VEINTIUNO #2
—Me da miedo, Ian. Tengo pánico de que tus padres acaben dándole la razón. De que la escuchen, se fijen en todo lo que hago mal y se lleven una impresión horrible de mí. O que ella los ofenda tanto que comprendan que no vale la pena el esfuerzo de acogerme en su familia.
El silencio que siguió a mi confesión duró apenas dos segundos antes de que Ian echara la cabeza hacia atrás y empezara a reírse. No era una risa cruel, sino una carcajada abierta, sonora y genuinamente incrédula que rebotó en las paredes del dormitorio.
Fruncí el ceño al instante, sintiendo un latigazo de indignación.
—No te rías de mis inseguridades, Ian —le reprendí, golpeándole levemente el pecho con el puño—. Para mí es un miedo real.
Él atrapó mi muñeca al vuelo. Su risa se fue apagando, dejando paso a una sonrisa ladeada, deslumbrante y cargada de afecto, mientras besaba mis nudillos a modo de disculpa.
—Perdóname, preciosa. No me río de ti, me río de la imposibilidad absoluta de lo que acabas de decir —aseguró, acariciándome la mandíbula con el pulgar para obligarme a mirarlo—.
Mis padres no son tontos, Savannah. Te conocen perfectamente.
Han visto lo que haces y cómo lo haces. Pero, lo que es aún más importante: conocen a Evelyn desde hace décadas.
Saben exactamente qué clase de víbora es.
Me acarició el cuello, deslizando los dedos bajo la blusa.
—Si en algún momento de la cena te sientes acorralada, o necesitas que intervenga, que la aleje o que le pare los pies de forma definitiva, solo tienes que decírmelo. Hazme una señal y la sacaré de la casa de mis padres a pulso si hace falta. No estás sola en esto.
El nudo de mi estómago comenzó a deshacerse, derritiéndose bajo la seguridad aplastante de sus palabras.
—Además —añadió Ian, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un murmullo cómplice—, te recuerdo que mi madre, Catherine Collins, se convirtió en tu fan número dos en el instante exacto en que decidiste asaltar mi piso para rehabilitarme la clavícula y domar mi mal humor.
Parpadeé, entrecerrando los ojos, y una chispa de curiosidad reemplazó a la ansiedad.
—Un momento. ¿Por qué solo mi fan número dos? —pregunté, frunciendo los labios en una mueca de falsa indignación—. ¿Qué pasa con el puesto de mi fan número uno?
La mirada de Ian se oscureció. El verde de sus iris se volvió denso y salvaje. Sus manos bajaron hasta mi cintura, atrayéndome de un tirón contra la dureza de su pelvis.
—Tu fan número uno soy yo, Savannah —sentenció, con una rotundidad que no admitía réplica —. Y te juro por Dios que ese puesto no me lo va a arrebatar nadie. Jamás.
Me quedé sin aliento. Levanté las manos, agarré las solapas de su camisa oscura con ambas manos y tiré de él hacia abajo.
Ian no opuso resistencia. Inclinó la cabeza con docilidad y yo estrellé mi boca contra la suya.
Lo besé fuerte, duro, volcando en la humedad de su lengua toda mi gratitud, mi alivio y el deseo voraz que me provocaba aquel hombre.
Cuando nos separamos por falta de oxígeno, con mi pecho subiendo y bajando erráticamente contra el suyo, Ian se alejó un par de centímetros. Tenía los labios hinchados y una sonrisa de pura arrogancia masculina curvándole la boca.
Dios, ojalá este pacto entre nosotros no acabara nunca.
✽✽✽
El trayecto en coche bajo la lluvia transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el sonido acompasado de los limpiaparabrisas.
Al aparcar frente a la imponente casa de madera de los Collins, vi los faros del todoterreno de Georgia iluminando el camino de grava justo detrás de nosotros. Habíamos llegado al unísono.
Apenas puse un pie en el porche, resguardándome bajo el voladizo, la puerta del copiloto del coche de mi hermana se abrió.
Evelyn descendió envuelta en un abrigo de lana impecable y con su habitual peinado inamovible, ajena a la humedad que nos calaba a los demás.
Su mirada escáner me recorrió de arriba abajo en el instante exacto en que llegué a su altura.
Se detuvo en mi blusa granate, la misma que Ian había estado a punto de arrancar de mi cuerpo apenas media hora antes.
—Savannah, cariño —ronroneó mi madre, con ese tono de falsa condescendencia que reservaba para sus ataques más precisos—.
Esa seda es preciosa, pero quizá el corte sea demasiado ajustado para tu figura.
Ya no tienes veinte años, y ese exceso de tela tirante en el pecho resulta...
vulgar. Deberías aprender a vestirte para el cuerpo que tienes, no para el que desearías tener.
El rubor de la humillación me incendió las mejillas y el cuello como una bofetada física.
El crujido de la puerta principal abriéndose a mis espaldas nos dejó a todos congelados. David Collins estaba de pie en el umbral, con la mano aún en el pomo de latón. Había escuchado cada maldita sílaba.
David no dijo nada. Su rostro curtido se mantuvo impasible, pero clavó sus ojos por encima de mi cabeza, buscando directamente la mirada de Ian, y enarcó una ceja espesa.
Sentí la mano cálida y masiva de Ian cerrarse sobre mi brazo. El apretón fue firme y cargado de una lealtad inquebrantable. No iba a luchar mis batallas por mí, pero sabía que me cubría las espaldas a cada paso.
—Cállate de una maldita vez, mamá —siseó Georgia, cerrando la puerta de su coche con un portazo que resonó en el jardín—. Ni siquiera hemos entrado en la casa. Córtate.
Antes de que Evelyn pudiera replicar, la figura elegante y alta de Catherine Collins apareció tras el hombro de su marido.
—¡Buenas noches! Pasad, por favor, no os quedéis en el porche —saludó la matriarca, abriendo la puerta de par en par.