QUINCE #2
—No, Savannah. No voy a dejarlo estar —dictaminó, con una voz grave y profunda que vibró sobre el mantel—. Absolutamente nadie en este maldito pueblo tiene permiso para hacerte sentir mal o incómoda. Y muchísimo menos ellos, cuando tú no eres la que ha hecho absolutamente nada malo.
Las palabras de Ian penetraron en mis defensas. De repente, la opinión de los Brooks me pareció minúscula, patética. Por primera vez en mucho tiempo, no me importó llamar la atención. No me importó ser el centro de los murmullos, porque el hombre que tenía delante me hacía sentir intocable.
Ian alargó su mano izquierda sobre la mesa y atrapó la mía. Desenlazó mis brazos cruzados, negándose a permitir que me escondiera. Levantó mi mano hasta sus labios y depositó un beso lento y cálido sobre mis nudillos, manteniendo sus ojos anclados a los míos.
El gesto, tan público como íntimo, actuó como un bálsamo. Le sonreí, una sonrisa brillante y libre que ya no me molesté en ocultar.
Impulsada por una audacia que no reconocí como mía, me incliné hacia delante, acortando la distancia por encima de la mesa, con la intención de darle un beso breve y casto en los labios para agradecerle sus palabras.
Pero Ian no estaba dispuesto a conformarse con las migajas.
En cuanto mis labios rozaron los suyos, su mano libre subió a la velocidad del rayo y se cerró en mi nuca.
Sus dedos se hundieron en mi pelo, impidiendo que me separara.
Lo que iba a ser un roce tímido se convirtió en una reclamación en toda regla.
Me mantuvo anclada a su boca, saboreándome con una lentitud deliberada y posesiva, devorando mi aliento a la vista de todo el restaurante, dejándole dolorosamente claro a la mesa de los Brooks y a cualquiera que estuviera mirando, que yo le pertenecía y que él no pensaba esconderse.
Cuando finalmente me soltó, tuve que apoyarme en el borde de la mesa para recuperar el equilibrio y volver a sentarme. Tenía el corazón galopando contra las costillas, la respiración errática y el bajo vientre ardiendo de excitación.
Ian levantó la vista una última vez por encima de mi cabeza, lanzando una mirada tan gélida y letal hacia la mesa de mis exsuegros que casi pude sentir cómo bajaba la temperatura del local.
Apenas un minuto después, escuché el rasgueo de las sillas de madera contra el suelo. Por el rabillo del ojo, vi cómo Brenda y Arthur Brooks se levantaban de su mesa, recogían sus abrigos y abandonaban el restaurante a paso ligero.
Me quedé allí sentada, observando cómo la puerta se cerraba tras ellos. Esperé sentir algo. Esperé que la culpa, el odio, la indignación o incluso una satisfacción vengativa me asaltaran.
Pero no sentí nada de eso.
El ambiente en el comedor pareció aligerarse de forma instantánea. Me recliné contra el tapizado de la silla, dejando escapar un suspiro que arrastraba años de tensión acumulada.
—Creo que, a partir de este momento, por fin podemos empezar a disfrutar de la cita —murmuré, tomando un sorbo de mi copa de agua, sintiendo cómo mi humor mejoraba a pasos agigantados—.
De hecho, creo que podemos considerar esta cena como la celebración oficial de tu reincorporación al trabajo, bombero Collins.
Ian apoyó los antebrazos sobre la mesa, invadiendo mi espacio intencionadamente. Vi cómo se calentaba su mirada al llamarlo bombero Collins. La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa lenta, cargada de una intención tan oscura que hizo que el aire se volviera espeso.
—Si esto es una celebración oficial, Savannah, espero de verdad que se alargue durante toda la maldita noche.
El oxígeno se me atascó en la garganta. El rubor me subió por el cuello, denso y caliente, provocado por la expectación de sus palabras.
La aparición de Maggie Pierce junto a nuestra mesa actuó como un salvavidas para mi cordura. Llevaba una libreta en la mano y nos miraba con esa calidez maternal inconfundible.
—¿Qué os pongo, chicos? ¿Habéis decidido ya?
—Sí, Maggie, gracias —me adelanté, cerrando la carta por puro instinto condicionado—. Yo tomaré la ensalada de la casa, por favor. Sin aliño.
El silencio que siguió a mi pedido fue incómodo. No necesité levantar la vista para saber que Ian se había quedado completamente inmóvil. Cuando giré el rostro hacia él, me encontré con su mirada clavada en mí.
Ian no dijo una sola palabra . No le hizo falta.
Tragué saliva, sintiendo que una cadena invisible se rompía en mi pecho, y me giré de nuevo hacia la madre de Logan.
