Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTIDÓS
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VEINTIDÓS

Ian

E l silencio que sepultó el comedor de mis padres tras las palabras de Evelyn fue tan denso y absoluto que casi me reventó los tímpanos. Solo se escuchaba el repiqueteo violento de la lluvia de octubre contra las ventanas de cristal.

Me quedé completamente paralizado, con los dedos aferrados a mi copa de vino con tanta fuerza que estuve a un milímetro de hacer estallar el cristal.

La banalidad con la que aquella mujer acababa de lanzar la sobredosis accidental de mi hermana pequeña sobre el mantel, utilizándola como si fuera una anécdota frívola de sobremesa en el aniversario exacto de la noche en que casi la perdemos, cuestionando además su estabilidad mental para ser madre, me dejó sin capacidad de reacción.

Desvié la vista hacia mis padres. El rostro de mi madre había perdido todo rastro de color, pero su columna vertebral se irguió con una rectitud orgullosa.

A su lado, la mandíbula de mi padre era un bloque de granito.

Estaban profundamente impactados por la crudeza del golpe, pero mantuvieron el tipo con una dignidad feroz, negándose a darle a Evelyn el espectáculo que buscaba.

Quien no tuvo la misma contención fue Georgia.

El golpe de sus palmas contra la madera de la mesa hizo tintinear la porcelana.

—¿Estás enferma? —rugió mi cuñada, poniéndose en pie de un salto, con los ojos avellana inyectados en furia—. Eres un puto monstruo. ¿Cómo te atreves a soltar semejante atrocidad en esta casa? Doy gracias al cielo de que Avery no esté aquí para tener que aguantar tu miseria.

Un calor negro, espeso y letal comenzó a expandirse por mis venas.

Yo jamás había sentido que odiara a nadie.

El odio era un sentimiento inútil que nublaba el juicio de las personas.

Pero mientras miraba el rostro impecable y altivo de Evelyn, sentí un odio puro, físico y visceral.

Esa mujer no solo era capaz de escupir veneno radiactivo cada vez que abría la boca, sino que era la causa de todas las pesadillas de mi chica.

Era la responsable directa de que Savannah se hubiera sentido como un accesorio defectuoso y un objeto infravalorado durante toda su maldita vida.

El crujido leve de una silla de madera me hizo girar la cabeza.

Savannah se había encogido sobre sí misma.

Estaba petrificada. Las manos le temblaban de forma espasmódica sobre el regazo y, sin emitir un solo sonido, gruesas lágrimas de pura y absoluta vergüenza comenzaron a deslizarse por sus mejillas, cayendo en silencio sobre la seda granate de su blusa.

Verla así, rota y humillada en mi propia casa, me destrozó.

Evelyn chasqueó la lengua, clavando sus ojos gélidos en su hija menor.

—Por el amor de Dios, Savannah, deja de lloriquear y hacerte la víctima —la reprendió con fastidio, como si estuviera riñendo a una niña pequeña—. Siempre tienes que montar un drama por todo.

Evelyn no había reaccionado al arranque de furia de Georgia, pero se atrevía a atacar a Savannah por mostrarse humillada por sus comentarios. Esta mujer superaba cualquier expectativa que hubiera tenido sobre su narcisismo.

—No se atreva a levantarle la voz a Savannah bajo mi techo, Evelyn —la cortó mi padre. Su voz no se alzó, pero el timbre era tan oscuro y autoritario que la temperatura de la sala cayó en picado.

Mi padre no había reaccionado al comentario sobre Avery, manteniendo la dignidad, pero tampoco iba a tolerar más ataques en su casa.

—Y le ruego que no confunda nuestra educación con debilidad —añadió mi madre, con un tono cortante como el hielo, posicionándose instintivamente como un escudo frente a las dos hermanas—. En esta familia valoramos la lealtad y el respeto, conceptos que usted parece desconocer por completo.

—Deberías hacer las maletas y largarte de vuelta a Portland, madre. Hoy mismo —sentenció Georgia, con la voz temblando de ira.

Noté lo afectada que estaba Georgia por la mención al suceso con Avery, pero mi atención estaba focalizada en un único punto. Savannah seguía llorando en silencio, asfixiada por el pánico, incapaz de defenderse de la avalancha de humillación.

El último hilo de mi autocontrol se rompió en mil pedazos. Me incliné hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, y fijé mi mirada, cargada de una furia homicida, directamente en Evelyn.

—Estoy harto —pronuncié, con un tono tan bajo y rasposo que hizo que mi propia madre me mirara con cautela—.

Estoy harto de ver cómo suelta su veneno de mierda sin importarle a quién destroza por el camino.

Esa toxicidad asquerosa suya es exactamente lo que empujó a Savannah a los brazos de otro maldito narcisista de manual como Phillip.

La rompió usted primero para que él pudiera terminar el trabajo.

Evelyn abrió la boca, escandalizada, pero no le di tiempo a articular palabra.

—¿Y se atreve a cuestionar a mi hermana? Una enfermera que se dedica a salvar vidas a diario, al igual que Savannah. ¿No se le cae la cara de vergüenza al darse cuenta de lo sumamente mala madre que es?

