Ridge (Wildwater Falls 3) DIECIOCHO
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DIECIOCHO

Ian

E l chasquido metálico de la cremallera al subir por el tejido ignífugo del mono de rescate me sonó a pura gloria. Ajusté el velcro del cuello y rodé la articulación del hombro derecho en un movimiento circular amplio y deliberado. Ni un solo crujido. Ni un solo pinchazo.

Habían pasado tres semanas exactas, y por fin estaba de vuelta.

La puerta del vestuario se abrió, dejando entrar el estruendo amortiguado del hangar y el olor inconfundible a queroseno. Noah y Caleb cruzaron el umbral con el uniforme ya puesto y unas sonrisas que delataban el alivio de recuperar la normalidad.

—Mírate —celebró Noah, apoyándose en las taquillas y dándome un leve golpe en el hombro sano—. Has vuelto a enfundarte el traje. Ya era hora, Collins. Parrish nos estaba volviendo locos.

Caleb no sonrió de inmediato. Cruzó los brazos sobre el pecho y me escrutó con la mirada analítica y severa del piloto que tiene que confiar a ciegas en la estabilidad de su equipo.

—¿Estás al cien por cien, Ian? No quiero heroísmos. Si ese hombro falla a cincuenta metros del suelo, nos caemos todos.

Sostuve su mirada con absoluta firmeza.

—Al cien por cien, Caleb. Logan me hizo las últimas pruebas de fuerza ayer por la tarde. El callo óseo es una roca. No me habría firmado el alta definitiva si hubiera un uno por ciento de riesgo. El equipo Alfa vuelve a estar completo.

Caleb asintió, satisfecho con la rotundidad de mis palabras, y ambos salieron hacia la sala de briefing para revisar los partes meteorológicos.

Me quedé un momento a solas frente al espejo, ajustándome el arnés pélvico de extracción, y dejé que mi mente viajara a las verdaderas razones de esta recuperación milagrosa.

Las últimas tres semanas habían sido una amalgama de dolor muscular, fisioterapia extenuante y Savannah.

Ella se había convertido en el pilar central de mis días.

En un acto de rendición que me llenaba de un orgullo profundamente posesivo, había empezado a encadenar guardias en el hospital y a aparecer directamente en mi piso a las tantas de la madrugada.

Había noches en las que cruzaba el umbral tan exhausta que ni siquiera podía mantener los ojos abiertos, pero elegía mi cama para desplomarse.

Que me permitiera desnudarla, arroparla y cuidar su descanso era una victoria que saboreaba en silencio.

Las aguas habían estado inusualmente calmadas en el terreno familiar.

Evelyn, al ver que Savannah ya no era un blanco fácil, había bajado la intensidad de sus ataques para centrarse en recuperar su absurda vida social en el pueblo, dándoles a mi chica y a Georgia un respiro.

El plan original de convertirme en su escudo había funcionado.

Durante los últimos tres domingos, Savannah me había acompañado a las cenas familiares en casa de mis padres, sumergiéndose de lleno en el caos ruidoso y auténtico de los Collins, sin descuidar nuestras salidas de los viernes con Hannah, Logan y los demás.

Estábamos viviendo el momento, consumiéndonos el uno al otro cada noche. Y, por ahora, me parecía bien.

Mi único objetivo a corto plazo era que ella olvidara el infierno de manipulación al que la había sometido Phillip.

Sin embargo, no era ciego. Sabía que, bajo su sonrisa, Savannah seguía clasificando lo nuestro como algo temporal.

No me importaba. No tenía ninguna prisa por acorralarla con palabras que pudieran asustarla.

En lugar de decírselo, iba a demostrárselo.

Día a día, acto tras acto, le iba a dejar dolorosamente claro que mi presencia en su vida algo sólido, permanente e inamovible.

Cogí el casco de la balda, salí del vestuario y caminé hacia la sala de material. Al pasar por la puerta del control de comunicaciones, me detuve. Clover Donovan estaba ajustándose los auriculares frente a las pantallas.

—Te voy a echar de menos incordiando en mi consola, Collins —me saludó la pequeña de los Donovan, girándose con esa sonrisa radiante idéntica a la de su hermano Caleb.

Le devolví el gesto, apoyándome en el marco de la puerta.

—Solo estoy a una llamada de radio de distancia, Clover. Y escúchame bien: no dudes de tu instinto en esta sala. Sabes leer las variables de una emergencia mejor que la inmensa mayoría. Confía en ti misma.

Los inmensos ojos turquesa de la chica brillaron con orgullo. Asintió con firmeza y yo me dirigí al almacén técnico. Comencé a revisar metódicamente los mosquetones de acero, la tensión del cable del cabrestante y la batería del desfibrilador portátil.

Justo cuando estaba cerrando el anclaje del botiquín de trauma, el silencio saltó en pedazos.

Tres tonos de alarma, agudos, estridentes y sostenidos perforaron la base.

«¡Código rojo! ¡Múltiples víctimas!»

La voz de Clover retumbó por la megafonía, despojada de cualquier rastro infantil, transformada en pura eficiencia operativa.

«Activación simultánea para Alfa Uno y Beta Dos.

