Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTIUNO
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VEINTIUNO

Savannah

E l repiqueteo incesante de la lluvia otoñal contra los ventanales del salón había sido nuestra única banda sonora durante todo el domingo.

El mundo exterior, con su frío, sus ferias y sus dramas, se había desdibujado por completo, devorado por un día perezoso en el piso de Ian.

Había sido una jornada de piel contra piel, sábanas revueltas y una cantidad de ropa casi inexistente.

Flotaba en una bruma de laxitud absoluta. Estaba sentada a horcajadas sobre los muslos de Ian en el sofá mullido, vistiendo únicamente una camiseta de algodón gris que se me escurría por el hombro, mientras él estaba con el torso desnudo y recostado contra los cojines.

Sus labios trazaban una ruta húmeda y ardiente por el lateral de mi cuello, justo en el punto de pulso, lamiendo y succionando la piel con una lentitud tortuosa. El contraste de su barba arañándome la clavícula me arrancó un gemido involuntario cargado de necesidad.

Ian detuvo el movimiento de su boca al instante. Sus manos grandes, que habían estado descansando en mi cintura, descendieron hasta mis nalgas desnudas y apretaron la carne con una firmeza posesiva y estricta que me hizo jadear.

—No hagas ese tipo de ruiditos sexys, Savannah —me advirtió en un murmullo ronco y vibrante contra mi oído—. Porque si me provocas, te juro por Dios que te tumbo contra la alfombra ahora mismo y volvemos a empezar.

Apoyé la frente contra su hombro ancho, respirando el aroma almizclado de su piel, completamente rendida. Mi cuerpo estaba al límite del agotamiento físico por la cantidad de orgasmos a los que me había empujado desde la noche anterior. Aun así, noté como volvía a humedecerme con la promesa de más.

—No puedo más, cariño... te lo suplico —murmuré, frotando mi nariz contra su cuello—. Dame una tregua. Un descanso. Al menos un par de horas, o no podré ni caminar hasta el coche para ir a la cena de tu familia esta noche.

Una carcajada grave retumbó en su pecho. Estaba plenamente satisfecho de tenerme así: saciada, exhausta y derretida contra él.

Justo en ese momento de quietud, el tono de llamada de mi móvil cortó el silencio desde la mesa de centro.

Hice ademán de levantarme, apoyando las manos en su pecho para alzar mi peso de su regazo, pero las manos de Ian se cerraron en mis caderas, anclándome a su cuerpo con fuerza.

—Quieta ahí —ordenó con suavidad.

Sin soltarme del todo, alargó su brazo, cogió el móvil de la mesa de cristal y me lo entregó en la mano, obligándome a tomar la llamada exactamente dónde estaba: medio desnuda y entre sus brazos.

Acepté el dispositivo, sonrojada por su necesidad de control, y miré la pantalla.

—Es Gia —le susurré, deslizando el dedo por el cristal antes de llevarme el aparato a la oreja—. Hola. ¿Lista para la cena de los Collins?

—Casi lista, Sav —respondió Georgia al otro lado de la línea.

Su voz sonaba un poco apagada—. Te llamaba para decirte que yo misma me encargaré de recoger a la arpía de nuestra madre en la cabaña.

Así que tú ve directa a casa de los padres de Ian.

De esta manera, si veo que Evelyn empieza a pasarse de la raya o a soltar veneno, la agarro del brazo y la saco a rastras de la casa yo misma sin que tengas que lidiar con ella en el trayecto.

—Te lo agradezco en el alma, Gia. De verdad.

Sonreí, pero la curva de mis labios se desvaneció casi de inmediato. Faltaba la chispa sarcástica habitual de mi hermana. Su voz sonaba apagada, carente de energía, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.

—¿Estás bien, Georgia? —le pregunté, frunciendo el ceño—. Te noto rara. Diferente.

—No te preocupes por mí, enana. Solo... he tenido un mal día en el hospital, eso es todo. Nos vemos luego.

Colgó antes de que pudiera indagar más.

Dejé caer el móvil sobre el cojín del sofá y solté un suspiro pesado.

Georgia estaba tomando turnos extra en el hospital, hacía turnos los fines de semana casi sin descansos.

La preocupación se instaló en mi pecho. Sabía perfectamente que a Georgia le pasaba algo más profundo que un simple "mal día" o la adaptación a su nuevo puesto en urgencias.

Había un fantasma persiguiéndola desde que volvió a pisar Wildwater Falls.

Pero también sabía que presionar a mi hermana mayor podía ser un error catastrófico.

La última vez que Georgia se sintió arrinconada por sus propios demonios, hizo las maletas y se largó del pueblo, desapareciendo de mi vida durante once años.

Aterrada ante la perspectiva de que volviera a huir, prefería caminar sobre cáscaras de huevo antes que empujarla al abismo.

Ian deslizó sus nudillos por la curvatura de mi columna vertebral, un roce áspero y reconfortante que me devolvió al presente.

—Estás a mil kilómetros de aquí, preciosa. ¿Qué ocurre?

Alcé la vista y me encontré con la intensidad de sus ojos verdes escrutándome.

—Es Georgia —confesé, apoyando las manos en sus pectorales, necesitando su solidez—. Algo le está pasando. Está apagada, triste... y no quiere hablar de ello. Me aterra pensar que, si insisto demasiado, se agobie y vuelva a irse.

