VEINTE
Savannah
E l aroma a mantequilla derretida y a hojaldre recién horneado, que apenas unos segundos antes me había parecido reconfortante, se transformó en ceniza en mi garganta.
Detrás del mostrador más grande y ornamentado de la plaza, Phillip despachaba a unos clientes con esa sonrisa ensayada, plástica y encantadora que yo conocía a la perfección.
Mi estómago se contrajo en un nudo doloroso.
Mi primer instinto fue la huida. Tiré de la mano de Ian con disimulo, intentando girar sobre mis talones para cambiar de dirección y perdernos entre la multitud de la feria.
Pero Ian era una maldita montaña. Su cuerpo no cedió ni un solo milímetro. Apretó sus dedos alrededor de los míos con una firmeza que me ancló al suelo. No articuló palabra, pero la tensión de su mandíbula y la forma en que tiró de mí para mantenerme a su lado fue un mensaje directo .
Me obligó a mantener el rumbo, marcando un paso seguro y despreocupado. Al llegar a la altura del puesto, la mirada de Phillip se desvió hacia nosotros.
Su sonrisa de vendedor se desintegró en el acto. El narcisismo que le corría por las venas, esa necesidad enfermiza de controlarme incluso después de haberme destrozado, no pudo soportar la visión de mi mano entrelazada con la de Ian. La vena de su cuello se hinchó dando un paso hacia nosotros.
—¿No tienes vergüenza, Savannah? —escupió Phillip, alzando la voz lo suficiente para que el murmullo de los transeúntes más cercanos se apagara de golpe—.
Pasearte por la plaza del pueblo exhibiéndote con este...
Siempre supe que eras una necesitada, pero arrastrarte así en público roza lo patético.
Tragué saliva, sintiendo el escozor helado de la humillación pública quemándome las mejillas. Tiré con desesperación del brazo de Ian, consciente de que las miradas del pueblo empezaban a clavarse en nuestra nuca.
—Ian, por favor, vámonos. No le hagas caso —le supliqué en un susurro áspero.
Pero Ian se detuvo en seco.
Durante los años que duró mi matrimonio, Ian había formado parte de mi grupo de amigos y él había estado presente en muchas de las ocasiones en que Phillip había hecho gala de su mal carácter.
Pero siempre había mantenido una fachada impasible ante los ataques de Phillip, tragándose el desprecio y manteniendo las distancias por puro respeto a mis decisiones.
Sin embargo, al ver cómo mi exmarido me escupía aquellos insultos degradantes a la cara, la contención se esfumó.
La frialdad homicida que oscureció los ojos verdes de Ian hizo que el aire a nuestro alrededor bajara diez grados. Dio un paso hacia el puesto.
—Cierra la puta boca, Brooks —la voz de Ian fue un murmullo bajo que cortó el ambiente como el filo de una navaja—. O te juro por Dios que cruzo este mostrador y te la cierro yo.
Phillip abrió los brazos en un gesto exagerado, buscando la validación del público que había empezado a arremolinarse.
—¡Mirad esto! —exclamó con una carcajada amarga y teatral, señalándolo—. El gran héroe local. Sigues siendo el mismo matón de instituto de siempre, Collins. Un bruto violento disfrazado de uniforme. No has cambiado absolutamente nada.
La indignación recorrió mis venas. Que me insultara a mí era su rutina, su forma de control; pero que intentara humillar y manchar a Ian, al hombre generoso y leal que me había sostenido la noche anterior confesándome sus propios miedos, dinamitó todos mis límites.
Me solté de la mano de Ian, di un paso al frente y apoyé ambas palmas sobre la madera del mostrador, acercando mi rostro al de mi exmarido hasta invadir su espacio.
—Escúchame bien, Phillip —siseé. Mi voz salió baja pero impregnada de una fiereza que no reconocí como mía—. O te callas ahora mismo y nos dejas en paz, o me voy a encargar personalmente de gritar por cada rincón de este pueblo que eres un puto fraude.
Phillip parpadeó, desconcertado por mi ataque.
—Voy a contarles a todos que el éxito de tu pastelería se basa en el recetario de mi abuela —continué, clavando mis ojos en los suyos sin parpadear—.
Ese que me robaste y que te niegas a devolverme.
A ver cuántos clientes te quedan cuando sepan que no tienes ni una sola idea original en la cabeza y que no eres más que un ladrón.
Su rostro palideció y la máscara de superioridad se resquebrajó, dejando a la vista una mueca de odio puro y gélido.
Apretó los puños y abrió la boca para replicar, dispuesto a lanzar su última estocada de veneno, pero las palabras jamás llegaron a materializarse.
Un jadeo ahogado y seco rasgó el aire a sus espaldas.
Ambos desviamos la mirada al mismo tiempo.
Amber, la joven amante y ayudante que había estado empaquetando dulces al fondo del puesto, se había tambaleado hacia delante con los ojos en blanco.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, se desplomó como un peso muerto.
En su caída, su frente impactó con una violencia escalofriante contra el borde afilado del mostrador.
El golpe sordo y el crujido hueco nos helaron la sangre, justo antes de que el cuerpo inerte de la chica quedara tendido en el suelo de la plaza.
