Ridge (Wildwater Falls 3) DOCE #2
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DOCE #2

—Me importa un pepino cómo te sientas, Ian.

La biomecánica de la articulación aún no está lista para soportar cargas de impacto —replicó mi cuñado con dureza—.

Tardarás dos o tres semanas más en poder reincorporarte a las operaciones de vuelo.

No puedes colgarte de un cable del cabrestante, ni levantar a un paciente en camilla, ni soportar el peso del equipo de excarcelación.

Puedes volver a la base hoy mismo, pero solo para tareas administrativas, logística o coordinación de comunicaciones por radio.

Nada de trabajo de campo. Y tienes que seguir las sesiones de fisioterapia a rajatabla. Sin excederte, que te conozco.

Apreté la mandíbula, conteniendo el instinto de discutir. El helicóptero era mi vida, la adrenalina del rescate era mi motor, y la idea de pasarme tres semanas confinado en un escritorio rellenando informes y escuchando la estática de la radio me parecía una condena carcelaria.

—Has tenido mucha suerte con la fractura, y tu recuperación ha sido espectacular gracias a que, por una vez en tu vida, has obedecido las pautas médicas —continuó Logan, suavizando un poco el tono, pero manteniendo la firmeza—.

No lo jodas ahora por querer correr demasiado.

Un tirón fuerte en ese hueso antes de que el callo se remodele por completo y tendrás que pasar por mi quirófano para que te ponga una placa de titanio y seis tornillos. Tres semanas no son nada, Collins.

Exhalé un suspiro ronco, pasando la mano izquierda por mi pelo corto. La lógica médica era irrebatible, y sabía que Logan era el mejor en lo suyo. Además, la promesa de poder hacer vida normal apaciguó un poco mi instinto destructivo.

—De acuerdo —gruñí, quitándome el inmovilizador por encima de la cabeza y tirándolo a la papelera de residuos de la consulta con una satisfacción inmensa—. Tres semanas de oficinista.

Salí de la consulta de traumatología moviendo el brazo derecho por primera vez en semanas sin ataduras, sintiendo una ligera rigidez en el trapecio, pero saboreando la libertad.

Apenas había dado unos pasos por el pasillo cuando me topé de frente con Avery, que salía de la sala de curas revisando un historial.

Al verme sin el arnés negro, a mi hermana se le iluminó el rostro.

—¡Ya no hay cabestrillo! —exclamó, acercándose para inspeccionarme con ojos clínicos—. ¿Te ha dado el alta?

—A medias —respondí de forma escueta, sin detenerme demasiado—. Tres semanas en el banquillo haciendo trabajo de comunicaciones, pero puedo conducir y usar ambos brazos para cosas que no impliquen colgarme de un helicóptero.

—Ian, eso es genial, significa que el hueso ha soldado... —empezó a decir Avery.

—Hablamos luego, tengo que irme. Voy a urgencias a ver a Savannah para contárselo —la interrumpí, reanudando la marcha por el pasillo con pasos largos y decididos, con un único objetivo fijado en mi radar.

A mi espalda, escuché la risa cantarina y burlona de Avery resonar en el pasillo de traumatología.

—¡Claro, ve a marcar territorio, grandullón! ¡No vayas a perder tres segundos!

Ignoré la burla de mi hermana. Me importaba bastante poco parecer desesperado. Savannah me estaba esperando, yo ya no tenía cadenas que me limitaran los movimientos, y la iba a besar hasta que a los dos se nos olvidara cómo respirar.

Crucé las puertas dobles de la sala de urgencias con pasos largos y seguros.

Al instante, la atmósfera a mi alrededor cambió sutilmente.

Yo estaba acostumbrado al reconocimiento, pero esa mañana, el murmullo que se propagó como la pólvora por el pasillo no tenía nada que ver con los rescates de montaña.

Enfermeras, celadores y un par de médicos residentes detuvieron sus conversaciones, clavando la mirada en mí.

Aceleré mis pasos decididos por el pasillo de linóleo, ignorando las miradas furtivas y manteniendo mi objetivo fijado al final del corredor: el control principal de enfermería.

