VEINTE #2
Pero entonces, la mano cálida y firme de Ian se cerró sobre mi hombro. Me giré hacia él, y la entereza y madurez que irradiaban sus ojos verdes me devolvieron a la realidad.
—Déjalo estar, Savannah —me ordenó en un susurro grave, cargado de una calma protectora—. No merece tu saliva. Ya has visto quién es.
Ian tenía razón. Phillip no era un monstruo imponente; era solo un hombre minúsculo, miserable e incapaz de albergar un solo gramo de humanidad. Exhalé el aire contenido, liberándome por fin de su fantasma, y le hice una última pregunta a su espalda.
—¿Tiene familia a la que podamos avisar?
—Sus padres están viviendo fuera del estado —respondió él sin mirarme, limpiando el mostrador con un trapo.
Amber estaba completamente sola. Su único apoyo en el pueblo acababa de dejarla tirada en una camilla.
Me giré hacia Ian, elevando la mirada en una petición silenciosa. No tuve que formularla en voz alta. Él leyó la urgencia y la empatía en mis ojos al instante. Asintió con un movimiento seco, entrelazó sus dedos fuertemente con los míos, ignorando a mi exmarido, y dijo:
—Vamos al hospital.
✽✽✽
El contraste entre la luz dorada de la mañana de octubre y la iluminación blanca, aséptica y despiadada del área de urgencias me hizo parpadear un par de veces al cruzar las puertas automáticas. El olor a antiséptico sustituyó al instante el aroma a azúcar de la feria.
Me acerqué directamente al control de enfermería con Ian caminando a mi lado.
—Hola, Clara —saludé a una de mis compañeras, que estaba tecleando en el ordenador—. La chica del traumatismo craneal que acaba de traer la ambulancia desde la plaza del pueblo. Amber. ¿Cómo está?
Clara levantó la vista de la pantalla, reconociéndome al instante, y suavizó la expresión.
—Está estable, Savannah. El escáner no muestra hemorragia interna, pero la herida ha requerido ocho puntos de sutura. Ahora mismo está en el box tres, esperando los resultados de las analíticas de sangre para descartar otras complicaciones antes de darle el alta.
—No tiene familia en el estado, y la persona con la que trabaja se ha desentendido por completo —le expliqué, sintiendo una punzada de amargura al recordar a Phillip recolocando sus malditas bandejas de cruasanes—.
Ponme a mí como su contacto de emergencia en el registro, por favor.
Dile que estoy en la sala de espera y que me gustaría hablar con ella en cuanto sea posible.
Clara asintió, introduciendo mis datos en el sistema, y yo me giré hacia la zona de espera.
Nos sentamos en las sillas rígidas de plástico azul.
El silencio entre nosotros solo se veía interrumpido por el paso esporádico de algún celador.
Me froté las manos sobre los muslos y miré de reojo a Ian.
Llevaba su abrigo de plumón oscuro, con los hombros relajados y la espalda apoyada contra el respaldo, irradiando una paciencia infinita.
—Siento muchísimo haberte destrozado el sábado, Ian —murmuré, sintiendo un nudo en la garganta—. Te prometí una mañana tranquila en la feria y has acabado arrastrado al hospital en tu día libre... y encima, por culpa de la amante de mi exmarido.
Ian giró el rostro hacia mí. No había ni un ápice de molestia en sus ojos verdes. Alargó su mano grande, envolvió la mía y entrelazó nuestros dedos, apoyándolos sobre su muslo.
—No te atrevas a disculparte, Savannah —me ordenó en un susurro bajo y firme —. Te dije que quería pasar el día contigo. Y eso significa estar exactamente donde tú me necesites. No me importa si es comiendo chocolate en una plaza o sentado en la sala de espera de urgencias. Estoy contigo. Y punto.
Acomodé mi cabeza en su hombro, sintiendo cómo el contraste brutal entre los dos hombres de mi vida me golpeaba con la fuerza de un tren de mercancías.
Recordé las innumerables veces que Phillip me había dejado sola en situaciones comprometidas, sus críticas constantes disfrazadas de consejos, su ausencia emocional y el egoísmo que dictaba cada uno de sus actos.
Y luego estaba Ian. Un hombre de hechos, no de palabras vacías; alguien que no me exigía perfección, que me validaba, que se mantenía a mi lado como un muro, dispuesto a sostener el techo si el mundo se venía abajo.
—Los familiares de Amber —la voz de Clara resonó desde la puerta, sacándome de mis pensamientos—. Ha pedido verte, Savannah. Box tres.
Me incorporé despacio. Ian soltó mi mano con un apretón reconfortante y me dedicó un leve asentimiento.
—Te espero aquí, preciosa. Tómate el tiempo que necesites.
Crucé el pasillo de linóleo y descorrí la cortina azul del box tres.
Al ver a Amber tumbada en la cama articulada, el corazón se me encogió.
Despojada del maquillaje excesivo, enfundada en una bata de hospital y con un vendaje blanco y grueso rodeándole la cabeza, su juventud me abofeteó.
Era solo una cría. Una niña de dieciocho años, pálida, frágil y absolutamente aterrada.
—Hola, Amber —saludé con mi mejor tono de enfermera de urgencias—. ¿Cómo te encuentras?
La chica parpadeó, mirándome con una mezcla de desconcierto y desconfianza, claramente confundida por la amabilidad de la mujer cuyo matrimonio había ayudado a destruir.
—He estado mejor —murmuró, con la voz ronca.
—He hablado con tus enfermeras. La herida es aparatosa y te dolerá durante unos días, pero no hay nada grave. Te vas a recuperar.