Ridge (Wildwater Falls 3) DIECISÉIS
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DIECISÉIS

Ian

L os platos vacíos habían desaparecido de nuestra mesa, dejando tras de sí únicamente un par de copas de agua y el eco de una velada que había rozado la perfección. Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla, cruzando los brazos sobre el pecho, y me dediqué, simple y llanamente, a observarla.

Bajo la luz cálida y ambarina del restaurante de los Pierce, Savannah resplandecía con una luz propia. Durante las últimas dos horas, se había mostrado absolutamente abierta. No había dobleces en ella. Conmigo, era simplemente Savannah.

Me resultaba abrumador constatar que, a pesar del daño sistemático que le había infligido el imbécil de Phillip y de la crueldad narcisista de Evelyn, su espíritu seguía asombrosamente puro.

Seguía dispuesta a pensar bien de todo el mundo.

Su capacidad para no dejarse corromper por el odio de quienes la habían pisoteado me infundía un respeto que llenaba cada rincón de mi ser.

Pero, más allá de la admiración, me estaba volviendo completamente loco.

Había pasado la cena entera hipnotizado por la forma en que sus labios se curvaban cuando se reía, por el brillo avellana de sus ojos cuando me contaba anécdotas del triaje y por la cadencia suave de su voz.

Verla tan suelta, tan genuinamente feliz, me había tenido al borde del precipicio durante toda la noche.

Al principio de la velada, cuando su madre y los padres de su exmarido intentaron dinamitar nuestra burbuja, temí que ella retrocediera, que volviera a encerrarse en ese caparazón de inseguridad.

En cambio, había sacado las garras con una elegancia que me había dejado sin aliento.

Y ahora, viéndola sonreír con esa confianza recién estrenada, la excitación que latía en mi bajo vientre amenazaba con volverse dolorosa.

Estaba desesperado por arrastrarla fuera de aquel comedor y tenerla por fin para mí solo.

De repente, el asa de cuero del bolso que Savannah había apoyado en el respaldo de su silla resbaló, cayendo al suelo con un golpe sordo.

Ella se inclinó hacia delante para recogerlo.

Fue un movimiento fluido y natural, pero la gravedad hizo su trabajo.

El escote en uve de la blusa verde esmeralda cedió, separándose de su piel, y me regaló una visión perfecta, directa y sin censura de la delicada curva de sus pechos y del intrincado encaje azul cielo de su sujetador.

El pulso me dio un latigazo salvaje en la sien.

Savannah recuperó el bolso y volvió a enderezarse, ignorante del incendio que acababa de avivar. Me dedicó una sonrisa inmensa, luminosa y dulce.

Mi cordura se hizo añicos.

Alcé la mano libre y, con un cruce de miradas desde el otro lado del salón, le hice un gesto silencioso a Maggie Pierce. La dueña del local asintió, comprendiendo la urgencia, y se acercó para dejar la cuenta sobre la mesa. Dejé los billetes sobre el cuero negro sin molestarme en mirar el importe.

Me incliné sobre la mesa, acortando la distancia hasta que mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo.

—Ha llegado el momento —le susurré, con la voz tan ronca que casi no la reconocía— de descubrir si ese encaje azul cielo hace conjunto con la parte de abajo.

Savannah se congeló. Sus pupilas se dilataron en el acto, devorando el color de sus iris, y dejó escapar una exhalación temblorosa de. Su cuello se tiñó de ese rubor febril que me indicaba que su cuerpo ya estaba ardiendo por mí.

No hizo falta añadir una sola palabra más. Nos pusimos en pie al unísono. Entrelacé mis dedos con los suyos, afianzando un agarre firme y posesivo, y nos despedimos de Maggie con un asentimiento apresurado antes de salir por las puertas dobles hacia la calle.

El sonido rítmico y pesado del agua golpeando contra el asfalto nos recibió de golpe. La llovizna del atardecer se había convertido en un chaparrón en toda regla.

Me detuve bajo el pequeño toldo de la entrada, tirando suavemente de la mano de Savannah para evitar que se mojara.

—Espérame aquí, preciosa. Iré al coche a buscar el paraguas grande y volveré a por ti —le indiqué, preparándome para salir corriendo hacia el todoterreno.

Pero la mano de Savannah se cerró alrededor de mis dedos con una fuerza inesperada. Tiró de mí hacia atrás. Al girarme, me encontré con una versión de ella que no había visto jamás: audaz, espontánea y rebosante de una energía eléctrica.

—No quiero el paraguas, Ian —dijo ella, con una sonrisa deslumbrante—. Podemos correr.

Parpadeé, sorprendido por su desafío, y una carcajada grave y profunda me vibró en el pecho.

—Te vas a empapar, Savannah.

—Que así sea —replicó.

Y, sin darme tiempo a reaccionar, tiró de mi mano y echó a correr directamente hacia la cortina de agua.

La seguí al instante, igualando su zancada, entrelazando mis dedos con los suyos mientras corríamos por el aparcamiento vacío.

