Ridge (Wildwater Falls 3) DIECINUEVE
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DIECINUEVE

Ian

E l mes de octubre había llegado con fuerza, envolviendo el pueblo en un frío cortante y en una cortina de lluvia incesante que repiqueteaba contra los cristales.

Tras catorce horas de turno y un rescate que había puesto a prueba cada fibra de mi cuerpo, mi único objetivo era cruzar la puerta de mi piso y buscar el silencio.

Introduje la llave en la cerradura y empujé la madera. Al instante, el aroma a especias, a carne asada y a hogar me golpeó el rostro, desarmando mis defensas.

Dejé caer las llaves en el cuenco de la entrada y me detuve en el umbral del salón, completamente paralizado.

Allí estaba ella. Savannah había terminado su turno en urgencias antes que yo y se había colado en mi casa.

Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado, un jersey de lana gris que le quedaba grande y uno de mis delantales atado a la cintura.

Estaba de espaldas, frente a los fogones de la cocina abierta, removiendo algo en una sartén.

Savannah se giró al escuchar mis botas contra el suelo de madera. Su sonrisa inicial, radiante y expectante, se marchitó al ver mi inmovilidad. La inseguridad oscureció sus ojos avellana.

—Ian... yo... —balbuceó, encogiéndose de hombros, interpretando mi silencio como un rechazo—. Quería prepararte algo por tu regreso. Quizá me he sobrepasado invadiendo tu piso sin avisar. Si quieres, recojo esto y me marcho...

Un instinto primario rugió en mis oídos. No iba a permitir que esa maldita voz en su cabeza volviera a hacerla sentir pequeña.

—Detente.

La palabra salió de mi garganta como un látigo bajo, oscuro y carente de inflexión. Savannah se quedó congelada, con los ojos muy abiertos. Cerré la puerta a mis espaldas, me quité la chaqueta húmeda y avancé hacia ella con pasos de depredador.

—Suelta la espátula —le ordené, deteniéndome al otro lado de la isla de la cocina—. Apaga los fogones. Y quítate ese delantal. Ahora mismo, Savannah.

Su respiración se atascó. La confusión bailó en su mirada durante un microsegundo antes de obedecer. Dejó la espátula sobre la encimera, giró la ruleta del gas y se desató el nudo de la espalda, dejando caer el delantal sobre un taburete.

—Bien —susurré, saboreando su confianza en mí—. Ahora, quítate el jersey. Muy lentamente.

Me apoyé contra el mármol, cruzando los brazos, y la devoré con la mirada mientras ella cruzaba los brazos sobre el dobladillo de la lana gris y tiraba hacia arriba.

Al sacarse la prenda por la cabeza, el rubor ya le teñía el cuello y el escote, delatando que era la excitación la que dominaba sus movimientos, no el miedo o la inseguridad.

El jersey cayó al suelo. Mi pulso dio un latigazo salvaje.

Llevaba un sujetador verde bosque. El encaje era intrincado, pero la tela de las copas poseía unas transparencias que dejaban entrever a la perfección el contorno oscuro y endurecido de sus pezones.

—Verde bosque —mascullé, sintiendo cómo mi erección se abría paso contra la tela de mis vaqueros de forma dolorosa y urgente—. Definitivamente, este es mi puto favorito.

Savannah dejó escapar un jadeo corto. Sus labios se separaron, hinchados por la anticipación.

—Gírate —le indiqué —. Date la vuelta y quítate los vaqueros.

Ella tragó saliva, pero acató la orden sin dudar.

Se giró, dándome la espalda. Observar cómo sus manos temblorosas desabrochaban el botón metálico, bajaban la cremallera y deslizaban la tela vaquera por la curva pronunciada de sus nalgas y sus muslos, fue una tortura deliciosa.

Su piel estaba encendida. Me relamí los labios, sintiendo la boca seca al anticipar el sabor salado de su cuello, obligándome a mantener las manos a los costados para no saltar sobre ella como un animal.

Cuando se quedó únicamente en aquel conjunto de ropa interior verde bosque, con los vaqueros tirados a un lado, le di la siguiente instrucción.

—Vuelve a girarte. Y acércate a mí.

Savannah obedeció. Avanzó con pasos vacilantes y se detuvo a menos de un metro de distancia.

—Más cerca —exigí. Dio medio paso más. —Aún más cerca, preciosa. Hasta que me toques.

El aire en la cocina se volvió asfixiante. Savannah acortó la distancia final hasta que sus pechos rozaron la franela de mi camisa. Su calor irradió contra mi torso. Estaba temblando.

Me incliné sobre ella. Apoyé mis manos en sus caderas y rocé su nariz con la mía.

—No vuelvas a atreverte a dudar de tu derecho a estar aquí, Savannah —le susurré directamente contra los labios —. Tienes derecho a estar en este piso. Y tienes derecho a estar en mi vida. Todo esto te pertenece.

Un rubor furioso le encendió las mejillas. Sus ojos avellana se cristalizaron por la emoción, pero antes de que pudiera responder, deslicé mis manos desde sus caderas hasta el cierre de mi cinturón.

—Desabróchame el pantalón y sácalo —le ordené en un murmullo ronco—. Hazte cargo de lo que acabas de provocar.

