Ridge (Wildwater Falls 3) TRECE
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TRECE

Savannah

E l grito estridente que reverberó contra las paredes asépticas de la sala de urgencias me paralizó la sangre en las venas.

Giré el rostro con una lentitud mecánica. Las puertas automáticas se habían abierto de par en par, y allí, en el centro del umbral, bloqueando el paso de camillas y paramédicos con una absoluta ignorancia de su entorno, estaba Evelyn Robbins.

Se suponía que no llegaría al pueblo hasta finales de semana, pero el caos y la imprevisibilidad siempre habían sido sus armas favoritas.

Evelyn barrió la estancia con una mirada crítica hasta que localizó la bata blanca de mi hermana. Ignorando por completo los protocolos, las miradas de los celadores y el hecho de que estábamos en un entorno clínico, avanzó hacia ella abriendo los brazos en un gesto exageradamente teatral.

—¡Gigi, mi niña! ¡Mírate, estás deslumbrante!

—exclamó mi madre, alzando la voz para asegurarse de que todo el personal del hospital fuera testigo de su adoración—.

Sabía que esa bata te sentaría como un guante en cuanto volvieras.

Tienes una luz especial, cariño. Todo el mundo me está preguntando por la brillante doctora Robbins.

Georgia se tensó visiblemente, recibiendo el abrazo con una rigidez dolorosa, incómoda hasta la médula por el espectáculo público.

Yo, por mi parte, me había quedado en estado de shock . Sin pensar, guiada por un instinto de supervivencia, bajé la mano y busqué a ciegas la de Ian.

Sus dedos, ásperos y cálidos, se entrelazaron con los míos en una fracción de segundo.

Ian me atrajo sutilmente hacia él, acortando el espacio hasta que mi hombro rozó la solidez de su brazo, colocándose a medias entre el huracán que se avecinaba y yo, erigiéndose como una barrera.

Una oleada de gratitud inmensa me aflojó el nudo de la garganta.

Finalmente, Evelyn se separó de Georgia y giró el rostro hacia nosotros. Su mirada barrió mi uniforme azul marino con un desdén mal disimulado y, de inmediato, se clavó en nuestras manos unidas.

Sus labios, pintados de un rojo perfecto, se curvaron en una sonrisa condescendiente y afilada como un bisturí. Avanzó hacia el mostrador, flanqueada por una Georgia que ya se preparaba para el impacto.

—Savannah, querida... —suspiró Evelyn, con ese tono de falsa compasión que solía usar para despellejarme viva—.

Por el amor de Dios, qué falta de educación.

Suéltate ahora mismo. Es de muy mal gusto que te aferres de esa manera a la mano de un hombre que no es tu pareja.

El pobre Ian seguramente es demasiado educado y caballeroso para decirte lo mucho que lo molestas tocándolo así en tu lugar de trabajo.

E l golpe fue directo a la yugular. La humillación me incendió el rostro, trepando por mi cuello como ácido.

Las palabras de Phillip llamándome pegajosa e insuficiente resonaron en mi cabeza.

Me quedé muda, sin aire en los pulmones, y en un acto reflejo de vergüenza absoluta, hice el amago de soltar la mano de Ian.

Él no solo no me soltó, sino que apretó mi mano entre la suya con una fuerza posesiva e innegociable, aplastando mis dedos contra su palma caliente, impidiéndome huir. Percibí cómo la musculatura de su brazo entero se tensaba como la cuerda de un arco.

Georgia dio un paso al frente, con los ojos avellana ardiendo de furia.

—Madre, basta ya. No te atrevas a hablarle a Savannah de...

—No vuelva a dirigirse a Savannah con ese tono. Jamás. Y muchísimo menos en público —la interrumpió Ian.

Su voz fue un trueno bajo y oscuro que retumbó en la sala de urgencias. El timbre autoritario congeló las palabras en la boca de Evelyn.

Mi madre parpadeó, descolocada ante la hostilidad de uno de los hombres más respetados de Wildwater Falls. Intentando recuperar el control, Evelyn soltó una risita nerviosa y extendió una mano con dedos enjoyados para tocar el brazo de Ian, buscando complicidad en su delirio.

—Oh, Ian, por favor, no te lo tomes a mal. Solo intento enseñarle a mi hija pequeña algo de decoro, ya sabes cómo es, a veces se vuelve un poco...

Ian dio un paso atrás, apartándose del roce de Evelyn con un gesto de repugnancia gélida, como si el contacto de su mano lo hubiera ensuciado.

—Le sugiero que se ahorre sus lecciones de decoro para alguien a quien le importen, señora Robbins —dictaminó Ian, sosteniéndole la mirada con una ferocidad que hizo que Evelyn retrocediera un paso—.

Y, para que quede absolutamente claro: Savannah no solo puede tocarme cuando le dé la maldita gana, sino que es la única mujer en este planeta que tiene permiso para hacerlo.

La sala entera pareció dejar de respirar. Evelyn se quedó con la boca abierta, incapaz de articular un solo sonido.

