Ridge (Wildwater Falls 3) DIECINUEVE #2
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DIECINUEVE #2

El silencio volvió a envolvernos durante unos minutos, hasta que Savannah trazó un círculo perezoso en mi abdomen con la yema del índice.

—Mañana es sábado —murmuró, con un matiz de timidez asomando de repente a su voz—. Y, si no te molesta... me gustaría ir a la feria de artesanía anual que montan en la plaza del pueblo.

—Me parece perfecto —respondí sin dudar, acariciando la línea de su columna vertebral—. Podemos comer al mediodía en uno de los puestos de comida de la feria. Suele haber buen ambiente.

Savannah detuvo el movimiento de su dedo. Se incorporó levemente, apoyando la barbilla en mi pecho para mirarme a la cara, con las cejas fruncidas en una expresión de incredulidad.

—Espera... ¿Tú, de verdad me quieres acompañar?

Le devolví la mirada, genuinamente extrañado por la pregunta.

—Claro que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Ella se removió, un poco incómoda, apartando la vista hacia la mesilla de noche.

—Bueno... porque ir a la feria implica pasear despacio, mirar diferentes puestos de manualidades, detenerse en las paradas, quizá hacer algunas compras de decoración... No sé. Imaginé que las ferias no eran exactamente tu estilo.

Hizo una pausa, su mirada oscilando entre mi rostro y las sábanas.

—Pensé que preferirías que nos viéramos directamente por la noche, aquí, mientras durante el día tú hacías tus cosas y yo las mías.

Dejé de acariciarle la espalda. Mi mano se quedó inmóvil sobre su piel.

Me limité a mirarla fijamente, en un silencio denso y pesado, procesando la magnitud de lo que acababa de decirme.

Mi inmovilidad y la fijeza de mis ojos verdes la obligaron a volver a mirarme.

Bajo mi escrutinio el rubor comenzó a trepar por su cuello.

—Savannah —pronuncié su nombre con seriedad —.

No se me ocurre una sola actividad mejor para hacer un maldito sábado que pasar tiempo contigo.

Me da exactamente igual si es paseando por una feria de artesanía, mirando puestos de cerámica, o sentados en un cráter en la luna.

Si tú estás ahí, yo quiero estar contigo.

Sus labios se separaron. Un brillo húmedo inundó sus ojos, y su respiración se volvió superficial.

Al ver cómo se emocionaba por una simple promesa de compañía, una comprensión brutal y dolorosa me golpeó el pecho.

Savannah jamás había sido validada. El imbécil de Phillip no solo la había humillado y anulado, sino que jamás se había dignado a acompañarla en las cosas pequeñas, en sus aficiones o en sus intereses cotidianos.

La había convencido de que sus gustos eran un estorbo, algo que debía hacer sola para no molestar.

Deslicé la mano desde su espalda hasta su nuca, enredando los dedos en su pelo caoba, y tiré de ella suavemente hasta que sus labios rozaron los míos.

—Mañana me vas a enseñar cada uno de esos puestos, preciosa —le prometí en un susurro oscuro y definitivo—. Y nos comeremos esa feria entera. Juntos.

✽✽✽

El aire de finales de octubre en Wildwater Falls cortaba como el cristal, pero, en un giro inusual para el otoño en la montaña, un sol resplandeciente bañaba la plaza empedrada del pueblo.

La feria de artesanía anual había transformado el centro en un laberinto de toldos blancos, guirnaldas de luces y un murmullo constante que se mezclaba con el olor a leña y a azúcar tostado.

Caminábamos de la mano. Y, para mi absoluta fascinación, Savannah estaba en su elemento.

Llevaba un abrigo de lana color verde oscuro, una bufanda granate que le enmarcaba el rostro y paseaba por entre los puestos con una desenvoltura radiante.

Conocía cada parada. Cada pocos pasos, se detenía a saludar por su nombre a los artesanos locales, informándome en voz baja, de quiénes eran y qué tipo de técnica empleaban, desde la mujer que tejía mantas de alpaca hasta el alfarero que horneaba cerámica esmaltada.

Vera así, relajada y feliz, era todo un espectáculo.

—Ven, tienes que ver esto —murmuró, tirando suavemente de mis dedos para guiarme hacia un toldo en el extremo norte de la plaza.

El mostrador estaba repleto de piezas de madera maciza talladas a mano.

Al otro lado, un chico muy joven, que apenas rozaría la veintena y llevaba un delantal de lona encerada, estaba organizando unos cuencos.

Al escuchar la voz cálida de Savannah saludándolo, el chico levantó la vista y se quedó congelado.

Un rubor violento, casi instantáneo, le subió desde el cuello hasta la raíz del pelo.

