Ridge (Wildwater Falls 3) DIECISIETE
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DIECISIETE

Savannah

F lotaba en una amalgama de laxitud y asombro, con las terminaciones nerviosas aún vibrando por la onda expansiva del clímax más devastador y perfecto de mi existencia.

Ian seguía cerniéndose sobre mí. No podía tener suficiente de él.

Aquella voracidad contenida que desprendía actuaba como un imán hacia mi propia necesidad de ser reclamada.

Alcé la mano izquierda y delineé la firmeza de su pecho.

Me maravillaba su cuerpo, esa combinación de músculo denso y piel suave.

Sin embargo, lo verdaderamente imponente estaba debajo de todo eso.

Era su generosidad, su nobleza y una lealtad feroz.

Ian era una roca, el ancla de todo su entorno: el equipo Alfa, su familia, sus amigos.

Era ese tipo de hombre que sabías, con una certeza absoluta, que jamás te fallaría, que se interpondría entre el peligro y los suyos sin importar el coste.

Mis dedos ascendieron con lentitud hasta posarse sobre su clavícula derecha, trazando con delicadeza la sutil irregularidad donde el hueso acababa de consolidarse.

Ian no se movió; me contemplaba desde arriba, serio, con una fijeza que me cortaba la respiración.

Centré mi mirada en la suya, perdiéndome en el verde claro de sus iris.

Había pasión allí, una necesidad cruda y un deseo abrasador, pero debajo de esas capas latía algo más.

Algo poderoso y magnético que no fui capaz de identificar, una intensidad tan profunda que me erizó el vello de los brazos.

Rompiendo el hechizo, Ian se arrodilló sobre el colchón, encajándose con precisión entre mis piernas abiertas.

Se inclinó hacia la mesilla de noche y extrajo un pequeño envoltorio.

Con una parsimonia deliberada lo rasgó y deslizó el preservativo sobre su erección.

Era imponente, larga, gruesa y tensa. Lo seguí con la mirada, fascinada; era la estampa más perturbadoramente sexy que mis ojos hubieran presenciado jamás en un hombre.

Ian volvió a clavar sus ojos en los míos.

Apoyó sus manos debajo de mis nalgas, elevando sutilmente mis caderas para acomodarlas sobre la firmeza de sus muslos en el ángulo perfecto.

Y entonces, me penetró. Fue una invasión lenta, una presión que estiró mis paredes y me arrancó un gemido que murió en mi garganta.

Abrumada por la oleada inmediata de placer, arqueé la espalda y cerré los ojos.

—Abre los ojos, Savannah.

La orden fue un latigazo ronco que no admitía réplica.

—Mírame. No apartes la vista de la mía ni un solo segundo.

Obedecí al instante, obligando a mis párpados a levantarse, anclándome a su mirada.

Intenté moverme, balancear mis caderas para mitigar la necesidad que sentía en mi interior, pero sus manos se cerraron en mi pelvis como dos mordazas de hierro, manteniéndome sujeta.

Una vez que estuvo completamente dentro de mí, llenándome hasta el límite, Ian se inclinó hacia delante, apoyando una de sus manos junto a mi cabeza.

Su pecho rozaba mis pezones erguidos mientras comenzaba a moverse con una lentitud tortuosa.

—Ian... por favor —supliqué, con la respiración convertida en un caos superficial, clavando las uñas en sus hombros curtidos—. Más rápido. Te lo ruego, va demasiado lento.

—No —murmuró contra mis labios, saboreando mi desesperación con una sonrisa —. Otro día te follaré fuerte y rápido, pero ahora mismo estoy gozando de mi regalo, preciosa. Y lo vamos a hacer a mi ritmo.

La lentitud era una tortura exquisita, un castigo placentero que estaba construyendo una tensión tan sólida y fuerte que sentía que el corazón se me iba a salir del pecho y que mi piel iba a combustionar en cualquier momento.

Cumpliendo su orden, no aparté los ojos de los suyos, pero la necesidad de liberación me desbordó.

Movida por un impulso ciego, bajé mi mano izquierda, deslizando los dedos entre nuestros cuerpos húmedos en busca de mi clítoris.

Ian desvió la mirada hacia abajo una fracción de segundo. Con un movimiento implacable, atrapó mi muñeca, apartó mi mano de mi entrepierna con un golpe firme y la inmovilizó contra el colchón.

—Ese es mi trabajo, Savannah —sentenció, volviendo a mirarme con un hambre salvaje que me hizo temblar.

—Por favor, Ian... más, dame más —le rogué, despojada de cualquier orgullo, completamente entregada a él.

—Rodea mi cintura con tus piernas —instruyó, con la voz rota y grave—. Y sujétate fuerte al cabecero. No te sueltes.

Acaté con una urgencia febril. Elevé las piernas y crucé los tobillos a su espalda clavando los talones en sus nalgas, mientras mis manos buscaban a ciegas los listones gruesos y rústicos del cabecero de madera, aferrándome como si mi vida dependiera de ellos.

