Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTITRÉS
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Savannah

E l reflejo que me devolvía el espejo del dormitorio de mi cabaña mostraba a una mujer envuelta en un jersey elegante de color crudo y unos pantalones burdeos de talle alto, un conjunto que resaltaba las ondas caobas de mi pelo.

Pero bajo esa fachada de normalidad, mi mente seguía siendo un campo de minas.

Había transcurrido exactamente una semana desde la catástrofe en el comedor de los Collins.

Las lluvias torrenciales no habían dado tregua a Wildwater Falls.

La ladera de la montaña había cedido en un par de tramos más, provocando desprendimientos que llenaron los boxes de urgencias de heridos graves.

Tanto Ian como yo habíamos encadenado guardias infernales.

Apenas habíamos coincidido bajo la luz del sol, aunque habíamos dormido juntos casi cada noche.

Y, sin embargo, a pesar de que el sexo entre nosotros seguía siendo una fuerza arrolladora, cruda y capaz de silenciar el mundo exterior, yo era dolorosamente consciente del muro invisible que había levantado entre los dos; una barrera que no sabía cómo sortear.

No habían sido las palabras cargadas de veneno de Evelyn las que me habían quebrado esa noche.

Ni siquiera la furia protectora de Georgia o la contundencia de las verdades de Ian.

Pero toda la situación, en su conjunto, me habían llevado a una epifanía tan absurdamente evidente que me cortó la respiración.

La tragedia de mi vida no era que mi matrimonio con Phillip hubiera salido mal. La tragedia real era comprender que casarme con él había sido una pésima decisión de vida desde el minuto cero.

Yo conocía a mi madre, estaba inmunizada a sus palabras desde que era una adolescente, y sin embargo había caído en la trampa de otro narcisista sin reparar en todas las banderas rojas que ondeaban frente a mí.

Frente al espejo, solté un suspiro largo y tembloroso, sintiendo el peso de la vergüenza aplastándome el esternón.

Durante años me había consolado pensando que Phillip me había fallado, que el hombre del que me enamoré se había transformado en un monstruo con el tiempo.

Pero era mentira. Lo elegí porque estaba desesperada.

Era una cría ahogada por las críticas de su madre, tan famélica de amor, de validación y de pertenencia, que me aferré a la primera mano que pareció ofrecerme un refugio, ignorando deliberadamente todas las señales.

Si no hubiera estado tan desesperada por tener a alguien a quien querer y que me quisiera, jamás habría tolerado sus faltas de respeto.

Si hubiera tenido la valentía de quedarme sola, de construir mi propia identidad individual, de forjar mi confianza y asentar mi carrera en urgencias antes de lanzarme de cabeza a una relación...

me habría ahorrado una década entera de soledad, de sufrimiento silencioso y de humillaciones sistemáticas.

Incluso, con un poco más de tiempo y amor propio, quizá me habría atrevido a pedirle una cita al mismísimo Ian Collins, a ese adolescente de ojos verdes al que yo observaba desde la barrera creyéndolo inalcanzable para alguien tan invisible como yo.

La comprensión de haber perdido una década de mi juventud, un tiempo irrecuperable sacrificado en el altar de un narcisista, me hacía sentir estúpida. Y no me atrevía a decírselo a Ian. No sabía cómo verbalizar que me sentía como una auténtica idiota sin morirme de vergüenza.

Al menos, la carga de trabajo había mantenido a mi familia a raya. Evelyn no había dado señales de vida, manteniéndose convenientemente alejada, y Georgia había estado doblando turnos en el hospital, lidiando con sus propios fantasmas entre suturas y diagnósticos rápidos.

Hoy, por fin, el cielo había dado una tregua y nos dirigíamos a la cabaña de Sloane, situada en una de las zonas boscosas más apartadas, hermosas y tranquilas de todo el pueblo.

Era el cumpleaños del pequeño Jonah, y nos reuniríamos allí con Georgia, los Donovan y buena parte de la familia extendida que conformaba el equipo de emergencias.

El timbre de la puerta principal me sacó de mi ensimismamiento.

Cogí mi bolso, crucé el salón y abrí la puerta. El oxígeno se me atascó en la garganta.

Ian estaba de pie en el porche. Llevaba unos pantalones de un tono marrón oscuro que se ajustaban a la perfección a la musculatura de sus muslos, y una camisa verde con los dos primeros botones desabrochados.

El color de la tela era una réplica exacta del verde de sus ojos. Estaba espectacularmente guapo.

Pero no fue su ropa lo que me desarmó. Fue la forma en la que me miró.

Porque Ian Collins me estaba mirando exactamente como si yo fuera la criatura más deseable y fascinante que había pisado la faz de la tierra.

Una ola de calor me derritió las defensas.

Y un pensamiento nuevo se abrió paso a través de la culpa: Sí, había tomado decisiones desastrosas.

Sí, había perdido diez años en la oscuridad.

Pero todas esas cicatrices y errores me habían traído exactamente hasta este porche, frente a este hombre, que me miraba como si yo fuera lo mejor que le había pasado en la vida.