A mi lado, escuché una risa ahogada. Georgia, con los brazos cruzados sobre su bata blanca, me dio un suave codazo en las costillas.

—Oficialmente, me declaro la fan número uno de Ian Collins —me susurró mi hermana al oído, con un tono reverencial.

La tensión que me oprimía el pecho se rompió ante el comentario de Georgia. Parpadeé, saliendo del trance, y miré a mi hermana de reojo, sintiendo que una chispa de valentía, alimentada por el hombre que me sostenía la mano, prendía en mi interior.

—Ponte a la cola, Gia —le respondí en un susurro igual de bajo, con el corazón latiéndome desbocado.

Georgia soltó una carcajada abierta, asintió y, recuperando su autoridad, se giró hacia nuestra madre.

—Se acabó el espectáculo, madre. Estás interfiriendo en el funcionamiento de una sala de urgencias. Haz el favor de marcharte ahora mismo. Savannah y yo ya hablaremos contigo cuando terminemos nuestro turno, fuera de este recinto.

Evelyn, humillada por la expulsión conjunta y la falta de reverencia, apretó los labios hasta dejarlos convertidos en una línea fina. Sin decir una palabra más, giró sobre sus tacones y desanduvo el camino hacia las puertas correderas.

En cuanto las puertas se cerraron tras ella, dejé escapar un suspiro largo y tembloroso, sintiendo que las piernas me fallaban.

Ian soltó mi mano, pero solo para envolverme la cintura con su brazo izquierdo y pegarme a su costado. Bajó el rostro, buscando mis ojos con una intensidad que me escudriñaba el alma.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, y toda la dureza que había empleado con Evelyn se transformó en una preocupación suave y densa.

Lo miré, abrumada por la tormenta de emociones que me sacudía. Me encogí de hombros, dejando que mi vulnerabilidad se filtrara.

—Honestamente... no lo sé, Ian. Necesito procesarlo. No me esperaba que llegara hoy, y mucho menos que lo primero que hiciera al verme fuera disparar a matar en público.

Ian asintió despacio. Me atrajo un poco más contra su cuerpo cálido y sólido. Inclinó la cabeza, acercando los labios a mi oreja hasta que su aliento me rozó la piel, enviándome un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo.

—Tengo que irme a la base y dejarte trabajar —susurró, con esa voz oscura que me despertaba instintos que creía muertos—.

Pero escúchame bien, preciosa. Si vuelve a aparecer por aquí, si te envía un mensaje o si simplemente necesitas escuchar mi voz para no volverte loca...

me llamas. Dejaré lo que esté haciendo y vendré. ¿Entendido?

Me derretí contra su pecho. Me sentía blindada, reclamada y salvajemente excitada por la forma en que me apoyaba.

—Entendido —susurré, alzando el rostro hacia él.

Ian no necesitó más. Me dio un último beso apasionado, húmedo y profundo que me dejó los labios latiendo de pura anticipación, y finalmente me soltó.

Retrocedió un par de pasos, despidiéndose de Georgia con un asentimiento serio, y se giró para caminar hacia la salida.

Me quedé allí de pie, en medio del mostrador de enfermería, viendo cómo su figura ancha desaparecía por el pasillo.

De repente, a pesar de estar rodeada de pacientes y compañeros, me sentí extrañamente sola, con una punzada de anhelo instalándose en mi pecho, echándole de menos de una forma que empezaba a ser peligrosa.

✽✽✽

El resto de mi turno en urgencias transcurrió envuelto en una neblina.

Evelyn había vuelto a hacerlo: bastaron un par de minutos de su presencia para hacer temblar mis cimientos.

Trabajé en piloto automático, canalizando mi ansiedad en vías intravenosas y triajes rápidos.

Hannah, Logan y Avery habían sido absorbidos por la vorágine del ala quirúrgica tras la llegada de una emergencia grave, por lo que el peso del departamento recayó casi por completo sobre mis hombros y los de Georgia.

Cuando por fin logramos arañar veinte minutos para comer, la cafetería del hospital nos recibió con su habitual ruido de bandejas metálicas y murmullos exhaustos.

Nos sentamos en una mesa esquinada junto a los ventanales empapados por la lluvia.

Segundos después, Sloane se dejó caer en la silla vacía frente a nosotras.

La directora médica tenía sombras violáceas bajo los ojos y los hombros hundidos bajo el peso de su impecable chaqueta ejecutiva; su postura rígida evidenciaba que llevaba días sin dormir más de un par de horas seguidas.

Sloane removió su café con la mirada perdida en el líquido oscuro. No quiso dar demasiados detalles, pero lo que pronunció en un susurro agotado fue suficiente para helarme la sangre: las cosas se estaban complicando de forma ineludible con el padre de Jonah.

Me quedé petrificada, con el tenedor suspendido en el aire. La paternidad de su hijo siempre había sido el mayor tabú que Sloane jamás permitía que nadie mencionara. Era un territorio minado del que nunca se hablaba en el hospital.