CATORCE
Ian
E l olor áspero y metálico a queroseno mezclado con el aroma a café industrial y ozono me golpeó al cruzar las puertas del hangar principal del Wildwater Air Rescue Base.
Aspiré profundamente, llenando mis pulmones de aquel aire denso.
Llevaba semanas confinado en las paredes de mi piso o en los pasillos asépticos del hospital, y pisar de nuevo el asfalto pulido de la base me hizo sentir que, por fin, recuperaba una parte fundamental de mi vida.
Sin embargo, mi estoico regreso al servicio activo se vio saboteado nada más entrar en la sala de operaciones.
Atravesando la pared de cristal de la zona de briefing , colgaba una pancarta torcida pintada con rotulador negro que rezaba: «Bienvenido al Club de los Oficinistas».
A ambos lados, una docena de globos azules y rojos desafiaban la gravedad de forma ridícula en medio de un mar de cascos de vuelo, arneses tácticos y mapas topográficos.
Solté un bufido, negando con la cabeza, aunque fue incapaz de reprimir una media sonrisa.
—Sois una panda de idiotas —mascullé, alzando la voz por encima del zumbido de los servidores y el chisporroteo de las radios.
—¡Es para mantener alta la moral de la tropa, Collins! —exclamó una voz femenina, vibrante y enérgica desde la estación de comunicaciones.
Clover Donovan se levantó de la silla giratoria con los auriculares colgando del cuello y corrió hacia mí para envolverme en un abrazo rápido y cuidadoso, evitando rozar mi hombro derecho.
La hermana pequeña de nuestro piloto, Caleb, tenía veinticinco años y era un torbellino de positividad alocada y risueña que contrastaba brutalmente con la seriedad general del equipo.
Sin embargo, bajo esa fachada burbujeante, Clover llevaba el rescate grabado en el ADN.
Había perdido a su hermano mayor, Carson, cuando ella apenas tenía doce años, una tragedia que le había dejado una determinación de acero por salvar vidas.
Había completado su instrucción como técnico sanitario de vuelo, pero donde destacaba realmente era en la sala de control.
Era excepcional coordinando telemetría y comunicaciones en tiempo real; nadie gestionaba el caos de una emergencia múltiple con su frialdad.
—Las próximas tres semanas vas a ser mi compañero de consola —anunció Clover, dándome una palmada en el brazo izquierdo—. Prometo no ponerte música pop en la frecuencia interna si tu prometes no gruñir cada vez que alguien cometa una estupidez en la montaña.
—Trato hecho, Donovan —concedí, acercándome a los monitores—. Ponme al día.
Clover regresó a su silla, y su actitud cambió al instante, pasando al modo operativo con una fluidez asombrosa.
—Beta Dos está en el hangar para la revisión mecánica de las cincuenta horas, rotores y fluidos.
Alfa Uno está en pista, configurado para rescate en pared y medicalizado, con el tanque de combustible al ochenta por ciento.
Tenemos un frente de bajas presiones entrando por la cresta norte, lo que significa que esta tarde podríamos tener rachas de viento cruzado superiores a los treinta nudos.
Tenlo en cuenta para el cálculo de carga si nos entra un aviso.
Asentí, asimilando los datos meteorológicos, deslizando mis dedos sobre la consola de radio para comprobar las frecuencias de emergencia. El tacto de los diales era familiar, reconfortante, pero la frustración de no poder subirme al helicóptero seguía palpitando bajo mi piel.
En ese momento, la puerta de la sala de briefing se abrió de nuevo y entraron Caleb y Noah. Venían enfundados en sus monos de vuelo rojo neón.
—Míralo, operando la radio como un profesional —se burló Noah, acercándose a la consola y apoyando los antebrazos sobre la mesa—. ¿Sabes, Collins? Te echamos de menos en la grúa de rescate.
—Y sin ti para nivelar el centro de gravedad del aparato cuando hacemos estacionario, el bicho se mueve demasiado —añadió Caleb, cruzándose de brazos, mirándome con esa lealtad inquebrantable que compartíamos desde hacía una década.
Iba a responderles, cuando un cuarto hombre entró en la sala de operaciones.
Era Parrish. Mi sustituto temporal. Llevaba el arnés de rescate colgado al hombro con una chulería que desentonaba por completo con la gravedad de nuestro trabajo.
Era un tipo capaz, con buenas horas de vuelo en su expediente, pero tenía el ego tan inflado que apenas cabía por la puerta.
Le faltaba la humildad que la montaña solía exigir a base de golpes.
—Collins, me alegro de verte de una pieza —saludó Parrish, sirviéndose un café con una sonrisa arrogante—.
Tranquilo por la vacante. He estado manteniendo el fuerte a la perfección.
La verdad es que lo estamos haciendo tan bien ahí arriba que el comandante de la base igual se plantea dejarme en el arnés de Alfa Uno de forma permanente y reasignarte a ti a otro equipo...
o a esta misma consola cuando te cures. Haces buena pareja con la pequeña Donovan.
