DIECISÉIS #2
Apreté la frente contra la suya, cerrando los ojos para intentar domar el latido ensordecedor que me martilleaba las sienes. Me habría arrancado la ropa allí mismo, pero ella merecía mucho más que un polvo precipitado en el aparcamiento de un restaurante.
—Vuelve a tu asiento, preciosa —le ordené. La voz me salió rasposa, pero cargada de una promesa —. Porque lo que tengo planeado hacerte esta noche no se puede hacer a la vista de todo el maldito pueblo.
Savannah me miró, con los ojos oscuros por la lujuria, y asintió. Se deslizó de mi regazo, dejándome una sensación de vacío inmediata, y regresó al asiento del copiloto.
Volví a enderezar mi respaldo y arranqué el motor.
Durante todo el trayecto bajo la lluvia, mi mirada alternaba entre el asfalto mojado de la carretera, el encaje azul cielo que asomaba por el escote de su blusa, y los ojos avellana de la mujer que estaba a punto de convertirse, en todos los sentidos posibles, definitivamente en mía.
✽✽✽
Apenas puse un pie en el interior de mi piso, encendí las luces tenues del salón con un manotazo ciego, pero no me detuve.
Mantuve mi mano firmemente enlazada a la de Savannah y tiré de ella, guiándola directamente hacia el pasillo y cruzando el umbral de mi dormitorio sin darle tiempo a procesar el cambio de escenario.
La llevé hasta los pies de la cama, dominada por el enorme cabecero rústico de madera oscura, y la hice girar con suavidad hasta que quedó de espaldas a mí.
El silencio en la habitación era espeso, solo quebrado por el ritmo errático de nuestras respiraciones.
Me situé a su espalda, levanté la mano izquierda y aparté la masa húmeda de su pelo caoba hacia un lado.
Observé la línea pálida de su nuca y el rubor escarlata que le teñía la piel, delatando el nivel de excitación salvaje que le corría por las venas.
Incliné el rostro y hundí los labios en esa piel encendida. Tracé el tendón de su cuello con la lengua sintiendo cómo se estremecía bajo mi boca.
—Savannah —ronroneé contra su piel, rodeando su cintura con el brazo derecho, abrazándola por la espalda—. ¿Le tienes mucho aprecio a esta blusa?
La sentí tragar saliva. Sus manos se aferraron instintivamente a mi antebrazo.
—No... —susurró con la voz temblorosa —. La compré hace años. No le tengo ningún cariño especial.
—Bien. Te prometo que te compraré otra mañana mismo.
No le di un segundo para asimilar la advertencia. Con un movimiento brusco agarré los bordes de la blusa verde por la abertura del escote y tiré con violencia. El sonido de los botones saltando por los aires y golpeando contra el suelo de madera se mezcló con el sonido de la seda al rasgarse.
Savannah soltó un jadeo agudo mientras los restos de la prenda caían inútiles a sus codos.
La imagen que me devolvió el espejo del armario me secó la garganta.
Estaba vestida únicamente con el pantalón negro de talle alto y el condenado sujetador de encaje azul cielo.
La opulencia de sus pechos, grandes, pesados y de una suavidad exquisita, se adivinaba bajo la tela translúcida.
Un gruñido animal retumbó en mi pecho. Mis manos grandes la rodearon por completo, cubriendo la seda azul.
Comencé a acariciarla, amasando la carne, pellizcando sus pezones a través del encaje con una posesividad que la hizo gemir y echar la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro.
Era mía.
Bajo mis caricias, el rubor de su pecho se extendió por todo su cuerpo, era jodidamente preciosa.
Enganché los tirantes finos del sujetador y los deslicé por sus hombros, bajando las copas hasta dejar que sus pechos se derramaran libres por encima del encaje.
Eran perfectos. Atrapé la punta de su pezón desnudo entre el pulgar y el índice, tirando levemente, mientras mis dientes se cerraban sobre la curva de su cuello.
—Quédate quieta —le ordené contra su piel cuando intentó girarse hacia mí, desesperada por buscar mi boca.
Ella acató la orden al instante.
Sin soltarla, le di media vuelta y bajé las manos hasta el botón de sus pantalones.
Lo desabroché, bajé la cremallera y deslicé la tela negra por sus caderas, arrastrándola hasta sus rodillas.
Al hacerlo, descubrí que las braguitas de encaje azul cielo hacían un juego perfecto con la parte de arriba.
Retrocedí un paso para admirar la obra de arte: medio desnuda, con los pechos desbordando el sujetador y el cuerpo teñido de un sonrojo espectacular.
Era la visión más erótica que había presenciado jamás.
Me arrodillé con agilidad y le quité los botines y los pantalones, liberando sus piernas. Savannah se quedó allí, de pie en medio de la habitación, con los labios entreabiertos y temblando bajo el peso de mi mirada.
—No es justo, Ian... —murmuró, cruzando los brazos —. Yo estoy medio desnuda y tú sigues con toda la ropa puesta.