Ian me apartó un mechón de pelo rebelde de la cara, con una ternura que no dejaba de sorprenderme en un hombre tan duro como él.

—Tu hermana es fuerte, Savannah. Mucho más de lo que crees. Y estando cerca de ti, acabará sanando lo que sea que lleve roto por dentro.

Negué con la cabeza, dudando de mis propias capacidades.

—No sé si yo soy el ancla que ella necesita, cariño. No sé cómo ayudarla.

Las manos de Ian acunaron mi rostro. Sus pulgares acariciaron mis pómulos, obligándome a sostenerle la mirada.

—Mírame, Savannah —pidió, con un tono impregnado de una convicción absoluta—.

Pase lo que pase, y sea lo que sea a lo que se esté enfrentando, tú encontrarás la manera de ayudarla.

Tienes un instinto natural para curar a la gente.

Lo haces en urgencias todos los malditos días.

Lo hiciste ayer en la plaza. Y lo has hecho conmigo.

El nudo en mi garganta se apretó hasta doler, no por la angustia, sino por una emoción pura y avasalladora.

¿Cómo iba a sobrevivir a Ian Collins cuando decidiera que ya tenía suficiente de nuestro pacto?

Él me veía como alguien valiosa. Como una fuerza capaz de proteger, de sostener y de curar.

Y ese pensamiento me aterró, porque cuando él se fuera (y se iba a ir) el vacío que dejaría no podría ser llenado por nada ni por nadie.

✽✽✽

El repiqueteo de la lluvia contra el cristal del dormitorio de Ian me resultaba anestésico, pero ni siquiera ese sonido lograba disolver el nudo gélido que se me había instalado en la boca del estómago.

Frente al espejo de cuerpo entero, mis dedos se volvieron torpes, incapaces de abrochar los últimos botones de nácar de mi blusa de seda granate. Me quedé inmóvil, observando mi reflejo a medio vestir, con la falda oscura a medio subir y el sujetador de encaje negro asomando por la tela abierta.

La ansiedad me golpeó con la fuerza de una ola invernal.

La cena de los domingos en casa de David y Catherine Collins se había convertido en mi santuario.

Aquella casa de paredes de madera y olor a estofado era un refugio donde no tenía que fingir, donde se me aceptaba sin condiciones, arropada por la calidez de una familia de verdad.

Y la sola idea de que Evelyn cruzara ese umbral esta noche, arrastrando su toxicidad y su clasismo a mi espacio seguro, me producía náuseas.

Sentía que, una vez más, mi madre estaba a punto de robarme y contaminar algo que me pertenecía única y exclusivamente a mí.

El crujido de la madera del suelo delató los pasos descalzos de Ian a mi espalda.

Antes de que pudiera recomponer mi expresión en el espejo, su pecho ancho chocó con mi espalda desnuda.

Sus brazos fuertes me rodearon la cintura desde atrás, atrayéndome contra él con una firmeza que me vació los pulmones.

Hundió el rostro en la curva de mi cuello, rozando mi piel con su barba de un día.

—Respira, preciosa —me susurró, con esa voz grave y vibrante que siempre actuaba como un sedante —.

Te estoy viendo hiperventilar desde el pasillo.

Escúchame bien: pase lo que pase esta noche, nada de lo que salga de la boca de Evelyn va a hacer que cambie el cariño que mi familia te tiene. Y muchísimo menos, el mío.

Cerré los ojos, apoyando la cabeza en su hombro, y me permití fundirme contra su abrazo durante unos segundos.

—Solo doy gracias al cielo de que Avery y Logan tengan la cena en casa de los Pierce —murmuré, intentando inyectar un atisbo de ligereza en mi voz temblorosa—. Al menos habrá dos personas menos a las que mi madre pueda ofender con sus comentarios pasivo-agresivos.

Una carcajada baja y profunda vibró en el pecho de Ian, sacudiéndonos a los dos.

—Si mi hermana estuviera en esa mesa, lo único que pasaría es que tendrías a una persona más sacando las garras y enseñando los dientes para destrozar a Evelyn en cuanto intentara atacarte. Avery no tiene filtro cuando se trata de defender a los nuestros.

Una sonrisa genuina logró despuntar en mis labios al imaginar la fiereza de Avery. Pero la sonrisa no duró demasiado.

Ian lo notó al instante. Aflojó su abrazo lo justo para hacerme girar sobre mis talones, obligándome a quedar frente a él. Sus manos callosas y grandes se posaron en mis caderas, dándome un ligero apretón.

—Basta de evasivas, Savannah —exigió, escrutándome con una intensidad verde e implacable—. Dime exactamente qué es lo que te aterra de esta cena.

Bajé la mirada hacia su camisa oscura. La vergüenza me tiñó las mejillas de rubor.

—Todas las puyas de Evelyn... —comencé, con la voz rasposa, jugando nerviosa con el dobladillo de mi blusa abierta— siempre van orientadas a lo mismo. A sacar a relucir mis defectos. A recordar mis fracasos pasados, mis inseguridades, lo ingenua que fui con Phillip o lo poco que destaco.

Tragué saliva, obligándome a verbalizar mi mayor pesadilla.