Mi plan era deleitarme con ella de forma tortuosa y lenta.

Quería saborear cada centímetro de su piel en la cama.

Pero en el instante exacto en que los dedos fríos de Savannah tocaron la tela de mi ropa interior, la apartaron y su mano suave se cerró alrededor de mi erección desnuda, mi cordura saltó en pedazos.

Un gruñido primitivo me rasgó la garganta. El control se esfumó.

La agarré por las nalgas con ambas manos.

La hice girar en el aire con una brusquedad controlada y la deposité frente a la isla de la cocina, obligándola a apoyar las palmas sobre la encimera.

Tiré de la tira de encaje de sus bragas, apartándola hacia un lado hasta tensarla, dejando su sexo completamente expuesto.

—Abre más las piernas —le susurré al oído, pegando mi pecho a su espalda, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Y pon el culo en pompa. Así.

Savannah gimió, arqueando la zona lumbar y ofreciéndose a mí.

Introduje un dedo en su centro para comprobarla y la encontré empapada, resbaladiza y latiendo de pura necesidad.

El contacto casi me hace perder la cabeza allí mismo.

A toda prisa, con las manos torpes por la urgencia, me coloqué un preservativo.

Alineé mis caderas con las suyas, sin poder resistirme ni una fracción de segundo más, la penetré con una sola estocada profunda y brutal.

Savannah gritó mi nombre, un sonido agudo que rebotó en los azulejos de la cocina.

Empecé a moverme al instante. Ya no había lentitud ni tortura; la tomé de forma dura, rápida y animal, golpeando mi pelvis contra sus nalgas en un ritmo frenético y descontrolado.

Ella se aferró al borde de la encimera, empujándose hacia atrás para recibir cada embestida, respondiendo a mi furia con la suya propia.

La fricción era abrasadora. No tardamos más de un par de minutos en llegar al límite.

Sentí cómo las paredes de Savannah se contraían alrededor de mi longitud en una sucesión de espasmos violentos que la hicieron sollozar de placer.

Su orgasmo desencadenó el mío de inmediato.

Me vacié en su interior con un rugido, apretando mi cuerpo contra su espalda, ciego por la explosión física.

Nos quedamos allí, jadeando en la cocina, unidos, mientras el sonido de la lluvia en los cristales volvía a hacerse presente. Pegado a ella, hundí el rostro en la curva de su cuello, respirando su aroma mezclado con el sexo.

—Cristo bendito... —le susurré al oído, con la voz rota y carente de aliento—. Ha sido la mejor bienvenida de toda mi maldita vida.

El pecho de Savannah se agitó. Un segundo después rompió en una carcajada rebosante de pura felicidad que reverberó en mi pecho. Escuchar ese sonido, saber que yo era el artífice de su alegría después de la oscuridad que había soportado, me llenó de una plenitud indestructible.

✽✽✽

Estábamos tumbados en la penumbra. Tenía el brazo izquierdo doblado bajo mi cabeza, apoyado en la almohada, mientras Savannah descansaba acurrucada contra mi costado derecho.

Su respiración acompasada me acariciaba el pectoral, y el peso de mi mano libre reposaba con firmeza sobre la curva desnuda de su nalga.

Me quedé mirando el techo, sintiendo que necesitaba sincerarme con alguien.

—A lo largo de este último mes y medio...

he tenido mis momentos oscuros —confesé en voz baja, rompiendo la quietud de la habitación con una vulnerabilidad que jamás le habría mostrado a nadie más—.

He dudado. Las semanas de baja, la clavícula inmovilizada...

me hicieron cuestionarme si volvería a estar a la altura.

El cuerpo de Savannah se tensó levemente contra el mío, escuchando con atención.

—Hoy era el día clave —continué, con la voz un tono más ronca—.

Mi regreso oficial al Alfa Uno. Y cuando Clover nos dio el aviso, por un momento, temí cagarla.

El desprendimiento en Riverbend Road no ha sido el rescate más técnico ni el más complicado de mi carrera, pero en cuanto me asomé a ese amasijo de hierros y vi que había un niño implicado...

supe que no podía fallar. Que un solo error de cálculo por mi parte y ese crío se quedaba sin madre, o sin vida.

Savannah levantó el rostro de mi pecho. En la oscuridad, apenas iluminada por la luz de las farolas que se filtraba a través de la ventana, vi el brillo feroz de la convicción en sus ojos avellana. Rodeó mi torso con su brazo, dándome un apretón firme y anclándome a ella.

—Lo has hecho mejor que bien, cariño —dictaminó, con una seguridad aplastante—.

No solo has sacado a dos personas vivas de un coche a punto de caer por un barranco, sino que has conseguido que un niño aterrado y una madre en estado crítico confiaran ciegamente en ti.

Te he visto en urgencias. Eres brillante en lo que haces, no vuelvas a dudar de eso.

Agradecí sus palabras en silencio, tragando el nudo de gratitud que se me había formado en la garganta, y deposité un beso largo en su frente, atrayéndola aún más contra mí.

—Me has llamado cariño —ella se quedó paralizada —. Me gusta. No pares de hacerlo.

—De acuerdo —susurró bajito, derritiéndose contra mi costado.