—¡Ian! —La voz de Catherine fue un latigazo seco. Mi madre me miró fijamente y, con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, me ordenó que no hablara más.

Acaté la orden en silencio, tragándome la bilis, y alargué mi mano derecha por debajo de la mesa para alcanzar la de Savannah. Necesitaba tocarla, decirle sin palabras que todo estaba bien.

Pero en el instante en que mis dedos rozaron su piel fría, Savannah dio un respingo. Se apartó de mi tacto como si le quemara. Empujó la silla hacia atrás con brusquedad, se puso en pie con la mirada clavada en el suelo y salió huyendo del comedor en dirección al pasillo.

Me giré lentamente hacia la causante de la masacre. Evelyn seguía sentada, con la barbilla alta, genuinamente desconcertada por la reacción hostil que había provocado, fingiendo que su comentario había sido la cosa más inocente del mundo. Se la veía incluso indignada por mi ataque verbal.

—Lo mejor que puede hacer ahora mismo —le dije, con una calma letal que asustaba más que los gritos— es levantarse y marcharse de esta casa.

—Levántate —le ordenó Georgia, rodeando la mesa hasta agarrar a su madre por el brazo con rudeza—. Voy a sacarte de aquí yo misma antes de que hagas más daño.

Mientras tiraba de Evelyn hacia el vestíbulo, Georgia detuvo sus pasos un segundo y me buscó con la mirada.

Fue un contacto visual intenso, cargado de urgencia y confianza absoluta.

Me estaba pidiendo silenciosamente que fuera a por Savannah.

Asentí con lentitud. No hacían falta palabras entre nosotros.

Georgia había sido el escudo protector de su hermana pequeña durante toda su infancia y adolescencia, siendo el único refugio la una de la otra.

Ahora, ese trabajo me correspondía a mí.

Me puse en pie para ir tras mi chica, pero me detuve al escuchar la voz de mi padre en el vestíbulo.

Había acompañado a las dos mujeres hasta la puerta de roble.

—Georgia, querida —dijo mi padre, con una suavidad paternal que reservaba solo para los suyos—, esperamos verte aquí en la cena del domingo que viene.

Acto seguido, el tono de David se transformó en acero al dirigirse a Evelyn.

—Sin embargo, lamento comunicarle que esa invitación no se hace extensible a usted, Evelyn.

Ni el próximo domingo, ni nunca. Savannah es ahora parte de esta familia.

Y eso la sitúa bajo mi protección directa.

Al igual que mi hijo Ian, no voy a permitir que nada ni nadie cruce el umbral de mi casa para dañar a los míos. Buenas noches.

El golpe sordo de la puerta principal cerrándose fue el mejor sonido que había escuchado en todo el día. Di media vuelta y me adentré en la penumbra del pasillo, dispuesto a recoger los pedazos de mi chica.

No tardé en encontrarla. Estaba en la última puerta a la derecha. Mi antigua habitación.

Me detuve en el umbral, llenando el marco de la puerta con mi envergadura, y me dediqué a observarla en silencio.

La escasa luz de la lámpara de la mesilla bañaba la estancia.

Las estanterías estaban atestadas de trofeos de fútbol y béisbol, vestigios de mi época como el chico popular del instituto.

En las paredes colgaban fotografías de mi graduación en la academia y las primeras imágenes con el uniforme de rescate, tomadas en la misma época en la que el accidente del autobús escolar nos partió la vida en dos.

Y justo frente a ella, sobre la cómoda, descansaba la fotografía enmarcada de la graduación del instituto.

En la imagen aparecíamos Georgia, Sloane, un servidor y, a mi pesar, la sonrisa arrogante de Phillip Brooks, puesto que los cuatro habíamos compartido clase.

Savannah estaba de pie frente al mueble, abrazándose a sí misma. Las lágrimas seguían trazando surcos húmedos sobre su rostro pálido, y sus hombros temblaban levemente bajo la seda granate. Sabía que había detectado mi presencia, pero me mantuve al margen, dándole el espacio para recomponerse.

Se secó las mejillas con el dorso de la mano, sin girarse del todo.

—Pretendía llegar al baño —murmuró, con la voz rota y frágil, encogiéndose de hombros—. Pero me he equivocado de puerta. Siento haber entrado aquí... disculpa por invadir tu intimidad.

Di un paso hacia el interior de la habitación, acortando la distancia con una lentitud deliberada.

—Tú no invades absolutamente nada, Savannah ¿Cuántas veces tengo que recordártelo?

Su lugar estaba donde ella quisiera estar. Preferiblemente a mi lado.

Me detuve a escasos centímetros de su espalda. No la toqué, resistiendo el impulso salvaje de rodearla con mis brazos y aplastarla contra mí.

—Háblame —le pedí —. Dime qué tienes en la cabeza en este preciso instante.

Savannah dejó caer los brazos a los costados y suspiró de forma temblorosa, manteniendo la vista clavada en la fotografía de mi graduación.

—Me siento inmensamente tonta, Ian.

Fruncí el ceño, genuinamente desconcertado por su conclusión.

—¿Por qué ibas a sentirte tonta? Tú no has hecho nada malo esta noche.