DIECISIETE #2
La confesión me encogió el corazón. Que un hombre cuya vida entera pivotaba sobre la adrenalina del rescate aéreo y el Alfa Uno agradeciera haber estado roto solo porque eso le había permitido estar más cerca de mí, me pareció lo más tierno del mundo.
—A mi padre le habría encantado conocerte, Ian —le dije, de pronto.
Ian enarcó una ceja, esbozando una sonrisa irónica y profundamente escéptica.
—Lo dudo muchísimo, preciosa.
—¿Por qué lo dudas? —pregunté, frunciendo el ceño, genuinamente extrañada.
Él soltó una carcajada baja y me pellizcó suavemente la cadera.
—Porque a ningún padre en su sano juicio le haría gracia conocer al hombre que se pasa el día entero pensando única y exclusivamente en ver a su hija desnuda y planeando en cómo meterse entre sus piernas.
Solté una carcajada.
—Idiota —le recriminé sin fuerza, dándole un golpecito en el pecho—. Hablo en serio. Él habría sabido ver quién eres de verdad. Te habría apreciado. Te habría respetado profundamente por cómo cuidas de tu equipo y de tu gente.
Ian no respondió con palabras. Su reacción fue un apretón silencioso, firme y cargado de una gratitud abrumadora.
—Me habría encantado conocerlo a él, Savannah.
Apoyé la barbilla en su esternón, dejando que la nostalgia me bañara sin dolor.
—Los recuerdos que tengo de él son todos buenos, aunque muriera cuando yo solo tenía tres años.
Guardo muchas fotos de nosotros, de él conmigo de bebé, dándome el biberón o cuidándome en el jardín...
Georgia tenía ocho cuando pasó. Ella lo recuerda mejor, y siempre dice que papá era, sencillamente, el mejor hombre del mundo.
Supongo que por eso Evelyn nunca ha estado a la altura de su ausencia.
—Lamento muchísimo que lo perdierais siendo tan pequeñas. Ninguna niña debería tener que crecer sin ese ancla.
Me encogí de hombros ofreciéndole una sonrisa resignada.
—Supongo que fue el precio. A cambio, el universo nos concedió tener a nuestra abuela durante unos años más. Ella fue nuestra verdadera madre.
La mandíbula de Ian se endureció. Deslizó su mano por mi espalda hasta enredar sus dedos en mi cabello, aferrándome a él.
—Eso no es suficiente, Savannah. Te merecías mucho más que sustitutos temporales.
Su mirada verde se clavó en la mía con la intensidad de una promesa inquebrantable. La promesa de un hombre que no estaba acostumbrado a romper sus juramentos.
—Pero escúchame bien. A partir de ahora, tienes a los Collins. Tienes a Hannah, a Caleb, a Noah y a todos los que cruzan las puertas de esa base o de ese hospital. Y los tendrás de tu lado, pase lo que sea pase, hasta el final. No vas a volver a estar sola. Jamás.
Observé cómo los párpados de Ian empezaban a pesar, vencidos por el agotamiento. Su respiración se volvió profunda y rítmica, perdiéndose en el sueño, sin aflojar ni un milímetro el agarre de su brazo sobre mi cuerpo.
Me quedé despierta un rato más, escuchando el golpeteo de la lluvia contra los cristales, acurrucada contra su calor. Pensando que quizá era esto lo que se sentía al tener un hogar. Aunque fuera temporal.
✽✽✽
Mientras introducía la llave en la cerradura de mi taquilla metálica, me sorprendí a mí misma tarareando por lo bajo, con una sonrisa inmensa e incorregible curvándome los labios.
Me quité el abrigo, lo colgué en la percha y cerré los ojos un segundo, dejando que mi mente viajara de vuelta a la calidez del piso de Ian.
Me había despertado con las primeras luces del alba, envuelta en unas sábanas oscuras que olían a él, y con la cama vacía a mi lado.
Al salir al pasillo, arrastrando los pies sobre la madera, lo encontré en el salón.
Ian, implacable con su propia disciplina, ya estaba en pie.
Vestido únicamente con unos pantalones de chándal grises que colgaban bajos en su cadera, estaba ejecutando su tabla de ejercicios para la rehabilitación de su clavícula.
Yo me había dirigido a la cocina en silencio.
Enfundada únicamente en una camiseta vieja y enorme de algodón que había sacado de mi bolso para usarla de pijama, y que me quedaba tan grande que me resbalaba por un hombro y apenas me cubría la mitad de los muslos, preparé una cafetera.
Con la taza humeante entre las manos, me acurruqué en una esquina del sofá, subiendo las rodillas al pecho, y me dediqué, simple y llanamente, a observarlo.
