Ridge (Wildwater Falls 3) CATORCE #2
45%

CATORCE #2

Apoyé las manos en el borde de la consola, inclinándome hacia el mapa holográfico en tres dimensiones que detallaba la orografía caprichosa de la montaña.

Mi mente voló lejos de la sala de control, trazando cada sendero, cada grieta y cada saliente que había escalado durante los últimos quince años.

Conocía ese macizo como la palma de mi mano; conocía sus trampas y sus corrientes térmicas.

—Olvida la vertiente abierta, Caleb —le instruí, con una seguridad matemática—.

Con la cellisca de esta mañana, un senderista inexperto habría intentado buscar el sendero de los cazadores y se habría desviado hacia el embudo inferior de la chimenea ciega.

Hay un saliente de esquisto suelto a unos dos mil doscientos metros.

Si ha resbalado allí, el viento lo habrá empujado hacia el nicho de la pared este.

Descended por debajo de la capa de nubes y buscad el reflejo térmico en la base de la canal.

— Copiado, Base. Cambiando rumbo hacia la chimenea este —respondió Caleb.

La sincronía entre nosotros seguía intacta, una sinergia perfecta perfeccionada en cientos de horas de vuelo donde la confianza mutua era la única línea que nos separaba del desastre.

Escuché el cambio en el sonido del motor a través de la radio abierta; Caleb estaba reduciendo velocidad, metiendo el aparato en el embudo rocoso, desafiando las bofetadas de aire que intentaban empujar el rotor principal contra la piedra.

— ¡Tenemos visual! —exclamó Noah tras un minuto eterno de estática—. Repito, contacto visual con el objetivo. El herido está en la repisa inferior, exactamente donde dijiste, Collins. Está en posición fetal. Parrish se está preparando para el descenso en grúa.

Mantuve la respiración contenida, analizando los datos de telemetría que Clover monitorizaba en tiempo real.

— Parrish descendiendo —reportó Noah por la radio.

Su tono era seco, profesional—. V uelo estacionario complicado, Caleb, mantén el morro apuntando al norte...

Un poco más a la izquierda... Vale, Parrish está en el suelo.

Asegurando al paciente en la camilla de rescate.

El fémur está inmovilizado. Iniciamos izado.

Mientras el equipo ejecutaba la maniobra de extracción de forma impecable en la pared de roca, mis dedos ya estaban activando la línea directa con el hospital.

—Control Base de Rescate al Wildwater Regional —anuncié, conectándome directamente con el mostrador donde sabía que Savannah estaría coordinando las camillas—.

Alfa Uno traslada varón de aproximadamente treinta años.

Traumatismo de alto impacto por caída de unos diez metros en terreno escarpado.

Sospecha de fractura expuesta de fémur con compromiso hemodinámico potencial.

Llegada en siete minutos. Tengan preparado al equipo de trauma y banco de sangre.

— Recibido, Control Base. Equipo de trauma alertado y box de críticos reservado —la respuesta llegó de inmediato, y aunque el tono era estrictamente clínico, reconocí la cadencia sutil de la voz de Savannah.

Saber que ella estaba al otro lado, esperando el desenlace en su propia trinchera, me infundió una calma profunda.

— Paciente a bordo. Iniciamos tránsito hacia el hospital —comunicó Caleb por la radio—. Parrish ya está asegurado dentro de la cabina.

Escuché el desarrollo del vuelo por la radio interna hasta que, exactamente siete minutos después, la voz de Caleb confirmó el aterrizaje.

— Alfa Uno toma tierra en la helisuperficie del hospital. Transferencia de paciente en curso. Servicio finalizado, Base.

—Entendido, Alfa Uno. Buen trabajo. Regresen a la base para repostar y rearmar equipo —respondí, soltando el conmutador de la radio.

Me quité los auriculares con lentitud, dejándolos descansar sobre la consola metálica.

El silencio regresó a la sala. Sentía la satisfacción del deber cumplido, el alivio de haber sacado a un hombre vivo de la roca, pero el sabor de la victoria era agridulce.

No era lo mismo. Operar desde un escritorio jamás competiría con la descarga de adrenalina de estar colgado sobre el vacío, desafiando las leyes de la física.

Giré la silla y me encontré con Clover. La joven Donovan se había quedado inmóvil, observándome con los brazos cruzados sobre su pecho y los inmensos ojos turquesa fijos en mi rostro.

—Eso ha sido... joder, Ian, ha sido una jodida obra de arte —admitió Clover, soltando un silbido bajo—.

Llevo un tiempo coordinando las comunicaciones y creo que soy bastante buena analizando coordenadas y cuadrantes.

Pero lo que acabas de hacer... Has predicho dónde estaba ese hombre basándote únicamente en el viento y el tipo de roca.

Eres un mapa viviente de esa cordillera.

Solté una breve carcajada, una vibración ronca que me destensó los músculos del cuello, y me pasé la mano por el pelo corto.

—He pasado mucho tiempo en esas paredes de piedra, Clover. Al final aprendes a saber hacia dónde rueda un cuerpo cuando el hielo o la roca cede.

Clover se inclinó hacia mí, apoyando los codos en mi mesa con una expresión de absoluta determinación.

—Quiero que me enseñes. Durante las próximas tres semanas que estés confinado en esta consola, quiero que seas mi maestro. Quiero aprender a leer la montaña de esa manera.

Observé el brillo inconfundible de los Donovan en su mirada, esa misma terquedad leal que compartía con Caleb. Recliné mi espalda contra el asiento, asintiendo despacio con una sonrisa de medio lado.

—De acuerdo, Donovan. Prepárate, porque durante las próximas semanas voy a enseñarte cada maldito secreto que esconde esa roca. Pero ve por más café, porque vamos a necesitarlo.

✽✽✽

El motor de mi todoterreno ronroneaba con un zumbido constante y grave, vibrando bajo mis manos mientras esperaba aparcado frente a las puertas de salida del hospital.

Apreté el volante forrado en cuero con ambas palmas, sintiendo una satisfacción casi primitiva al poder utilizar mis dos brazos por primera vez en más de un mes.

Me había duchado en los vestuarios de la base aérea, frotándome la piel hasta eliminar cualquier rastro de queroseno y sudor, cambiándome a ropa de calle con la única urgencia de no perder ni un solo minuto de mi noche con ella en paradas innecesarias en mi piso.

La necesitaba. El rescate de la mañana me había inyectado adrenalina en las venas, pero la necesidad de verla, de escuchar su voz y de enterrar el rostro en su cuello, superaba cualquier otra urgencia.

La puerta del copiloto se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire húmedo y frío del anochecer, seguida inmediatamente por el olor dulce y embriagador que era pura Savannah.