VEINTIDÓS #2
Ella se giró despacio. Sus ojos avellana estaban enrojecidos, pero había una lucidez dolorosa en ellos.
—Yo conozco a Evelyn. La he sufrido durante toda mi maldita vida, y te aseguro que hace muchísimo tiempo que dejé de buscar su aprobación.
Sé que he tomado decisiones erróneas... Sé que me equivoqué de principio a fin con mi matrimonio.
Pero escucharte a ti ahí abajo, ver cómo resumías con tanta claridad y en tan pocas palabras que estoy rota y que mis decisiones me llevaron directa al desastre ...
me ha hecho sentir como una completa estúpida.
Tomé una respiración profunda, llenando mis pulmones de aire, buscando con desesperación las palabras correctas. Sentía que estaba en un terreno resbaladizo y un malentendido nos podía llevar al desastre.
—Escúchame bien —comencé, manteniendo su mirada con una fijeza implacable—.
Yo no considero, ni por un solo segundo, que seas tonta por haberte enamorado de Phillip.
Sé que en muchas ocasiones te has preguntado por qué jamás reaccioné ante sus pullas y sus insultos cuando aún estabais casados.
No era por él. Era por respeto a ti. En algún momento tú lo escogiste, lo quisiste lo suficiente como para casarte con él.
Y yo respetaba eso por encima de todo. En aquel momento eras joven y tenías el corazón demasiado grande, pero no eras tonta.
En todo caso, el puto idiota de esta historia es él.
Porque consiguió que la chica más preciosa de todo el pueblo se fijara en él, y no dejó de cagarla y de destrozar su suerte durante una década entera.
Savannah cerró los ojos, como si mis palabras le produjeran dolor físico, y negó con la cabeza.
—Deja de decir eso. Te lo pido por favor.
—¿Que deje de decir el qué?
Abrió los ojos y se giró hacia mí, airada, con un fuego repentino emanando de ella.
—Que dejes de repetir que soy la chica más preciosa del pueblo. Deja de decirlo como si fuera una verdad absoluta cuando los dos sabemos que no lo es.
Una media sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios. Incliné la cabeza, acercando mi rostro al suyo.
—Puedo dejar de decirlo en voz alta si tanto te molesta, Savannah. Pero mi silencio no va a cambiar el hecho de que es la maldita verdad. Lo eres.
Ella soltó una risa amarga y carente de humor. Dio un paso atrás, cruzándose de brazos, mirándome con una dureza afilada por el dolor.
—Si eso fuera cierto, Ian, si realmente yo fuera tan deslumbrante como te empeñas en hacerme creer... alguien más se habría fijado en mí en aquel entonces. Alguien más habría intentado acercarse. Quizá, incluso, lo habrías hecho tú mismo, ya que insistes tanto en llamarme preciosa.
El impacto de su desafío me golpeó de lleno. Sus palabras destaparon una verdad que llevaba más de diez años enterrada bajo capas de disciplina, tiempo y distancia. Clavé mis ojos verdes en los suyos, despojándome de cualquier filtro.
—Phillip es un idiota —repetí, escueto, arrastrando las palabras con una lentitud cargada de intenciones—. Pero fue un idiota sumamente rápido.
Savannah frunció el ceño, confundida por el cambio en mi tono.
—¿Nunca te has planteado, Savannah... —continué, bajando la voz hasta convertirla en un susurro — que quizá Phillip simplemente se adelantó? ¿Que fue más rápido que otros chicos que, te lo aseguro, habrían dado su brazo derecho por tener una sola oportunidad de estar contigo?
La respiración de Savannah se cortó en seco.
Sus labios se separaron levemente, pero ningún sonido salió de su garganta.
Se quedó completamente sin palabras, procesando el peso de mi confesión velada.
Aunque la conocía lo suficiente como para saber que no acababa de creer lo que implicaban mis palabras.
Exhalé un suspiro largo y pesado. No era el momento. No quería agobiarla con revelaciones de hace una década cuando aún estaba afectada por la escena con Evelyn.
Me pasé una mano por el pelo, destensando la postura.
—Quizá deberíamos bajar al comedor. Mis padres estarán esperándonos para cenar.
Savannah parpadeó, saliendo del trance. Su mirada recorrió mi rostro una última vez antes de soltar el aire contenido en un suspiro agotado. El cansancio emocional le encorvaba los hombros.
—Llévame al piso, Ian. Por favor.
Asentí de inmediato, sin cuestionar su decisión. Su refugio era el que ella eligiera.
✽✽✽
El zumbido monótono del motor de mi coche y el batir rítmico de los limpiaparabrisas contra el cristal se convirtieron en la única banda sonora del trayecto de vuelta a mi piso.
Conducía con una mano aferrada al volante y la mandíbula tensa, lanzando miradas furtivas al asiento del copiloto.
