Ridge (Wildwater Falls 3) CATORCE #3
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CATORCE #3

Se deslizó en el asiento y cerró la puerta.

También se había duchado en el hospital tras acabar su turno, y la visión que me ofreció me secó la garganta al instante.

Llevaba unos pantalones negros de talle alto que delineaban la curva perfecta de sus caderas, y una blusa verde esmeralda con un escote pronunciado que dejaba al descubierto el valle pálido de sus pechos.

El contraste de los colores con su pelo caoba, aún ligeramente húmedo, era una maldita obra de arte.

No dije hola. No le pregunté qué tal había ido su día.

Me incliné sobre la consola central, deslicé mi mano izquierda por detrás de su cuello, anclando mis dedos en su nuca, y me apoderé de su boca.

Savannah soltó un suspiro ahogado y, como si mi tacto hubiera desactivado todas sus defensas, se derritió contra mí.

Sentí la tensión abandonar sus hombros mientras sus labios se abrían bajo los míos, entregándome el control.

Era una adicción. Reconocía, que esa forma en la que su cuerpo perdía la rigidez y se fundía con el mío buscando cobijo, alimentaba las zonas más primitivas de mi cerebro.

Me separé unos milímetros, rozando su nariz con la mía, respirando su mismo aire.

—Verde esmeralda —murmuré, trazando la línea en uve del borde de su blusa con el dedo índice, sintiendo cómo se estremecía bajo la seda—. ¿De qué color es el sujetador hoy, Savannah?

Sus ojos avellana brillaron con una mezcla de rubor y una recién estrenada audacia. Esbozó una sonrisa lenta, cargada de promesas, y se humedeció los labios.

—Tendrás que esperar a que acabe la noche para comprobarlo tú mismo, Collins.

Solté un gruñido ronco, rozando mis labios contra su mandíbula.

—Me estás condenando a una tortura psicológica, preciosa. Y pienso cobrármelo.

Volví a ocupar mi espacio en el asiento del conductor, metí marcha y arranqué.

El destino era el restaurante de los padres de Logan Pierce, situado a las afueras del pueblo.

Era una institución en Wildwater Falls; un local amplio, construido en madera y piedra, que siempre estaba abarrotado, equilibrando la formalidad de sus manteles de hilo con un ambiente profundamente hogareño y familiar. Era perfecto para una primera cita.

Acomodé mi mano derecha directamente sobre su muslo. El calor de su cuerpo traspasó la tela negra del pantalón, calentándome la sangre.

—¿Has sabido algo más de Evelyn durante tu turno? —pregunté, manteniendo la vista en la carretera arbolada.

El músculo de su pierna se tensó bajo mi palma de forma instantánea. El silencio se alargó dentro del habitáculo. Había algo que se resistía a decirme. Apreté mis dedos sutilmente alrededor de su muslo, instándola a abrirse conmigo.

Savannah dejó escapar un suspiro derrotado.

—Ha invadido la cabaña, Ian. Cuando llegué ayer por la tarde, sus maletas estaban en medio del salón. Se ha instalado allí. Y como no quería dormir en el sofá, Georgia y yo hemos tenido que compartir mi habitación para dejarle a ella la otra cama.

La sangre me hirvió de golpe. Una ola de indignación me tensó cada músculo de la espalda. Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los molares.

—Te dije que me llamaras —le recriminé, con la voz un par de octavas más baja y áspera —. Te di una instrucción clara, Savannah. Si aparecía, tenías que decírmelo.

Savannah giró el rostro hacia mí, mirándome con atención, intentando hacer que comprendiera su postura y su decisión.

—No quería molestarte en tu primer día de alta médica, Ian. Además... tú no puedes ser mi escudo siempre. Tengo que aprender a lidiar con ella.

—Eso es exactamente lo que soy —la corté, sin levantar la voz, pero con una rotundidad que no admitía debate—. Soy tu escudo. Hoy. Mañana. Y siempre.

Ella parpadeó, intimidada por la gravedad de mi tono, pero sacudió la cabeza con suavidad.

—Habría sido ridículo, Ian. Habría sido muy incómodo que te presentaras en la cabaña para enfrentarte a ella y echar a mi madre de la casa. Solo va a estar un par de días...

Pisé el freno suavemente al llegar al cruce que nos desviaba hacia el restaurante de los Pierce, deteniendo el todoterreno bajo la luz anaranjada de una farola. Me giré en el asiento, enfrentándola por completo, y la miré con el ceño fruncido, genuinamente confundido por su lógica.

—Savannah, no me has entendido en absoluto —le dije, sosteniéndole la mirada con una intensidad abrasadora que hizo que su respiración se atascara—. Yo no habría ido a la cabaña a echar a Evelyn. Me importa una mierda dónde duerma esa mujer.

Acerqué la mano que descansaba en su muslo hasta su cintura, trazando el contorno de su cadera con el pulgar.

—Yo habría ido para decirte que recogieras todas tus cosas. Y te habría sacado de allí para traerte a mi piso.

Savannah abrió los labios, pero no salió ningún sonido. Se quedó completamente enmudecida, con los ojos inmensos y el rubor extendiéndose como pólvora por su cuello, incapaz de asimilar que mi necesidad de protegerla no consistía en arreglar sus batallas domésticas, sino en reclamarla en mi vida.