VEINTE #3
En lugar de tranquilizarse, la mención a la recuperación pareció romper un dique en su interior. Amber cerró los ojos y rompió a llorar de forma desconsolada, un llanto agudo y desesperado que le sacudió los hombros.
—No... no voy a recuperarme —sollozó, tapándose el rostro con las manos—. Mi vida se ha acabado. Estoy embarazada.
Me quedé congelada, incapaz de articular palabra, sintiendo cómo el eco de su confesión rebotaba en las paredes blancas.
—Y él lo sabe —añadió ella, en un susurro roto—. Se lo dije esta mañana antes de abrir el puesto. Por eso me mareé... por los nervios, por la tensión de ocultarlo. Y él... él me dejó tirada en el suelo.
El impacto de la noticia me dejó sin aliento, pero el rencor que alguna vez pude sentir hacia ella se esfumó.
Phillip había sabido que la chica de dieciocho años que llevaba a su hijo en el vientre acababa de abrirse la cabeza contra el suelo, y había preferido seguir despachando cruasanes.
¿En qué momento el hombre con el que me casé se había convertido en este ser sin escrúpulos?
A pesar de mis reticencias y del daño que su aventura me había causado en el pasado, una oleada inmensa de compasión me inundó. Me acerqué a la cabecera arrastrando una silla de plástico y me senté a su lado, ofreciéndole un pañuelo de papel de la mesilla.
—Respira, Amber —le pedí, esperando a que el ataque de pánico amainara un poco—. ¿Qué tienes pensado hacer?
Ella se secó las lágrimas, mirándome con unos ojos suplicantes e infantiles. Maldita sea, era sólo una niña. ¿En qué había estado pensado Phillip?
—Yo... yo esperaba que Phillip se hiciera cargo. Que me ayudara. Que me dijera qué hacer.
La miré fijamente. Necesitaba que abriera los ojos a la realidad antes de que Phillip la destruyera por completo, tal y como había intentado hacer conmigo. Y se lo dije con la voz más suave y amable de la que fui capaz.
—Escúchame bien. No creo que Phillip vaya a ayudarte.
No se va a hacer cargo de nada, Amber. Nunca lo hace.
Eres muy joven y tienes toda la vida por delante.
Si no estás preparada para ser madre, tienes opciones que deberías considerar muy seriamente.
Existe la adopción. Y existe la interrupción voluntaria del embarazo.
Eres tú quien debe decidir sobre tu futuro, no él.
Amber negó con la cabeza, apretando el pañuelo entre las manos, consumida por la desesperanza.
—No tengo a nadie. Mis padres están fuera. Y no tengo suficientes ahorros para plantearme ninguna de esas opciones. Un procedimiento médico, los viajes... cuesta dinero. Y yo no lo tengo.
Al bajar la mirada hacia sus manos, un destello dorado bajo la luz de los fluorescentes captó mi atención. En su muñeca derecha colgaba una pulsera de eslabones de oro de la que pendían varios dijes cuajados de pequeños diamantes. Ostentosa, hortera e inconfundible.
La ironía de la situación fue tan macabra que casi me arranca una carcajada histérica. Era mi pulsera. La misma que Phillip me había exigido que le devolviera durante el proceso de divorcio para luego regalársela a su amante.
Levanté la vista hacia el rostro pálido de la chica.
—Deberías vender esa pulsera.
Amber frunció el ceño, instintivamente cubriendo la joya con su mano izquierda.
—No puedo. Es un regalo de Phillip. Significa mucho para él, me dijo que ha pertenecido a su familia...
—Esa pulsera era mía, Amber —la interrumpí, con una calma glacial—. Cada uno de esos dijes de diamantes me los regaló por un aniversario de boda diferente. No pertenece a ninguna familia.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, horrorizada al comprender la dimensión de la mezquindad del hombre al que se había entregado.
—Yo... yo te juro que no lo sabía... Dios mío... —susurró, intentando desabrochar el cierre con dedos temblorosos y torpes, como si le estuviera quemando la piel.
Detuve sus manos con un gesto suave.
—No te la quites. Véndela —le ordené, mirándola con una intensidad feroz—.
Esa maldita pulsera vale varios miles de dólares.
Y con ese dinero vas a poder tomar la decisión más acertada para tu vida, sin presiones, sin pedirle permiso a nadie y sin depender de un hombre que te dejó sangrando en el suelo por no perder una venta. Utiliza su dinero para liberarte de él.
Me puse en pie, alisando la tela de mi abrigo. Amber me miraba con una mezcla de shock y una gratitud abrumadora naciendo en sus ojos.
—¿Por qué me ayudas?
—Porque eres joven y tienes derecho a tomar malas decisiones, a equivocarte y a aprender de tus errores.
Pero lo que ha hecho Phillip no tiene excusa.
Es un hombre adulto comportándose como un niñato egoísta y cruel.
Cuando te den el alta, llama a tu familia —le aconsejé, a modo de despedida—.
Y aprende de todo lo que ha pasado, Amber. Te mereces algo mejor.
Al salir al pasillo del hospital, una sensación completamente desconocida me envolvió.
No sentía rabia. No sentía tristeza ni humillación.
Respiré profundamente, llenando mis pulmones de aire limpio.
Estaba en paz. Sorprendentemente tranquila y en paz absoluta, consciente de que para mí era un cierre al capítulo más doloroso de mi vida.