DIECIOCHO #3
Noah asintió y desvió la camilla hacia el habitáculo contiguo, mientras yo empujaba a la madre hacia el box principal de críticos.
Savannah y Georgia me flanquearon de inmediato.
Entre los tres, transferimos a la paciente desde nuestra camilla de rescate a la cama articulada del hospital con un movimiento fluido y sincronizado, asegurando el bloque cervical.
—Mujer, treinta y dos años. Traumatismo torácico cerrado por aplastamiento tras el impacto de un tronco contra el pilar B del vehículo —recité, dando un paso atrás para dejar espacio a Georgia—. Constantes vitales inestables. Saturación de oxígeno cayendo.
La mujer, que había estado sumida en una semiinconsciencia durante el vuelo, comenzó a revolverse contra las sujeciones al sentir el cambio de entorno. El terror le desorbitó los ojos. Sus manos manchadas de lodo buscaron el aire a ciegas, intentando arrancarse el collarín.
—¡Mi hijo! ¡Dónde está mi niño! —empezó a gritar, con la respiración convertida en silbidos agónicos. El monitor de constantes vitales estalló en un pitido de alarma estridente.
—Señora, por favor, no se mueva, tiene fracturas costales —intentó calmarla Georgia, sujetándole los hombros contra el colchón con firmeza.
Savannah se colocó al otro lado de la cama, atrapando las manos de la paciente para evitar que se hiciera daño, y levantó la vista hacia mí.
—Ian, necesita escucharte a ti —me pidió, con la voz serena pero urgente—. Tú eres quien la sacó del barranco.
Di un paso al frente de inmediato, invadiendo su campo visual, y me incliné sobre la barandilla de acero de la cama hasta que mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Apoyé mis manos, aún enfundadas en los guantes de rescate, sobre las de Savannah.
—Míreme. Míreme a los ojos —le ordené —. Su hijo está perfectamente. Ni un rasguño. Está en la habitación de al lado con mi compañero Noah, contándole una historia sobre helicópteros. Yo mismo lo saqué del coche. Le doy mi palabra de que está a salvo.
La contundencia de mi voz y la promesa inquebrantable en mis palabras cortaron su pánico de raíz. La mujer parpadeó, enfocando mi uniforme rojo y el casco que aún colgaba de mi cadera. Suspiró temblorosa, asintiendo lentamente.
Con la paciente colaborando, Georgia colocó el fonendoscopio sobre el pecho de la mujer. Su ceño se frunció en una línea de concentración absoluta.
—Las costillas fracturadas, con el desplazamiento del golpe, han perforado la pleura. Es un neumotórax traumático. El aire se está escapando hacia la cavidad torácica y está colapsando el pulmón.
Savannah no perdió ni medio segundo.
—¿Preparo material para intervención menor? —preguntó, dirigiéndose ya hacia el carro de paradas.
—Sí. Bandeja de toracostomía estéril, tubo de tórax del veintiocho y sistema de drenaje con sello de agua —ordenó Georgia, poniéndose unos guantes quirúrgicos—.
Vamos a descomprimir ese pulmón aquí mismo antes de que haga un neumotórax a tensión y le provoque una parada cardiaca.
Savannah, avisa por radio a Hannah en la azotea para que el equipo de trauma quirúrgico se mantenga en preaviso por si la hemorragia pleural es masiva.
Me aparté hacia la pared de cristal del box, cruzándome de brazos, y me dediqué a observar la coreografía impecable que se desarrollaba ante mí.
Savannah se movía con una eficiencia hipnótica.
Preparó el campo estéril, inyectó el anestésico local con una precisión milimétrica y conectó el sistema de succión mientras Georgia realizaba la incisión intercostal para introducir el tubo de drenaje.
No había titubeos. No había rastro de la chica insegura a la que su madre intentaba machacar.
Allí, rodeada de monitores y decisiones de vida o muerte, Savannah era una fuerza de la naturaleza.
Fascinante. Poderosa. Absolutamente brillante.
Cuando el tubo quedó fijado y el monitor mostró cómo la saturación de oxígeno de la paciente volvía a subir a niveles seguros, la tensión en el box se disipó.
Los pacientes estaban estabilizados y fuera de peligro.
Georgia le dio unas palmaditas en el hombro a Savannah y salió hacia el box dos para evaluar al niño junto a Noah.
Nos quedamos solos en el habitáculo, separados únicamente por la cama de la paciente que ahora descansaba sedada.
Savannah se quitó los guantes manchados, los desechó en el contenedor rojo y se pasó el dorso del antebrazo por la frente.
Entonces, levantó la vista. Su mirada avellana recorrió mi mono de vuelo, la suciedad del lodo en mis botas y la postura erguida de mis hombros, deteniéndose finalmente en mis ojos.
Una sonrisa lenta, cargada de un orgullo infinito y una complicidad que me quemó las entrañas, iluminó sus facciones.
—Buen trabajo, bombero —me dijo en voz baja, con un tono cálido que era solo para mí—. Bienvenido de vuelta.
La coraza de estoicismo que me imponía durante los rescates se hizo pedazos.
Dejé de lado la reserva, descrucé los brazos y me permití esbozar una sonrisa amplia, genuina y desarmada.
Una sonrisa que le confirmaba, sin necesidad de usar una sola palabra, que no había ningún otro lugar en el maldito mundo al que deseara regresar más que a ella.