana, con una voz destilada en veneno puro—. El ilustre jefe de cirugía del hospital general de Portland. Y el padre de Jonah.
Me quedé literalmente con la boca abierta.
✽✽✽
El trayecto de vuelta desde la cabaña de Sloane hasta el piso de Ian transcurrió en un suspiro, pero mi mente seguía en el porche acristalado, atrapada en el momento exacto en el que la fiesta saltó por los aires.
—Sigo sin poder asimilarlo —murmuré, dejando el abrigo sobre el respaldo del sofá en cuanto cruzamos el umbral de su casa—. El descaro de presentarse allí, con ese traje de diseño, como si fuera el salvador del año, cuando no se ha hecho cargo de Jonah en su vida.
Ian cerró la puerta a sus espaldas, pero su expresión no compartía mi estupefacción; su mandíbula estaba tensa, haciendo saltar ese músculo lateral que indicaba que estaba conteniéndose a duras penas.
—Ese cirujano engreído no es lo que me preocupa, Savannah —replicó, aflojándose los botones de los puños de su camisa verde—.
Era la cara de Noah. Jamás le había visto una expresión de odio tan puro a ese chico.
Y Caleb estaba a medio milímetro de cruzarle la mandíbula al ilustre doctor Hawthorne delante de todos los críos.
Me crucé de brazos, sintiendo una punzada de angustia por mi amigo.
—Ojalá Noah se abra y me cuente qué está pasando exactamente entre Sloane y él —suspiré, apoyando la cadera contra el brazo del sofá—.
Durante muchos años, cuando Hannah y Logan aún vivían en Chicago construyendo sus carreras, Noah fue mi única familia real en este pueblo.
Es mi mejor amigo. Me duele verle sufrir así y no saber cómo ayudarle.
Acorté la distancia que me separaba de Ian y, sin decir una palabra más, rodeé su cintura con mis brazos, hundiendo el rostro en el calor de su pecho.
Él no dudó un segundo. Me envolvió con sus brazos masivos, aplastándome contra la dureza de su torso.
Su mano se enredó en mi pelo caoba, inclinando mi cabeza hacia atrás, y su boca descendió sobre la mía.
No fue un beso reconfortante; fue una colisión intensa, posesiva y cargada de una urgencia que me hizo flaquear las rodillas.
Me devoró los labios, reclamando mi atención.
Cuando se separó, apenas un par de centímetros, su respiración chocó con mi piel.
—Quítate la ropa —me ordenó. Su voz era un murmullo bajo —. Lentamente.
Un latigazo de pura excitación me recorrió la espina dorsal.
A pesar de los fantasmas que aún rondaban mi cabeza, me sentía cada vez más segura con él.
Sabía perfectamente que aún teníamos muros que derribar y conversaciones pendientes.
Quizá, como me susurraba a veces mi propia inseguridad, lo nuestro terminara siendo algo temporal.
Pero me negaba a cederle terreno al miedo.
Iba a exprimir cada fracción de segundo que me regalara.
Porque en ese preciso instante, bajo la luz tenue de su salón, Ian Collins era absolutamente mío.
Mantuve mis ojos clavados en los suyos mientras deslizaba el jersey crudo por mis hombros y desabrochaba los pantalones burdeos, dejándolos caer al suelo.
Me quedé únicamente con un conjunto de encaje naranja brillante, un estallido de color vibrante contra la palidez de mi piel. Los ojos de Ian se oscurecieron aún más al verlo, devorando el contraste.