DIECIOCHO #2
—El niño está asustado, pero no hay signos de compromiso espinal grave ni hemorragias activas —le informé, trazando el plan de extracción en mi cabeza —.
El coche no aguantará mucho más. Vamos a evacuarlo directamente con la sillita de retención infantil para no perder tiempo inmovilizando y preservar la alineación de su columna.
Tú te lo llevas arriba primero. Yo me quedo con la madre y la preparo para el segundo izado.
Noah asintió, sin cuestionar la orden. Cortó los cinturones de seguridad del vehículo, aseguró la sillita a su propio arnés de rescate mediante un sistema de eslingas y dio la señal de ascenso. El cable de acero se tensó y ambos desaparecieron hacia el cielo gris, engullidos por el Alfa Uno.
Me quedé a solas con la conductora y el sonido aterrador de las raíces crujiendo bajo nosotros. Era el momento de la verdad; la prueba de fuego para mi clavícula.
Me deslicé hacia la parte delantera. El pino muerto que había atravesado el parabrisas ejercía presión sobre el pecho de la mujer, atrapándola contra el asiento. Estaba lúcida, respirando con jadeos cortos y dolorosos.
—Tranquila. Su hijo ya está a salvo en el helicóptero —le aseguré, manteniendo un tono de voz bajo, grave y carente de pánico para anclarla a la realidad—. Voy a sacarla de aquí, pero necesito que no se mueva.
Activé las cizallas hidráulicas autónomas.
Apreté los dientes y ejercí toda la fuerza de mi tren superior, seccionando las ramas más gruesas y cortando el pilar B del vehículo para liberar la presión sobre el habitáculo.
El hombro derecho soportó la vibración y el peso de la maquinaria pesada sin un solo temblor.
Con el espacio despejado, procedí a estabilizarla.
Le coloqué el collarín cervical con movimientos precisos.
Palpé su tórax, detectando la crepitación inconfundible de varias costillas fracturadas, pero no había deformidades severas en las extremidades.
Deslicé el tablero espinal bajo su espalda, la aseguré con las cinchas de araña y enganché el mosquetón principal de la camilla a mi propio arnés.
El vehículo resbaló medio metro por el fango, emitiendo un chirrido de metal desgarrado. Se acababa el tiempo.
—¡Caleb, arriba! ¡Tira de nosotros ya! —bramé por la radio.
El tirón del cabrestante nos arrancó del amasijo de hierros justo en el instante en que el coche cedía por completo, precipitándose hacia el fondo del barranco en una avalancha de lodo y cristales.
Quedamos suspendidos en el vacío. El peso combinado de mi cuerpo, el de la paciente y la camilla recayó directamente sobre mi arnés y mis hombros.
Cerré los ojos una fracción de segundo, evaluando la resistencia de mi clavícula bajo la fuerza de la gravedad y las ráfagas de viento. Impecable.
Noah me ayudó a introducir la camilla en la cabina y cerró la compuerta.
—¡Pacientes a bordo! Los dos estabilizados —reporté, quitándome el mosquetón—. Pon rumbo al hospital, Caleb.
El Alfa Uno viró con agresividad, ganando altura y velocidad en un vector directo hacia Wildwater Falls.
Me arrodillé junto a la camilla de la madre, comprobando sus constantes en el monitor portátil mientras Noah atendía al niño.
La mujer, pálida y cubierta de polvo, buscó mi mano a tientas. La agarré con firmeza.
—Gracias... —susurró, con la voz rota por el esfuerzo de respirar, mirándome con los ojos anegados en lágrimas—. Gracias por salvar a mi niño.
—Es nuestro trabajo, señora. Va a ponerse bien —le respondí, asintiendo con humildad, ofreciéndole un apretón reconfortante.
Aunque mi expresión permaneció estoica bajo la visera del casco, una oleada de satisfacción pura y profesional me recorrió las entrañas.
Habíamos ejecutado un rescate límite, impecable, demostrando la maquinaria de precisión que era este equipo.
— Base a Alfa Uno —la voz de Clover interrumpió el canal abierto—. El equipo médico del hospital está alertado. Sin embargo, tenemos un cambio de protocolo. Beta Dos acaba de evacuar a dos heridos en estado crítico por aplastamiento desde la carretera. Necesitan acceso inmediato al quirófano.
Caleb ajustó los diales de la consola de vuelo sin dudar.
— Copiado, Base. Desviamos nuestra aproximación. Dejamos la helisuperficie de la cubierta superior libre para el Beta Dos y su equipo de trauma. Nosotros tomaremos tierra en el helipuerto de tierra para entrar directamente por la zona de urgencias.
— Entendido, Alfa Uno. Urgencias está despejada para recibirlos.
Apenas dos minutos después, el asfalto mojado del complejo hospitalario apareció bajo nosotros. Caleb estabilizó el aparato y ejecutó un aterrizaje perfecto, suave como la seda a pesar de las rachas de viento cruzado, posando los patines sobre la H pintada en el helipuerto de tierra.
Noah y yo nos pusimos en pie de inmediato, desanclando las camillas y abriendo las puertas de la cabina, listos para hacer la transferencia.
Pasamos del frío cortante y húmedo a la iluminación aséptica y cegadora del hospital, empujando las camillas por el pasillo a paso ligero.
El protocolo de incidentes con múltiples víctimas estaba activado.
Mientras el equipo principal de trauma esperaba en la azotea a los críticos del Beta Dos, Georgia y Savannah habían tomado el control de la planta baja.
Mi chica estaba de pie frente al control central, con la tableta de triaje en una mano y una calma letal que contrastaba con el frenesí a su alrededor.
Repartía instrucciones con gestos precisos y voz firme.
Al vernos cruzar el umbral, sus ojos avellana escanearon rápidamente las camillas.
—¡Box uno para la mujer, box dos para el menor! —ordenó Savannah, avanzando hacia nosotros a zancadas amplias—. ¿Estado de los pacientes?
—Niño de siete años, estable y sin lesiones aparentes. La silla de seguridad ha absorbido el impacto —reportó Noah, empujando la camilla donde el pequeño seguía atado a su asiento, aferrándose al mono de vuelo de nuestro paramédico con los nudillos blancos—. Pero está aterrado. No me suelta.
Savannah se asomó a la camilla, le dedicó al niño una sonrisa dulce pero rápida, y evaluó sus pupilas con una linterna ocular.
—Triaje verde. Noah, quédate con él en el box dos. Sois sus salvadores, ahora mismo representas su única fuente de seguridad en medio de este infierno. No te separes de él hasta que se calme.