Su musculatura tensándose y relajándose con cada movimiento era hipnótica, pero lo verdaderamente embriagador era que Ian no había dejado de mirarme.
Mientras completaba sus series, sus ojos verdes permanecieron anclados en mí, con una posesividad hambrienta que hizo que el café me quemara en la garganta.
Al terminar su última repetición, exhaló un suspiro ronco, dejó caer los brazos y acortó la distancia entre nosotros con pasos de depredador.
Sin mediar palabra, me arrebató la taza de las manos, la dejó sobre la mesa de centro y se inclinó sobre mí.
Me acorraló contra los cojines y capturó mis labios en un beso profundo, abrasador y posesivo, dándome los buenos días con una exigencia que me derritió la columna vertebral al instante.
—Necesito una ducha —había gruñido contra mi boca, con la respiración entrecortada y la voz vibrando de autoridad—. Y tú vienes conmigo.
No me dio opción a réplica. Me levantó, arrastrándome con él al cuarto de baño.
Lo que había sucedido bajo el chorro de agua caliente, entre el vapor espeso, los azulejos empañados y la piel resbaladiza por el jabón, había culminado en múltiples orgasmos, dejándome las extremidades temblando y el alma completamente reseteada.
El golpe metálico de una puerta cerrándose a mis espaldas me arrancó de la ensoñación de golpe.
Parpadeé, aterrizando de nuevo en el vestuario, y me encontré con Georgia apoyada contra los bancos de madera. Llevaba ya su bata blanca impecable y sostenía un vaso de café en la mano.
—Estás demasiado sonriente y radiante para ser alguien que se ha levantado a las seis de la mañana en un día de lluvia, hermanita —dictaminó Georgia, arqueando una ceja perfecta y mirándome con perspicacia.
Solté una carcajada limpia, incapaz de fingir o de ocultar el rubor que me había subido a las mejillas. Me giré hacia ella, alisando la tela azul de mi pijama sanitario.
—Lo estoy, Gia. Estoy inmensamente feliz.
Mi hermana dio un sorbo a su café, y una sonrisilla pícara, cargada de complicidad, asomó a sus labios.
—A juzgar por esa cara de haber dormido entre nubes, deduzco que ha sido una buena noche, ¿verdad?
Me mordí el labio inferior, recordando la contundencia de las embestidas de Ian contra el cabecero de madera y las manos jabonosas de Ian recorriendo mi cuerpo esa misma mañana.
—Ha sido una noche espectacular —admití, con la voz un tono más baja.
Georgia soltó un silbido de admiración, bajo y prolongado, que resonó en los azulejos del vestuario.
—Bueno, jamás dudé de las habilidades de Ian Collins en situaciones de alta presión, pero me alegra confirmar que su talento destaca en todos los terrenos.
No quise ser explícita, porque mi intimidad con Ian era algo que quería preservar. Manteniendo el contacto visual con Georgia, levanté mi mano derecha y, con total naturalidad, desplegué cuatro dedos.
Los ojos de mi hermana se abrieron de par en par. La sorpresa dio paso a una carcajada abierta, vibrante y llena de puro deleite, que me contagió de inmediato.
Mientras me ataba el pelo en una coleta tirante y me colgaba el fonendoscopio al cuello, una sensación de paz desconocida se instaló en mi pecho.
Por primera vez, el miedo al futuro no me paralizaba.
Fuera lo que fuera lo que nos deparara a Ian y a mí el destino, había tomado una decisión inquebrantable de que iba a vivir el presente.
Iba a exprimir cada segundo, cada mirada y cada caricia.
Justo en ese instante, el altavoz del vestuario cobró vida con un chasquido eléctrico, seguido por el triple tono agudo y estridente del busca de urgencias.
«Atención, equipo de trauma. Ambulancia entrante. Código tres. Accidente de tráfico múltiple en la carretera interestatal. Tiempo estimado de llegada: cuatro minutos. Preparen boxes de críticos uno y dos».
Georgia aplastó su vaso de café vacío en la papelera y me miró, con los ojos avellana transformados en los de la implacable médico de urgencias que era.
—Se acabó el recreo, Sav. Manos a la obra.
Asentí con firmeza. Cerré la taquilla de un golpe seco, dejando atrás mis recuerdos, y eché a correr por el pasillo hacia las puertas dobles de la sala de emergencias.
Me disponía a meterme de lleno en el caos, la sangre y el dolor ajeno, pero, por mucho que la gravedad de la situación lo exigiera, la sonrisa cálida que Ian había grabado en mi alma resultaba completamente imposible de borrar.