Sin pensarlo, me puse de puntillas. Agarré las solapas de su camisa verde, tiré de él hacia abajo y estrellé mi boca contra la suya en un beso apasionado, húmedo y cargado de todas las palabras que aún no sabía cómo pronunciar.

Ian se tensó de inmediato. Un gruñido sordo y gutural vibró en lo más profundo de su pecho. Sus manos se cerraron en mi cintura, aferrándome con fuerza, respondiendo al beso con una urgencia que me hizo flaquear las rodillas antes de separarse apenas un par de milímetros.

—Si me recibes así... —masculló, con la voz ronca, rozando mi labio inferior con el pulgar—, esa fiesta infantil va a ser una maldita tortura si tengo que pasarme la tarde entera sin poder tocarte.

Sonreí, sintiendo cómo el rubor me teñía las mejillas, y me separé lo justo para cerrar la puerta.

Mientras caminábamos hacia su coche aparcado en el camino de grava, con su mano grande y cálida envolviendo la mía, el peso de mi pecho pareció aligerarse.

Aún me sentía estúpida por mi pasado, y el muro seguía ahí, pero mientras viera mi reflejo en el verde de sus ojos, sabía que estaríamos bien.

De una u otra forma, conseguiría perdonarme a mí misma.

✽✽✽

La cabaña de Sloane se alzaba al final de un camino forestal serpenteante, rodeada por la inmensidad de los abetos de Wildwater Falls.

Para celebrar el duodécimo cumpleaños de Jonah, había transformado el inmenso porche trasero acristalado en un hervidero de guirnaldas, globos y risas infantiles que contrastaban con el frío cortante del exterior.

Era la primera vez que Sloane organizaba el cumpleaños de Jonah más allá del círculo familiar íntimo y se había esmerado con cada detalle.

Ian y yo fuimos de los últimos en llegar.

Me abrí paso entre los invitados para depositar nuestro paquete en la montaña de obsequios que se apilaba en un rincón.

Sabiendo que el niño era un fanático absoluto de los equipos de emergencias, le habíamos comprado una réplica exacta del casco de vuelo con visor integrado que utilizaban en el Alfa Uno.

Dejé a Ian saludando a Caleb en el jardín y me deslicé hacia el interior de la casa.

La cocina bullía de actividad. Georgia, que había llegado un par de horas antes para ayudar con los preparativos, estaba cortando rebanadas de pan con una ferocidad innecesaria, mientras Sloane organizaba el fiambre en bandejas de pizarra.

—¿Te echo una mano? —me ofrecí, acercándome a la isla y lavándome las manos en el fregadero.

—Coge esa bandeja de canapés, Sav, casi hemos terminado —respondió Sloane, regalándome una sonrisa agradecida pero tensa.

Georgia dejó el cuchillo del pan sobre la tabla con un golpe seco.

—Sloane, ¿va a aparecer el padre de Jonah hoy? —preguntó mi hermana, cortante.

Sloane detuvo sus manos sobre la bandeja. Su postura se volvió rígida al instante.

—Lo dudo mucho, Gia. Ha enviado por mensajería un regalo enorme y ostentoso a primera hora de la mañana. Una pista de escalextric carísima que Jonah no puede montar solo y que, francamente, ni siquiera le interesa. Supongo que con eso da por cubierta su cuota de paternidad anual.

El hermetismo en torno a la identidad del padre de Jonah era legendario en el pueblo.

Sloane lo había mantenido en el más absoluto de los secretos, blindando su vida privada hasta tal punto que solo un círculo ínfimo de personas conocía la verdad.

Yo, a pesar de compartir guardias con ella, jamás había osado cruzar esa línea.

Sloane soltó un suspiro agotado, apoyando las manos en el borde de mármol.

—A veces pienso que todo está maldito desde el principio. Precisamente la noche en la que me quedé embarazada... fue la misma noche en la que sucedió el accidente del autobús escolar. No cambiaría a Jonah por nada del mundo. Pero todo lo hemos tenido que pasar desde ese día...

Me quedé paralizada, con una bandeja a medio levantar.

—Dios mío, Sloane... no tenía ni idea —murmuré, atónita ante la carga emocional que implicaba haber concebido a su hijo en la fecha más oscura de la historia reciente de Wildwater Falls.

Georgia bufó, cruzándose de brazos con una expresión de profundo asco.

—Ese cabrón se aprovechó de tu vulnerabilidad de aquella noche, Sloane. Era un hombre mayor, con poder. Sabía exactamente lo que estaba haciendo contigo. Lo odio con toda mi alma.

La hostilidad letal en la voz de mi hermana me erizó el vello de la nuca. Sloane bajó la mirada, rehusando continuar con la conversación, y agarró dos bandejas.

—Vamos a sacar la comida antes de que los críos empiecen a comerse los muebles —murmuró, evadiendo el tema con elegancia.

Salimos al porche acristalado. El ambiente era cálido, saturado por el olor a leña y a dulces. Mi mirada buscó instintivamente a Jonah. El cumpleañero estaba sentado en su silla de ruedas adaptada, en el centro de un corrillo de niños y adultos.