Al cambiar la inclinación de mi pelvis, Ian encontró el ángulo exacto.

Con cada embestida profunda, su pubis chocaba con mi clítoris, frotándolo con una fuerza abrasadora.

Aceleró el ritmo. El vaivén lento se transformó en un galope seguro, potente y controlado, un asalto que me empujaba una y otra vez contra el cabecero de madera, haciendo crujir la estructura bajo el impacto.

Ian mantenía sus ojos fijos en los míos, vigilando la tormenta que se gestaba en mi interior, devorando el rubor violento que me cubría el escote.

Estaba al borde del abismo, suspendida en una incandescencia pura, hasta que, de la nada, el universo entero se desintegró.

Exploté en un orgasmo desgarrador que me hizo gritar su nombre contra el techo mientras mi interior se contraía en espasmos salvajes a su alrededor.

La contención de Ian saltó por los aires.

Hundió la cara en la curva de mi cuello, con un gruñido animal que le nació en las entrañas, y me mordió la piel con una posesividad feroz en el instante exacto en que él mismo se corría de forma salvaje, vaciándose en mí con una fuerza que nos hizo temblar a ambos.

Tras unos minutos interminables el peso de Ian se desplomó sobre el colchón a mi lado, arrastrándome con él.

Me sentía como si estuviera flotando en una neblina.

Estaba completamente aletargada, vacía de cualquier tensión.

Giré el rostro y enterré la nariz en el hueco de su cuello y su pecho, recostándome contra sus pectorales.

Aspiré profundamente, llenando mis sentidos de ese olor inconfundible y embriagador a almizcle masculino y a piel limpia.

No había conocido a ningún hombre que oliera tan bien como Ian.

Ian levantó una mano pesada y me acarició el pelo húmedo. Con el índice bajo mi barbilla, alzó mi rostro obligándome a mirarlo. Inclinó la cabeza y me dio un beso suave y lento.

—¿Estás bien, preciosa? —preguntó, con la voz aún ronca rasgando la quietud del dormitorio.

Una risa leve, burbujeante y genuina escapó de mi garganta.

—Difícilmente se podría estar mejor, Ian.

La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa de pura satisfacción masculina. Acarició la línea de mi mandíbula con el pulgar.

—Espérame un segundo. Necesito deshacerme del preservativo.

Se separó de mí con evidente reticencia, abandonando la calidez de las sábanas.

Me quedé recostada contra las almohadas, observándolo mientras cruzaba la habitación en la penumbra.

Se movía completamente desnudo, en toda su gloria, con la confianza absoluta de un hombre que se sabe dueño de su territorio y de su propio cuerpo.

La amplitud de sus hombros, la curva de su espalda ancha y la firmeza esculpida de sus glúteos y muslos eran un espectáculo de anatomía pura. Era hermoso.

Cuando regresó, apenas un minuto después, volvió a meterse bajo el edredón y no tardó ni un segundo en tirar de mí, atrayéndome de nuevo contra la solidez de su cuerpo, entrelazando sus piernas con las mías.

Nos quedamos en un silencio pacífico, con el único sonido del latido rítmico y acompasado de su corazón bajo mi oreja.

—Acabo de confirmar lo que te dije —murmuró Ian, rompiendo la quietud con un tono bajo que vibró contra mis costillas—. Nunca has sido frígida. Y una sola noche contigo jamás va a ser suficiente, Savannah.

Volví a reír, cerrando los ojos, sintiendo cómo una calidez dulce me inundaba el estómago. Pero Ian se puso serio.

—¿Estás verdaderamente bien con todo lo que ha pasado esta noche? —indagó, y supe de inmediato a qué se refería. —. Con Evelyn merodeando por el pueblo... con los imbéciles de los Brooks en el restaurante.

Suspiré, trazando círculos invisibles sobre su estómago con la yema del dedo.

—Sí. De verdad que lo estoy —le aseguré, encogiéndome de hombros contra las sábanas—.

Me he dado cuenta de que Evelyn jamás va a cambiar.

Es inútil esperar que alguna vez sea la madre que necesito que sea.

Lo único que puedo hacer para sobrevivir es ponerle límites claros e intentar mantenerla lo más alejada posible de mi vida.

Y respecto a los Brooks... ya no tienen ningún poder sobre mí.

Ian asintió despacio, depositando un beso firme en la coronilla de mi cabeza. Guardó silencio unos instantes, como si estuviera sopesando sus siguientes palabras, desnudando su propia vulnerabilidad.

—Echo terriblemente de menos el helicóptero —confesó de pronto —.

Estar confinado en una silla me frustra hasta límites que no te imaginas.

Sé que he estado, malhumorado y que he sido un maldito incordio como paciente.

Pero... —hizo una pausa, apretando su brazo alrededor de mi cintura— me he dado cuenta de que, precisamente, ese accidente y esta clavícula rota es lo que nos ha acercado de verdad.

Tenerte viniendo a diario a vigilarme, a invadir mi piso...

ha merecido cada puto segundo de dolor. Así que supongo que no me voy a quejar demasiado de esta recuperación.