Savannah estaba completamente retraída y silenciosa, con el rostro girado hacia la ventanilla, perdiéndose en el rastro que dejaban las gotas de lluvia resbalando sobre el cristal.
Se había encerrado en sí misma, construyendo un muro a su alrededor, y por primera vez desde que habíamos cruzado la línea de nuestra intimidad, no me estaba dejando entrar. La frustración me arañaba el pecho.
Llegamos a mi edificio. Subimos los dos tramos de escaleras hasta el segundo piso sumidos en un mutismo sepulcral. Al cruzar el umbral y cerrar la puerta a nuestras espaldas, el silencio me pareció ensordecedor.
Savannah dejó su abrigo sobre el respaldo de una silla y se abrazó a sí misma, arrastrando los pies hacia el pasillo.
—Estoy cansada, Ian —susurró, sin llegar a mirarme a los ojos, con una voz desprovista de cualquier rastro de energía—. Me gustaría irme a dormir ya.
La observé, notando la distancia que ponía entre nosotros.
Aunque no iba a comentar en voz alta que, a pesar de esa distancia, ella había escogido mi casa y mi cama como refugio.
No se había marchado a su cabaña. Aunque ella no parecía consciente de ello, era un paso de gigante para mí.
Porque esa confianza y esa intimidad sobrepasaban con creces los términos del pacto que habíamos hecho hace semanas.
Asentí despacio, tragándome la necesidad imperiosa de detenerla y exigirle que me hablara.
—Te lo concedo, preciosa —acepté, manteniendo un tono suave, carente de presión—. Dame solo un minuto para darme una ducha y voy contigo.
Me encerré en el baño. Dejé que el agua casi hirviendo cayera sobre mi espalda, intentando arrastrar por el desagüe la rabia que aún me hervía en las venas por culpa de Evelyn, y la impotencia de no haber sabido proteger a Savannah de aquel colapso en mi propia casa.
Salí a los pocos minutos, me sequé el cuerpo a conciencia con una toalla y, completamente desnudo, caminé hacia el dormitorio a oscuras.
Savannah parecía profundamente dormida. Estaba tumbada en el lado izquierdo de la cama, dándome la espalda, encogida en posición fetal con una mano oculta bajo la mejilla.
Levanté el edredón nórdico con sigilo y me deslicé entre las sábanas. Acorté la distancia que nos separaba y me pegué a su espalda, rodeando su cintura con mi brazo derecho para atraerla contra mi pecho.
Pero no estaba dormida.
En el instante exacto en que mi pecho desnudo rozó su espalda, Savannah se giró sobre sí misma con una brusquedad desesperada.
Enterró el rostro en el hueco de mi cuello y se aferró a mí como si yo fuera el último tablón de madera en medio de un naufragio.
Rodeó mi torso con los brazos, clavando sus dedos en mis omóplatos, y enredó sus piernas con las mías, pegando cada centímetro de su cuerpo contra el mío con una necesidad visceral.
Se aferraba a mí con todo su ser. El gesto me dejó sin aliento. Devolví el abrazo al instante, igualando la fuerza de su agarre, rodeándola con mis brazos y aplastándola contra mí con una fiereza posesiva y salvaje.
No nos dijimos ni una sola palabra. La penumbra de la habitación absorbió el silencio, pero el lenguaje de su cuerpo era dolorosamente claro.
Savannah estaba herida. Estaba lidiando con una tormenta interna devastadora y, por primera vez, no estaba siendo abierta conmigo.
Se estaba refugiando en mi calor físico porque no se sentía capaz de verbalizar el dolor.
Comencé a trazar círculos lentos y metódicos sobre la piel de su espalda.
Deslicé la mano por la curva de su columna, acaricié la cascada caoba de su pelo y masajeé la tensión acumulada en sus caderas.
Mantuve el contacto constante, firme y arrullador, hasta que, más de media hora después, sentí cómo la rigidez abandonaba sus músculos.
Su respiración se volvió pesada y acompasada contra mi clavícula.
Yo, sin embargo, tenía los ojos abiertos de par en par en la oscuridad.
Me quedé mirando la sombra del techo, con Savannah anclada a mi pecho, mientras mi mente giraba a mil revoluciones por segundo. Le di cien vueltas a lo sucedido durante la cena. Lo que me había dicho en mi antigua habitación era solo un parte de lo que le rondaba la cabeza. De eso estaba seguro.
Evelyn siempre la machacaba, pero esta noche algo se había roto definitivamente.
Savannah estaba muchísimo más afectada de lo normal.
Como si hubiera tenido una revelación tan clara que la hacía cuestionarse, de nuevo, la validez de sus decisiones.
Sabía que tenía que darle espacio, ella necesitaba reconciliarse con lo que fuera que la atormentaba.
Y cuando por fin viera la luz al final del túnel, yo iba a estar ahí junto a ella. Cómo llevaba años haciendo.