A medio camino, me crucé con Georgia. Llevaba una carpeta de historiales bajo el brazo y una taza de café en la mano. Al verme pasar sin el cabestrillo, con la mandíbula tensa y la determinación grabada en el rostro, enarcó una ceja y detuvo su marcha.

—Buenos días, cuñado —saludó Georgia, con una sonrisa ladeada.

—Buenos días, cuñada.

Seguí avanzando. Allí estaba ella. Savannah se encontraba tras el mostrador de control, enfrascada en la pantalla del ordenador, tecleando con rapidez mientras sostenía un teléfono entre el hombro y la oreja. Estaba completamente ajena a los murmullos. Esa concentración feroz me volvía loco.

Me detuve frente al mostrador. El silencio se hizo en un radio de tres metros a nuestro alrededor. Savannah terminó de dar una indicación por teléfono, colgó y, al percibir la quietud anormal a su alrededor, levantó por fin la mirada.

Sus ojos avellana chocaron con los míos. Pude ver el instante exacto en que su cerebro procesó la imagen: yo, plantado frente a ella, con los hombros anchos y alineados, y el brazo derecho descansando con naturalidad a mi costado, libre por fin de la prisión de velcro y tela negra.

La sorpresa le ensanchó las pupilas.

—Ian... —susurró, poniéndose en pie al instante.

No le di tiempo a decir nada más. Me importaba una reverenda mierda quién estuviera mirando.

Rodeé el mostrador de triaje en dos zancadas, me incliné hacia ella y capturé sus labios en un beso rotundo, abrasador y profundamente posesivo.

Le arrebaté el aliento frente a medio departamento de urgencias, saboreando el café y el dulzor de su boca, marcando mi territorio.

—Ya tengo el alta de Logan —le anuncié, murmurando las palabras contra sus labios, con la voz oscura y vibrante por la victoria—. Para hacer vida normal.

Savannah soltó un pequeño grito de pura alegría que me iluminó el alma.

Toda su contención profesional saltó por los aires.

Se lanzó directamente a mis brazos, rodeándome el cuello con una fuerza que me sorprendió.

La recibí encantado, envolviéndola con mis dos brazos operativos por primera vez en un mes.

La estreché contra mi pecho con fiereza, levantándola un par de centímetros del suelo, hundiendo el rostro en su cuello para aspirar a pleno pulmón su olor inconfundible a caramelo.

Era el cielo. Tenerla pegada a mí, sintiendo su risa vibrar contra mis costillas, me hizo sentir invencible.

—Deberíamos salir a celebrarlo esta noche —le propuse, bajándola despacio hasta que sus pies volvieron a tocar el suelo, aunque me negué a soltarle la cintura—. Una cena. Tú y yo. Donde tú quieras.

Pero Savannah no llegó a responder.

Un grito estridente, agudo y terriblemente desentonado rasgó el ambiente aséptico de la sala de urgencias, cortando nuestra burbuja de un plumazo.

—¡Gigi y Nana!

Savannah se quedó completamente paralizada en mis brazos. Sentí cómo su espalda se convertía en una placa de acero. El calor de su cuerpo pareció evaporarse, sustituido por un escalofrío que le bajó por la columna vertebral.

Se giró hacia las puertas automáticas de la sala con movimientos mecánicos. Yo no solté su cintura; al contrario, afiancé el agarre y seguí la dirección de su mirada asustada.

En el umbral de urgencias, bloqueando el paso con una actitud de superioridad, se erguía una mujer de mediana edad.

Llevaba el pelo largo, teñido de un tono caoba impecable pero artificial.

Era alta, de postura estirada, y vestía un conjunto de sastre y accesorios de diseño que parecían recién salidos de una pasarela de moda de alta costura, un atuendo fuera de lugar para un centro de trauma en un pueblo de montaña.

Miraba a su alrededor con una mueca de ligero desdén, hasta que sus ojos se clavaron en la figura de mi chica.

Era Evelyn Robbins.

El huracán tóxico había tocado tierra. Sentí el temblor levísimo en los hombros de Savannah, y una furia fría, calculada y letal se instaló en mi pecho. Enderecé mi espalda, utilizando cada centímetro de mi envergadura para colocarme a medias entre la puerta y Savannah.