La temperatura de la sala descendió quince grados de golpe. Clover dejó de teclear. Noah puso los ojos en blanco con tal fuerza que creí que se le iban a quedar atascados, y yo me limité a tensar la mandíbula, clavando mis ojos verdes en el novato.
Pero fue Caleb quien tomó la iniciativa. Nuestro piloto se giró hacia el nuevo, descruzando los brazos, y lo miró con esa frialdad letal que reservaba para las peores crisis en vuelo.
—Parrish —lo llamó Caleb. Su voz sonó baja, carente de inflexión—. ¿Por qué crees que a nuestra unidad se la conoce como el Equipo Alfa?
El novato parpadeó, inflando el pecho, ajeno a la trampa en la que acababa de meterse.
—Bueno... porque somos los mejores. La élite de la base. Los que asumimos las operaciones de mayor complejidad técnica y de clima extremo.
Caleb ladeó la cabeza.
—Exacto. Somos la élite. Pero ese título no nos lo dieron en una caja de cereales, Parrish.
Nos lo hemos ganado demostrando día tras día, durante diez putos años, que no hay nadie por encima de nosotros cuando la cosa se pone fea.
Hemos forjado este equipo a base de sangre, congelaciones y rescates imposibles.
Parrish asintió, esbozando una sonrisa condescendiente, creyendo que el discurso lo incluía a él.
—Y estoy orgulloso de sumar mi experiencia a esa élite, Donovan.
Noah soltó un bufido exasperado, incapaz de soportar más la densidad del novato.
—Por Dios bendito, Parrish, no te enteras de nada —estalló nuestro técnico sanitario, señalándome con el pulgar—.
Ian es la maldita mitad del equipo Alfa.
Su instinto en la grúa, su conocimiento de la montaña y su fuerza física son el cincuenta por ciento de nuestro éxito de supervivencia.
Sin él en la puerta de ese helicóptero, nosotros solo somos el equipo "Casi Alfa". Así que cállate la boca.
El novato se quedó de piedra. Miró a Caleb, luego a Noah, y finalmente sus ojos se cruzaron con los míos. La hostilidad unificada del equipo acababa de aplastar su ego en menos de treinta segundos, dejándole dolorosamente claro que él solo era un parche temporal.
Di un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros. Utilicé mi altura y mi envergadura para invadir su campo visual, sosteniéndole la mirada.
—Haz tu trabajo de forma segura mientras yo me curo, Parrish, y asegúrate de que mi equipo vuelve entero a esta base en cada misión —le ordené, con un tono bajo —.
Pero te daré un consejo gratuito: no te pongas demasiado cómodo en mi arnés.
Porque en tres semanas vuelvo a mi helicóptero. Y a ti te tocará recoger el equipo.
✽✽✽
El zumbido constante de los servidores y la crepitación intermitente de la estática en la banda VHF rellenaban el espacio de la sala de control, un búnker de pantallas táctiles y mapas topográficos que se elevaba sobre el hangar de la base.
Era mi primer turno en la consola de coordinación, atrapado entre auriculares y pantallas de telemetría en lugar de colgado de un cable de acero.
A las once y cuarenta, el silencio se rompió con el estallido agudo de la sirena de emergencias. Tres tonos largos y cortantes.
Clover Donovan se enderezó en su silla contigua como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus enormes ojos turquesa escanearon la pantalla de entrada de datos mientras sus dedos volaban sobre el teclado mecánico.
—Aviso del centro de coordinación del condado —anunció Clover, con la voz despojada de su habitual ligereza —.
Excursionista rezagado. Alerta de socorro activada a través de un dispositivo satelital de baja frecuencia.
El emisor se está quedando sin batería y la triangulación es errática debido a la densa capa de nubes sobre la vertiente norte.
Indica caída de altura con posible fractura abierta de fémur.
—Activa al equipo Alfa. Código Rojo —dictaminé al instante, pulsando el conmutador de la frecuencia interna de la base.
Mi voz sonó grave y calmada, el reloj empezaba a correr en contra—.
Base a Alfa Uno. Tenemos un rescate técnico en pared.
Paciente politraumatizado en la zona alta de Black Rock .
Prepárense para salida inmediata. Viento cruzado de veintiocho nudos en la cresta.
— Recibido, Base. Alfa Uno listo para puesta en marcha —la voz de Caleb crepitó en mis auriculares, limpia, desprovista de dudas.
Apenas unos segundos después, el rugido masivo de la turbina del helicóptero reverberó a través de la estructura metálica de la base, un temblor familiar que me removió las entrañas.
En las pantallas de control, el icono del Alfa Uno pasó de gris a verde parpadeante mientras se elevaba sobre la explanada barrida por el viento, adentrándose en el cielo plomizo y en dirección al bosque oscuro.
— Alfa Uno en el aire, rumbo a la zona de búsqueda —reportó Caleb—. Ian, la visibilidad está empeorando por momentos. La niebla está bajando por el desfiladero y el rebote de la señal satelital nos da un radio de búsqueda de casi dos kilómetros. Es demasiada roca que batir con este viento.