—Perdona, Maggie, he cambiado de opinión. Retira la ensalada. Tomaré el filete de ternera al punto, con guarnición de verduras asadas.
Ian no apartó los ojos de mí, pero la tensión de su mandíbula se relajó en un gesto de profunda satisfacción.
—Para mí lo mismo que para ella, Maggie —añadió él —. Pero ponme una ración extra de verduras.
En cuanto nos quedamos a solas de nuevo, apoyé los codos sobre el mantel, deseando sumergirme en su mundo.
—Cuéntamelo todo sobre tu primer día en la base. ¿Qué tal el regreso?
El rostro de Ian se iluminó con esa pasión inconfundible que sentía por su trabajo.
Me detalló con precisión quirúrgica el funcionamiento de las consolas, las comunicaciones por radio VHF y la triangulación de la señal de emergencia.
Me relató cómo había guiado a Caleb y Noah a través de la densa niebla en la vertiente norte, calculando la trayectoria de la caída de un senderista.
—Lograron izarlo con la grúa justo a tiempo —concluyó Ian, pasándose una mano por el pelo corto—. El tipo ha salvado la pierna por los pelos gracias a la rapidez de la evacuación.
—Eso es increíble, Ian —le dije, admirada, viéndolo radiante y satisfecho en su elemento—. Tienes un talento excepcional. Ya estés colgado de un cable del helicóptero o detrás de un monitor, tu trabajo marca la diferencia absoluta. Salvas vidas.
Él negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa humilde, y enlazó sus dedos con los míos sobre la mesa.
—Igual que el tuyo, preciosa. Tienes un talento natural y abrumador para el triaje y la enfermería de urgencias. Tienes un instinto que no se puede enseñar en ninguna facultad.
Sentí que el síndrome del impostor volvía a asomar la cabeza, instándome a encogerme de hombros.
—Solo sigo los protocolos, Ian. Cualquiera en mi puesto haría lo mismo. No es para tanto...
—No te atrevas a restarte importancia —me cortó, apretando mi mano con firmeza—. No lo digo por decir. De hecho, ese temple tuyo fue lo primero que me impresionó de ti.
Parpadeé, genuinamente confundida. —¿A qué te refieres?
La expresión de Ian se volvió solemne.
—Me refiero a hace doce años, Savannah. El accidente de autobús.
Me quedé paralizada un segundo, regresando a aquella noche fría de hacía doce años.
—Aquel día, cuando Caleb despegó para evacuar a Hannah, todo era un caos absoluto —comenzó a relatar Ian, con la voz teñida de un respeto reverencial—.
Yo tenía veinte años. Era un novato recién salido de la academia.
Conocía la montaña, sabía cómo estabilizar el terreno y había localizado el autobús entre la maleza.
Sabía de cuestiones técnicas de excarcelación...
pero el resto se me escapaba. El triaje médico, la sangre, los gritos de los heridos, el pánico.
No sabía ni por dónde empezar a clasificar la gravedad.
Estaba a un segundo de quedarme bloqueado.
Ian acarició el dorso de mi mano con el pulgar, mirándome como si fuera la criatura más extraordinaria que hubiera pisado la tierra.
—Y entonces, en medio de aquel infierno, una chica de apenas quince años, que debería haber estado llorando o en estado de shock , se acercó a mí.
Tenías la ropa manchada, los ojos inmensos por el terror...
pero te plantaste delante de mí y me diste el parte médico y la prioridad de los heridos como una maldita profesional. Me organizaste la evacuación.
El aire se me escapó de los pulmones.
—Eso fue lo que me impresionó, Savannah —susurró —. Eras casi una niña, pero te recuerdo como si fuera ayer. Fuiste la persona que demostró tener más temple, más valentía y más cabeza fría en el peor momento de tu vida y de la vida de todos nosotros. Me salvaste aquel día.
Me quedé de piedra. Jamás, ni en mis sueños más salvajes, había imaginado que esa fuera la imagen que Ian Collins guardaba de mí en su memoria. Toda mi vida, Evelyn y Phillip me habían convencido de que yo era el eslabón débil, la chica frágil, asustadiza y mediocre que necesitaba ser tutelada.
Pero Ian me había visto.
Hace doce años, sin ningún tipo de componente sexual, desde la admiración más pura de un ser humano hacia otro, él había visto mi verdadera esencia. Había visto a una mujer valiente y extraordinaria bajo la piel de una niña aterrada.
Me limité a apretar su mano con todas mis fuerzas, inundada por la satisfacción arrolladora y perfecta de sentirme, por primera vez en mi vida, verdaderamente vista.