Esbocé una media sonrisa arrogante y me incorporé lentamente hasta quedar frente a ella.
—No es una cuestión de justicia, preciosa —le respondí, apartándole las manos para volver a dejarla expuesta a mi mirada—. Estoy desenvolviendo mi regalo. Y quiero saborear cada capa.
Me incliné y capturé sus labios en un beso devastador, absorbiendo sus protestas. Mis manos bajaron por su espalda, recorriendo la curva de su cintura hasta llegar a sus nalgas.
Me arrodillé frente a ella. Enganché los pulgares en los laterales de la braguita azul cielo y la deslicé por sus muslos de un tirón.
Su sexo quedó al descubierto, hinchado, brillante por la humedad y latiendo de anticipación.
Sin dudarlo un segundo, hundí mi rostro en su entrepierna.
Mi lengua trazó una línea húmeda y directa sobre su clítoris.
Era dulce, lo más dulce y adictivo que había saboreado jamás.
Savannah se rompió. Un grito ahogado rebotó en las paredes de la habitación.
Sus rodillas fallaron casi al instante, y tuve que agarrarla por los muslos, anclándola contra mi rostro para evitar que se derrumbara en el suelo.
Sus manos volaron hacia mi pelo, aferrándose a mí como a un salvavidas, y sus caderas empezaron a moverse, empujándose contra mi boca en un ritmo ciego y desesperado.
Me aparté de golpe.
—Aún no.
El corte brusco la dejó gimiendo de frustración.
Me puse en pie, la levanté en vilo y la dejé caer sobre el edredón.
Ella se quedó allí, tendida boca arriba, con el pecho subiendo y bajando violentamente, mientras yo me encargaba de mi propia ropa.
Agarré el bajo de mi camisa de franela y me la quité por la cabeza en un solo movimiento fluido.
Acto seguido, me desabroché el cinturón y me bajé los vaqueros y los calzoncillos al mismo tiempo, pateándolos a un lado con una impaciencia brutal.
Completamente desnudo y con una erección que latía de forma dolorosa contra mi vientre, gateé sobre el colchón y me encajé en el espacio entre sus muslos abiertos.
No entré en ella. Me dejé caer sobre su torso, atrapando uno de sus pezones con la boca.
Lo succioné con fuerza, utilizando la lengua y los dientes mientras mi mano amasaba el otro.
Savannah se retorcía debajo de mí, arañando la sábana, gimiendo mi nombre en un bucle de necesidad pura, intentando alzar las caderas para buscar la fricción de mi cuerpo.
Me separé de su pecho, me apoyé en los antebrazos y la miré desde arriba.
—Te he dicho que te mantengas quieta mientras saboreo mi regalo, Savannah —le recordé, con la voz ronca y convertida en un látigo suave.
Ella parpadeó, con los ojos anegados de frustración, y negó con la cabeza, respirando por la boca.
—Ian, por favor... no sé si podré... lo necesito ya.
Acaricié su mejilla, apartando un mechón de pelo con un cuidado.
—Puedes —le aseguré, besando la comisura de sus labios—. Y si te portas bien y te quedas quieta, tendrás tu recompensa.
Los músculos de Savannah temblaron, pero, en un acto de sumisión que me voló la cabeza, obedeció. Apretó los puños contra el colchón y forzó a sus caderas a mantenerse pegadas a la cama.
Satisfecho, sonreí en la oscuridad y continué mi descenso. Besé su ombligo, mordí la carne de su vientre tembloroso y me acomodé de nuevo entre sus piernas.
Mi boca reclamó su centro, utilizando la lengua y los labios con precisión.
Aumenté el ritmo sin piedad, combinando la succión en su clítoris con la penetración de dos de mis dedos en su interior.
La torturé con el placer más intenso que era capaz de proporcionar, observando cómo llegaba al borde del abismo.
Cuando llegó al límite, ya no le importaron mis órdenes.
Su cuerpo se arqueó como un arco a punto de romperse, suplicando en medio del delirio, y finalmente estalló.
El orgasmo la atravesó con una violencia que la dejó gritando contra el silencio de la habitación, con las uñas clavadas en mis hombros y los muslos temblando en espasmos descontrolados.
La mantuve allí, bebiéndome cada gota de su liberación, hasta que el último temblor la abandonó y su cuerpo se derritió por completo sobre las sábanas, dejándola en un estado de letargo y media consciencia, con los ojos cerrados y la respiración rota.
Lentamente, me incorporé sobre mis rodillas, deslizándome hacia arriba hasta que mi rostro quedó a la altura del suyo.
Mi erección rozaba su cadera, recordándome que yo aún no había cobrado mi parte.
Acaricié su piel enrojecida y sudorosa, y cuando ella parpadeó pesadamente, mirándome como si yo fuera el mismísimo centro del universo, le susurré contra la oreja:
—Respira, preciosa. Porque aún no hemos acabado ni de lejos.