TRECE #2
Giré el rostro hacia mi hermana, esperando ver la misma estupefacción en sus facciones, pero lo que encontré me descolocó aún más.
Georgia no estaba sorprendida. Estaba tensa.
Se inclinó sobre la mesa, cubriendo la mano de Sloane con la suya, y le aseguró en voz baja, con una gravedad inusual, que podía contar con ella para lo que necesitara, a la hora que fuera.
En la quietud de ese cruce de miradas, comprendí dos cosas de forma cristalina: que mi hermana conocía el secreto mejor guardado de Sloane, y que la mera mención del padre de Jonah le provocaba a Georgia una intranquilidad profunda.
El busca de Sloane pitó de repente, rompiendo la densidad del momento. Se disculpó con una sonrisa cansada y se levantó a toda prisa para atender una llamada importante, dejándonos a solas.
Georgia se quedó mirando el asiento vacío de su amiga, sumida en un silencio rumiante, frotándose la sien con dos dedos.
—¿Estás bien, Gia? —le pregunté en un murmullo, sintiendo una punzada de preocupación apretándome el pecho.
Georgia parpadeó, sacudiendo la cabeza como si intentara espantar el humo de un incendio. Forzó una media sonrisa que no alcanzó a iluminarle el color de los ojos.
—Sí, no te preocupes. Solo son... viejos fantasmas. Nada que no pueda manejar.
No le creí. Tras su mirada avellana, vi arremolinarse una sombra oscura. En ese instante, supe que huir del estrés de Portland no era el verdadero motivo por el que mi hermana había regresado a Wildwater Falls. Pero decidí no presionarla y dejar esa puerta entornada.
—Cambiando de tema —anunció, y un brillo de complicidad maliciosa regresó a su rostro—. Debo admitir que tu novio me ha dejado absolutamente impresionada esta mañana. El adolescente arrogante que yo recordaba jamás habría sido capaz de pararle los pies a Evelyn con esa frialdad.
Sentí que el rubor me teñía las mejillas, el calor extendiéndose por mi cuello bajo la tela del uniforme azul, provocado por el simple recuerdo de la mano de Ian protegiendo la mía.
—Ian no es mi novio, Georgia —le aclaré de inmediato, removiéndome incómoda en el asiento, intentando disipar la ensoñación—. Es... es otra cosa.
Georgia soltó una carcajada cristalina y sonora, apoyando la barbilla en la palma de su mano para escrutarme mejor.
—Tienes razón, Sav. Quizá la etiqueta de novio se queda ridículamente pequeña para describir a Ian Collins.
A juzgar por la forma en que te miraba, por cómo te ha besado frente al personal de urgencias y, sobre todo, por cómo estaba dispuesto a aniquilar a nuestra madre solo por respirar tú mismo aire...
la palabra novio es una minucia en comparación con lo que ese hombre parece sentir por ti.
Me quedé en silencio, jugueteando nerviosa con el envoltorio de papel de mi servilleta.
Las palabras de mi hermana resonaban en mi cabeza, dulces y tentadoras, pero mi cerebro se negaba a aceptarlas.
No quería sobre analizar la situación con Ian.
Sí, teníamos una especie de pacto de protección.
Sí, había una atracción física salvaje e innegable, y me trataba con una veneración que me cortaba la respiración.
Pero, en lo más profundo de mis huesos, sabía que nuestro idilio era un refugio temporal.
Ian Collins era miembro del equipo Alfa.
Era un hombre imponente, un dios de la montaña que adoraba el riesgo, el hielo y la naturaleza salvaje.
Yo solo era la enfermera traumatizada que le cambiaba los vendajes.
Tarde o temprano, la novedad de rescatarme de mis propios escombros emocionales se desvanecería.
Encontraría a alguien que encajara de verdad en su mundo sin necesidad de ser reparada: una mujer atlética, interesante, deslumbrante, con su misma pasión por el alpinismo y sin el lastre de una familia desestructurada y un divorcio humillante.
El mero pensamiento de perderlo, de ver cómo su intensidad se dirigía hacia otra persona, me provocó una punzada de dolor tan aguda, que casi me dejó sin aire. Me tragué el nudo de la garganta con esfuerzo, parpadeando para alejar la humedad de mis ojos.