Desprendimiento masivo de tierras por fuertes lluvias en la ladera oeste de Riverbend Road.

La calzada está completamente invadida. Múltiples vehículos sepultados.

Me reportan un coche arrastrado por el flujo de lodo hacia el fondo del barranco.

Dos ocupantes: una mujer y un menor. Beta Dos al control de la calzada.

Alfa Uno, directos al barranco. ¡En marcha! »

La sangre se me heló durante una fracción de segundo antes de que el adiestramiento y la frialdad tomaran el control. Un niño arrastrado por un desprendimiento era una sentencia de muerte contrarreloj.

Eché a correr hacia la pista exterior. Caleb ya estaba en el asiento del Alfa Uno, accionando los interruptores de puesta en marcha.

La turbina aulló y las palas del rotor principal comenzaron a batir el aire denso con un sonido ensordecedor.

Noah y yo saltamos a la cabina trasera, asegurando las puertas y anclando nuestras líneas de vida a los mosquetones del techo.

— ¡Alfa Uno en el aire! —reportó Caleb, levantando la máquina con una suavidad letal y virando agresivamente hacia el noroeste.

El vuelo duró apenas cuatro minutos, pero la tensión en la cabina era un bloque de hielo.

Al acercarnos a Riverbend Road , la magnitud del desastre nos golpeó.

La montaña había escupido toneladas de roca, fango y pinos arrancados de cuajo sobre el asfalto.

El helicóptero Beta Dos ya estaba tomando tierra en una zona limpia de la carretera para asistir a los coches semienterrados.

— Ahí está —anunció Caleb por la red interna, inclinando el morro hacia el abismo—. Doscientos metros por debajo del asfalto. Un coche oscuro. Está encajado contra un tocón muerto.

Me asomé por la compuerta abierta. El viento helado me golpeó el rostro a través de la visera del casco. El vehículo colgaba en un ángulo crítico de cuarenta y cinco grados, sujeto precariamente por unas raíces superficiales que amenazaban con ceder ante el lodo.

—Bajo yo. Prepara el cabrestante, Noah —ordené, enganchando mi arnés al gancho de acero de la grúa—.

Caleb, las corrientes térmicas te van a empujar contra la pared del barranco.

Mantenlo a treinta metros de la vertical.

Si le metes el flujo de aire del rotor directo al coche, lo desestabilizarás y caerá.

— Copiado. Manteniendo estacionario. Estás en mis manos, hermano —respondió nuestro piloto, fijando el aparato en el cielo gris con una maestría absoluta, peleando contra las rachas de viento.

Salí al patín del helicóptero y me dejé caer al vacío. Noah operó la grúa, descendiéndome a una velocidad constante. A medida que me acercaba, el sonido del rotor se mezcló con el crujido de la chapa metálica cediendo bajo el peso de la montaña.

Toqué el fango resbaladizo a escasos dos metros del coche siniestrado. Me solté de la grúa y avancé con pasos calculados, evaluando la estabilidad del terreno. El escenario era una pesadilla.

Me asomé primero a la ventanilla trasera. En su silla de retención infantil, un niño de unos siete años lloraba aterrorizado, aferrado a las correas. Estaba cubierto de barro y pequeños cortes, pero respiraba bien y parecía estable.

—Tranquilo, campeón. Soy Ian, voy a sacarte de aquí —le grité por encima del estruendo, antes de avanzar hacia la parte delantera.

Al mirar a través del parabrisas reventado, apreté la mandíbula.

Un tronco de pino, arrastrado por el desprendimiento, había atravesado el cristal como una lanza, destrozando el salpicadero y atrapando las piernas de la conductora.

La mujer estaba semiconsciente, con el rostro ensangrentado por un traumatismo craneal severo, respirando de forma errática.

Activé el pulsador de mi radio.

—Noah, Caleb, escuchadme bien —transmití por la frecuencia interna con una frialdad matemática—.

Contacto establecido. El menor está estable en la zona trasera, pero la madre está atrapada en el asiento del piloto con intrusión estructural masiva.

Código rojo de trauma. Necesito que bajes con la segunda línea de vida, Noah.

Trae el collarín pediátrico, el inmovilizador espinal y las cizallas hidráulicas.

Vamos a tener que cortar el techo y el pilar B para sacarla sin agravar la lesión de aplastamiento.

Tenemos un margen máximo de diez minutos antes de que la chapa ceda y el coche caiga al fondo del barranco.

El crujido agónico del chasis metálico cediendo bajo el lodo me indicó que el tiempo se nos escurría entre los dedos.

Anclado al lateral del coche, saqué el punzón percutor de mi cinturón táctico y fracturé la ventanilla trasera opuesta al niño, retirando los cristales con un barrido limpio de mi guante de kevlar.

—¡Noah, baja ya! —grité por la radio, metiendo medio cuerpo en el habitáculo para cubrir al menor con una manta térmica.

El zumbido mecánico del cabrestante cortó el viento y, en cuestión de segundos, las botas de nuestro paramédico aterrizaron en el fango a mi lado, cargadas con el equipo pesado. Noah evaluó la escena con la misma rapidez clínica que yo.