El eco del impacto seco silenció el bullicio de la feria de golpe.
Phillip se quedó petrificado, con una bandeja de cruasanes a medio sostener, incapaz de apartar la vista del cuerpo inerte de Amber al otro lado del mostrador. Pero tampoco hizo ademán de acercarse a socorrerla.
Solté la mano de Ian y sorteé el mostrador a la carrera.
Me dejé caer de rodillas sobre el empedrado frío, justo al lado del cuerpo de la joven.
Un charco oscuro y espeso comenzaba a extenderse bajo su cabello.
Las heridas en el cuero cabelludo son escandalosas y sangran profusamente.
Agarré un fajo de servilletas de tela limpias que colgaban de un estante inferior y apliqué presión directa sobre la herida para contener la hemorragia.
El calor de Ian se materializó a mi lado antes siquiera de que pudiera pedir ayuda. Sin dudarlo, se arrodilló frente a mí, sacando el móvil de su bolsillo.
—Llamo a emergencias —dictaminó, marcando el número mientras evaluaba la escena con ojos de bombero.
Mantuve la presión sobre la cabeza de Amber y alcé la vista hacia Phillip. Seguía de pie, inútil y pálido, mirándonos como si fuéramos espectros.
—¿Qué ha pasado, Phillip? —le exigí, elevando la voz por encima del murmullo de la multitud—. ¿Se ha tropezado o se ha desmayado antes de caer? ¿Se ha quejado de mareos?
—Yo... no lo sé. Estaba empaquetando y... y de repente se ha desplomado —balbuceó mi exmarido, retrocediendo un paso, alejándose de la sangre.
—¿Es diabética? ¿Sufre de hipoglucemia? ¿Toma alguna medicación? —disparé las preguntas necesitando datos para evaluar el síncope.
—No... no sé nada de eso.
La indignación me hirvió en las venas.
—¡Espabila de una maldita vez, Phillip! —le grité, incapaz de contener el desprecio—. Trabaja para ti, comparte tu cama. ¿Cómo que no sabes nada de su historial? ¡Dame algo útil!
Él se encogió, levantando las manos en un gesto a la defensiva, absolutamente superado.
No sabía nada. A Phillip jamás le había importado nadie más allá de sí mismo; utilizaba a las personas hasta que se rompían, y luego las descartaba.
La comprensión de esa miseria moral me golpeó con fuerza, pero obligué a mi mente a centrarse en la paciente.
—Ambulancia en camino. Tres minutos —anunció Ian, guardando el móvil. Se posicionó en la cabecera de la chica—. Te fijo el control cervical, Savannah. A la de tres, la lateralizamos un par de grados en bloque por si vomita y compromete la vía aérea.
La sincronización entre nosotros fue perfecta. Ian colocó sus manos inmensas a ambos lados del rostro de Amber, inmovilizando su columna con una precisión milimétrica, permitiéndome evaluar la simetría de sus pupilas y el pulso.
Un gemido ronco escapó de los labios de Amber. Sus párpados temblaron y se abrieron despacio, desorientados.
Bajé el tono de voz de inmediato.
—Amber. Tranquila, no te muevas. Soy Savannah, soy enfermera. Has tenido una caída. ¿Sabes dónde estás?
—En... la plaza —murmuró ella, intentando llevarse la mano a la cabeza, pero se lo impedí con suavidad—. Me da vueltas todo... tengo muchísimas náuseas.
Síntoma claro de conmoción cerebral.
—Lo estás haciendo muy bien, no intentes levantarte —la tranquilicé, manteniendo la presión.
El aullido de las sirenas cortó el aire de la mañana. Los paramédicos se abrieron paso entre los curiosos con la camilla plegable. Me incorporé lo justo para darles el relevo.
—Mujer, dieciocho años. Síncope no presenciado seguido de traumatismo craneoencefálico con herida incisa. Está orientada en espacio y tiempo, pero presenta náuseas intensas y mareo. Hemorragia controlada por compresión.
Los técnicos asintieron, asumiendo el control con eficiencia, colocando a la chica el collarín y trasladándola a la camilla. Uno de los paramédicos se giró hacia el mostrador, buscando al responsable.
—¿Es usted el encargado? —le preguntó a Phillip—. ¿Viene a acompañarla en la ambulancia?
Phillip se ajustó el delantal inmaculado, miró a la chica que lloraba asustada en la camilla y negó con la cabeza.
—No. Tengo la feria llena de clientes y mucho género por vender. Ya... ya la llamaré esta noche para ver qué le han dicho.
Me quedé boquiabierta.
—Es una cría de dieciocho años, Phillip —le recriminé, con la voz temblando de pura incredulidad—. Acaba de abrirse la cabeza en tu puesto. ¿La vas a dejar ir sola al hospital para vender cuatro malditos pasteles?
Pero a Phillip no le importaba. Como el cobarde monumental que era, incapaz de sostener la mirada cargada de asco que le estaba dirigiendo, se dio la vuelta, dándonos la espalda, y se dispuso a recolocar una bandeja de dulces para el par de clientes que aún seguían allí.
Iba a gritarle. Iba a saltar el mostrador y arrancarle esa fachada de perfección a bofetadas.