Levanté la barbilla, forzándome a ser pragmática.
No iba a permitir que el miedo al inevitable final me arruinara el único destello de luz que tenía en mi presente.
Si mi tiempo en los brazos y en la cama de Ian era temporal, si nuestra relación tenía fecha de caducidad, estaba decidida a exprimir hasta el último segundo de ese espejismo.
✽✽✽
El trayecto desde el hospital hasta Raven Ridge estuvo marcado por una lluvia intermitente y el agotamiento mental que me pesaba en los huesos.
Solo deseaba llegar a la cabaña de Hannah, darme una ducha hirviendo y sepultarme bajo el edredón para silenciar los ecos de mi madre.
Sin embargo, al aparcar frente al porche de madera, noté que las luces del salón estaban encendidas.
Al abrir la puerta principal, la escena que me recibió fue tan surrealista que mi cerebro tardó un par de segundos en procesarla.
El rústico y acogedor salón de la cabaña había sido invadido.
Un juego de tres maletas de diseño, rígidas y con monogramas, descansaba junto a la chimenea apagada.
Y allí, en el centro de la estancia, desempaquetando un neceser de cuero sobre la mesa de centro con absoluta desfachatez, estaba Evelyn Robbins.
—Ah, Savannah, llegas justo a tiempo —anunció mi madre, sin siquiera levantar la vista de sus cosméticos, utilizando ese tono cantarina y autoritario que me revolvía el estómago—.
Las almohadas de la habitación principal son espantosas, he tenido que pedir a un taxi que me trajera las mías.
Como la cabaña es un agujero diminuto y Georgia ocupará la otra habitación, supongo que no te importará dormir en el sofá.
Es solo por un par de noches, hasta que la inmobiliaria me entregue las llaves de mi nueva casa.
Me quedé paralizada en el umbral, con las llaves aún colgando de los dedos.
La audacia de la mujer era tan gigantesca que me robó el oxígeno.
Había irrumpido en una propiedad que no era suya, me había arrebatado mi cama y me estaba relegando al salón con la naturalidad de quien aparta un mueble viejo.
El crujido de la grava anunció la llegada del coche de Georgia.
Segundos después, mi hermana entró por la puerta, sacudiéndose el agua del abrigo.
Se detuvo en seco al chocar con mi espalda.
Asomó la cabeza y, al registrar la estampa de Evelyn instalándose como si fuera la dueña del mundo, la furia le encendió los ojos avellana.
—¿Qué demonios significa esto? —estalló Georgia, avanzando hacia el centro del salón con pasos letales—. Coge tus cosas y lárgate ahora mismo, Evelyn. No estás invitada aquí.
Mi madre dejó un frasco de crema sobre la mesa y suspiró, girándose hacia su primogénita con una sonrisa condescendiente de mártir.
—Gigi, por favor, no montes una escena. Es de mal gusto. Sabes perfectamente que los hoteles del pueblo están llenos por el inicio de la temporada de pesca. Solo serán dos noches. No voy a dormir en la calle.
—Me importa un reverendo pepino dónde duermas —siseó mi hermana, perdiendo por completo la compostura médica—. Savannah, llama a Ian. Si se lo pides, la sacará de aquí en volandas y lanzará sus malditas maletas de diseño por el barranco.
El nombre de Ian flotó en el aire. Una parte de mí quiso coger el teléfono y marcar su número.
Quería que viniera, que llenara el salón con su presencia y aplastara la arrogancia de mi madre.
Pero la idea de arrastrar a Ian, por segunda vez en el día, a este pozo de toxicidad me pareció injusto.
Él no merecía lidiar con la histeria de Evelyn.
Una cosa era que hiciera de escudo en situaciones sociales y otra que abusara de su buena voluntad constantemente.
Si algo empezaba a entender es que necesitaba ser capaz de poner límites yo sola.
—No voy a llamar a Ian —dictaminé, avanzando hacia el salón y obligándome a endurecer la voz—. Te quedarás una noche, Evelyn. Una sola noche. Y mañana a primera hora te buscarás la vida. Pero yo no voy a dormir en el sofá.
Miré a Georgia, buscando su apoyo en la trinchera.