—Es un artista increíble con la madera —me susurró ella al oído, acercándose para admirar el género—. Hace de todo, pero mis piezas favoritas son los utensilios de cocina. Tablas de cortar, ensaladeras... Tienen un acabado perfecto.

Clavé la mirada en el joven artesano. El chico observaba a Savannah con los ojos muy abiertos y una intensidad torpe que delataba un enamoramiento de manual. Savannah, en su infinita inocencia, era completamente ajena a la fascinación que despertaba.

Pero yo no.

«Ya, amigo. Sé lo que sientes a la perfección»

Sentí una extraña oleada de camaradería. Me apoyé en el mostrador de madera y le esbocé al chico una sonrisa abierta y sincera. Una sonrisa de hombre a hombre que le transmitía que comprendía perfectamente por qué estaba fascinado con ella. ¿Cómo no iba a estarlo?

El joven enrojeció aún más ante mi escrutinio silencioso, tragó saliva y, en un intento torpe de recuperar la compostura, se dirigió a Savannah.

—He... he tallado unas nuevas tablas para servir aperitivos esta semana, Savannah. Son de madera de olivo. Pensé que quizá te gustarían.

Sacó tres piezas alargadas y asimétricas de debajo del mostrador, mostrando las vetas oscuras y pulidas de la madera. A Savannah se le iluminaron los ojos. Las acarició con las yemas de los dedos, admirando el peso y el acabado.

—Son preciosas... —murmuró, mordiéndose el labio inferior, alternando la mirada entre las tres—. Son verdaderas obras de arte, pero no sé con cuál quedarme.

—¿Por qué no te llevas las tres? —sugerí, apoyando una mano en su cintura.

Ella soltó una risita nerviosa y negó con la cabeza, bajando la voz.

—Ya me gustaría, cariño. Pero el olivo artesanal es caro. Se me sale completamente de presupuesto llevarme más de una.

—Entonces escoge tu favorita para la cabaña —dictaminé, sacando la cartera del bolsillo interior de mi chaqueta—. Porque yo me voy a llevar las otras dos para mi piso.

Savannah se giró hacia mí, quedándose literalmente con la boca abierta. Sus ojos avellana buscaron los míos.

—Ian... tú no necesitas tablas de aperitivos —susurró, atónita.

—No discutas, Savannah —le respondí, con un tono falsamente severo mientras le entregaba mi tarjeta de crédito al joven artesano, que nos miraba fascinado—. Acabo de descubrir que me apasionan profundamente las tablas de madera de olivo para servir quesos. Son un artículo de primera necesidad.

La incredulidad de Savannah duró un segundo más antes de echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada abierta, sonora y vibrante.

Sabía perfectamente que le estaba mintiendo de forma descarada, que mi piso de soltero jamás había visto una tabla de quesos.

A mí lo único que me importaba era la sonrisa que le cruzaba la cara en ese instante.

Cuando el chico empaquetó las tres piezas en papel de estraza y me entregó la bolsa, nos giramos para reanudar el paseo.

—Si estás dispuesto a seguir consintiéndome, el puesto de la esquina hace el mejor chocolate caliente del condado —ofreció Savannah, con los ojos brillando de picardía mientras se pegaba a mi costado.

—Guíame —concedí.

Nos detuvimos ante el carrito humeante. La mujer que servía las bebidas nos miró extrañada después de hacer nuestro pedido.

Mientras Savannah, con su imagen dulce, pedía un chocolate negro, denso y profundamente amargo, yo ordené un tazón enorme de chocolate caliente con leche coronado por un puñado de nubes de azúcar que empezaron a derretirse de inmediato; un vicio infantil al que era incapaz de resistirme cuando el frío apretaba.

Savannah me miró de reojo, dando un sorbo a su bebida oscura, con una sonrisa ladeada al ver cómo una nube de azúcar se deshacía en mi taza.

—El gran y duro bombero de rescate tiene debilidades.

—Incontables —murmuré, entrelazando mis dedos con los suyos de nuevo, sintiendo la calidez de su palma contra la mía.

Reanudamos nuestro paseo dejando que el murmullo de la feria nos envolviera. Doblamos la esquina hacia la zona de repostería, guiados por el aroma a mantequilla y hojaldre recién horneado.

Y entonces, todo nuestro buen humor se fue por el desagüe.

En el centro del pasillo, detrás del mostrador más grande y ornamentado de la feria local de panadería, estaba Phillip.

Vestido con su impecable uniforme blanco de chef, vendiendo sus creaciones dulces y saladas con esa sonrisa de plástico diseñada para encantar a las masas, alzó la vista.

Sus ojos se clavaron directamente en la mano que Savannah y yo manteníamos entrelazada.