VEINTIUNO #3
Su actitud fue una clase magistral de diplomacia. Catherine abrazó a Georgia y me dio un beso cálido y sonoro en la mejilla a mí, pero cuando llegó el turno de mi madre, se limitó a ofrecerle la mano derecha con una sonrisa educada.
Evelyn aceptó el apretón, recorriendo el amplio vestíbulo de madera de roble con una mirada afilada.
—Catherine, tienes la casa verdaderamente inmaculada —comentó mi madre, con esa voz de especialista en camuflar veneno bajo la forma de cumplidos—.
Tiene mucho mérito, sobre todo teniendo en cuenta que no parece que hayáis redecorado absolutamente nada en años.
Sigue exactamente igual de rústica que como la recuerdo de hace diez años.
Me quedé helada. Mi madre de nuevo enmascarando una crítica con un falso cumplido.
Pero otra cuestión me hizo detenerme con el ceño fruncido.
¿Hace diez años? Mi madre jamás se había relacionado con los Collins.
Catherine y mi madre eran como el agua y el aceite, no se mezclaban, ni entonces ni desde el regreso de Evelyn.
¿En qué momento y por qué razón había estado Evelyn en el interior de esta casa hace una década?
Georgia bufó a mi lado, indignada por el comentario pasivo-agresivo sobre la decoración, y se quitó el abrigo con un tirón seco.
Miré de reojo a Ian. Tenía los puños tan apretados a los costados que los nudillos se le habían vuelto blancos.
Estaba conteniéndose a duras penas para no saltar a la yugular de mi madre.
Alargué mi mano izquierda y le acaricié el antebrazo sobre la tela de la camisa, deslizándola desde el codo hasta la muñeca en un gesto apaciguador y silencioso. Sus músculos perdieron un ápice de rigidez bajo mi tacto.
—Catherine, por favor, dime que puedo ayudarte con algo en la cocina —me ofrecí, necesitando escapar de la órbita de Evelyn.
—No hace falta, querida. Está todo listo —respondió ella, impasible ante los comentarios de Evelyn—. Pasemos directamente al comedor.
Seguimos a los Collins hacia el gran salón.
Al ver la mesa, el nudo de mi estómago se apretó aún más.
Acostumbrada a las cenas de los domingos donde reinaban las risas ruidosas, la comida casera, los comentarios maternales de Catherine y las bromas internas y sarcásticas de David, el contraste fue desolador.
Se habían esforzado por ofrecer una cena formal.
La vajilla buena de porcelana brillaba bajo la luz de la lámpara de araña, las copas de cristal estaban alineadas al milímetro y la comida venía ya emplatada.
Agradecí profundamente el gesto y el esfuerzo titánico que habían hecho para satisfacer los aires elitistas de mi madre, pero echaba de menos, con una punzada de dolor físico, el ambiente relajado que convertía esa casa en un hogar que había llegado a sentir como mío.
Nos sentamos. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana fue el único sonido durante los primeros minutos, en una atmósfera tan densa que se podía cortar con bisturí.
Evelyn, incapaz de tolerar no ser el centro de atención, dejó su tenedor sobre el borde del plato y se secó los labios con la servilleta de tela.
—David, Catherine... noto la mesa algo vacía esta noche. Pensaba que esto era una cena familiar. ¿Dónde está vuestra hija?
Preguntaba por la ausencia de Avery.
David Collins no dejó de cortar su carne, manteniendo su compostura estoica.
—Avery y Logan están cenando en casa de los Pierce esta noche, Evelyn. Es el cumpleaños de Maggie, y querían acompañarlos en la celebración.
Evelyn enarcó sus cejas perfectamente depiladas y asintió despacio, cogiendo su copa de vino blanco por el tallo.
—Oh, sí. Ya me han dicho que la pequeña Avery está embarazada.
Aunque sin haberse casado aún. Que modernos estos jóvenes de hoy en día.
Es una verdadera lástima que no haya venido.
Me habría encantado saludarla esta noche —murmuró, dando un pequeño sorbo, antes de dejar caer la copa sobre el mantel y añadir con una casualidad tan banal y calculada que rozaba la psicopatía—: Sobre todo, teniendo en cuenta las fechas.
Después de todo, fue mi Georgia quien le salvó la vida a Avery la noche que tuvo aquella sobredosis con las pastillas, y si no me equivoco...
hoy es exactamente el aniversario de ese día ¿verdad?
, espero que esté plenamente recuperada de su problema de hace años, ser madre es un trabajo muy serio y se necesita cierto grado de responsabilidad, sobre todo para una persona emocionalmente inestable.
Dios. Mío.
¿Qué?
¿Cómo era posible ser tan mezquina pronunciando sólo unas pocas frases?
El silencio que cayó sobre el comedor fue sepulcral.
El sonido de la lluvia repiqueteando contra la ventana de repente pareció ensordecedor. Nadie respiraba. El tiempo se detuvo en la mesa de los Collins, mientras el shock, paralizante y absoluto, dinamitaba cualquier rastro de la fachada formal que habíamos intentado mantener.
La vergüenza y el apuro trepó por mi garganta, ahogándome. Solo quería que se abriera el suelo y me tragara.