La lluvia fría nos golpeó sin piedad, empapando la seda de su blusa y la franela de mi camisa en cuestión de segundos, pero lo único que yo podía escuchar por encima del estruendo de la tormenta era el sonido cristalino, puro y desinhibido de la risa de Savannah.

Era el sonido de la libertad absoluta. Y saber que yo era quien le estaba sosteniendo la mano en esa carrera, me hizo sentir en la cima del mundo.

El portazo doble de las puertas del todoterreno ahogó el azote del aguacero.

El habitáculo se llenó de inmediato con el sonido de nuestras respiraciones agitadas y de una carcajada compartida que me sacudió el pecho.

Estábamos empapados. El agua helada de la tormenta resbalaba por mi pelo y empapaba el cuero de los asientos.

Me giré hacia Savannah, y la risa se me murió en la garganta.

La lluvia había convertido la seda verde esmeralda de su blusa en una segunda piel. El tejido, pesado por el agua, había cedido, bajando el escote lo suficiente como para dejar al descubierto el delicado encaje azul cielo que llevaba debajo y la sombra oscura de sus pezones endurecidos por el frío.

La devoré con la mirada. Quería destrozar esa blusa.

Pero lo que terminó de dinamitar mi cordura fue su reacción.

La antigua Savannah se habría cruzado de brazos, avergonzada, intentando ocultarse.

La mujer que tenía a mi lado, sin embargo, no apartó la vista.

Con el pecho subiendo y bajando de forma errática, Savannah bajó la mirada hacia mi propia ropa.

La franela húmeda de mi camisa se adhería a mis pectorales y a mi abdomen, y vi cómo sus pupilas se dilataban al repasar mi torso, sin ocultar ni un ápice del hambre que la consumía. Me estaba reclamando con la mirada.

Lentamente, Savannah levantó la mano. Acercó los dedos hacia mi rostro, temblando apenas un milímetro, y con la yema del pulgar limpió una gota de lluvia que había quedado atrapada en la comisura de mi labio inferior.

El roce fue levísimo, pero me atravesó como una descarga de alto voltaje.

Mi mano izquierda se alzó a la velocidad del rayo, atrapando su muñeca antes de que pudiera retirarse. Incliné el rostro y atrapé la punta de su dedo índice entre mis labios. Le di un mordisco suave, una advertencia de la fiera que estaba a punto de soltar, y tiré de ella hacia mí.

Al mismo tiempo, mi mano derecha buscó la palanca mecánica bajo mi asiento. El respaldo cedió hacia atrás con un chasquido. Utilicé la fuerza de mi brazo sano para arrastrarla por encima de la consola central, levantándola en peso hasta sentarla a horcajadas sobre mi regazo.

Savannah soltó un jadeo ahogado cuando su centro impactó contra mi pelvis.

Mis manos bajaron de inmediato hacia sus nalgas, amplias y pesadas, agarrando la carne a través de la tela mojada de sus pantalones.

La apreté contra mí, aplastando su feminidad contra la erección brutal que amenazaba con rasgar la tela de mis vaqueros, y estrellé mi boca contra la suya.

La besé con una exigencia salvaje, devorando su aliento, saboreando la lluvia y el gemido que se le escapó en la garganta. La fricción de nuestras entrepiernas desató un incendio en el interior del coche.

Nos separamos apenas un par de centímetros para buscar oxígeno. Savannah tenía los ojos entornados, los labios hinchados y la respiración convertida en un caos.

Entonces, levantó ambas manos. Con una lentitud agónica las yemas de sus dedos comenzaron a trazar mis facciones.

Cerré los ojos, rindiéndome a su tacto. Para un hombre acostumbrado a ser el escudo de todos, a liderar bajo presión y a no mostrar debilidad, permitir que ella me explorara con esa ternura era mi propia forma de sumisión.

Sus dedos fríos repasaron mi frente, la línea dura de mis cejas, la prominencia de mis pómulos, el puente de mi nariz y, finalmente, el contorno de mis labios.

Cada caricia era una declaración de pertenencia.

Cuando sus dedos se detuvieron en la línea tensa de mi mandíbula, abrí los ojos. Su mirada avellana estaba fija en mí. El instinto de posesión se adueñó de mí por completo. Quería devorarla viva.

—Eres la cosa más jodidamente preciosa que he visto jamás, Savannah —le confesé, con la voz ronca, vibrando contra el silencio del coche—. La cosa más suave y espectacular que he tocado en mi vida. Y te juro... que eres la cosa más deliciosa que he besado.

No le di tiempo a asimilar la intensidad de la confesión.

Volví a capturar su boca en otro beso ardiente y profundo.

Apreté mis manos en sus nalgas, hundiendo los dedos, alzándola levemente para volver a moler su centro contra mi erección dolorosa, exigiéndole todo lo que tenía para darme, y ella me lo entregó, arqueando la espalda y aferrándose a mis hombros como si yo fuera lo único que la sostenía.

Cuando el beso se rompió, ambos estábamos jadeando, encendidos y al borde del colapso. La humedad en el habitáculo había empañado los cristales por completo.