DOCE
Ian
H abía pasado exactamente una semana desde la noche en la que Savannah se deshizo en mis manos sobre la tapicería del sofá.
Siete días en los que habíamos mantenido intacta nuestra rutina matutina, robando besos abrasadores y caricias contenidas antes de sus turnos en urgencias, pero la frustración había empezado a devorarme la paciencia.
Estaba desesperado por conseguir el alta médica.
Había cumplido el protocolo ortopédico de Logan a rajatabla: la inmovilidad, los ejercicios, el maldito cabestrillo.
Todo para asegurar que la fractura de mi clavícula consolidara a la perfección.
No estaba dispuesto a retrasar mi recuperación ni un solo día, porque mi salud era lo único que me separaba de poder hacerla mía de verdad.
Era lunes por la mañana. Cerré el grifo de la ducha, dejando que los últimos restos de agua caliente se escurrieran por mis hombros.
Me anudé una toalla de rizo oscuro a la cadera, dejándola descansar baja sobre la línea de mi abdomen, y me pasé una mano por el pelo corto y húmedo.
Justo cuando salía al pasillo, dejando atrás la bruma densa del baño, el sonido de los nudillos golpeando la madera de la puerta principal resonó en el piso.
Sabía quién era.
No me molesté en buscar una camiseta. Caminé hacia la entrada, con el pecho desnudo y la piel aún perlada por la condensación, y giré el pestillo.
Al abrir la puerta, Savannah se quedó de piedra.
Llevaba su uniforme azul del hospital bajo el abrigo, pero toda la profesionalidad que irradiaba se evaporó en el instante en que sus ojos avellana chocaron con mi torso.
Sus pupilas se dilataron, escaneando la amplitud de mis pectorales y bajando hasta el nudo precario de la toalla con una fijeza que me aceleró el pulso.
Tragó saliva, alzando la vista hacia mi rostro, y una sonrisa nerviosa y divertida se abrió paso en sus labios.
—Espero que no le abras así la puerta a todo el mundo, Collins —comentó, intentando sonar casual, aunque la respiración entrecortada la delataba por completo.
Me apoyé en el marco de la puerta, curvando la comisura de los labios en una media sonrisa canalla.
—Solo a ti, preciosa.
No le di tiempo a replicar. Di un paso al frente, acortando la distancia de golpe, y levanté mi mano izquierda.
Mis dedos se abrieron paso con total familiaridad bajo la masa de su pelo caoba, envolviendo su nuca con ese agarre firme y dominante que sabía que la rendía al instante.
Tiré de ella hacia mí, metiéndola en el piso de un solo movimiento, cerré la puerta con un empujón del pie y estrellé mi boca contra la suya en un beso apasionado y voraz.
Savannah soltó un pequeño gritito ahogado, apoyando las manos instintivamente en mi pecho desnudo.
—¡Ian, cuidado con la clavícula! —advirtió contra mis labios, asustada por la brusquedad de mi impulso.
—Todo está bien —le aseguré en un murmullo áspero, sin soltarla, volviendo a capturar su boca—. Solo deseo ver a Logan y que me quite esta maldita condena de encima.
Al escucharme, Savannah dejó de resistirse.
La poca tensión que le quedaba en los hombros se esfumó y se derritió contra mí.
Me devolvió el beso con una avidez que me incendió la sangre.
Era un beso de cuerpo entero, profundo, sin filtros.
Mis manos abandonaron su nuca y trazaron el camino de su espalda, bajando con posesividad hasta agarrar firmemente sus nalgas.
La alcé unos centímetros y encajé sus caderas contra la dureza de mi pelvis, obligándola a sentir la erección inmediata y violenta que me había provocado su simple presencia en mi puerta.
—Llevo semanas torturado, deseando hacer exactamente esto —le gruñí contra la comisura de la boca, besándola de nuevo.
La observé un instante mientras mantenía los ojos cerrados, entregada al vaivén del beso.
Fue entonces cuando lo vi. La piel de su cuello y el inicio de su escote se habían teñido de un rubor violento que contrastaba hermosamente con la palidez de su tez.
Cuando se excitaba salvajemente, o cuando alcanzaba un orgasmo como aquella noche en el sofá, su cuerpo la delataba con ese rubor.
Sonreí, inmensamente satisfecho. Me aparté apenas un centímetro, rozando su nariz con la mía, y le susurré directamente contra los labios húmedos e hinchados.
—Vete preparando, Savannah. Porque como Logan me dé el alta hoy, te juro que no te voy a dejar salir de este apartamento en toda una maldita semana.
Los ojos de Savannah se abrieron despacio, pesados por el deseo, y una sonrisa lánguida le iluminó las facciones. Se alzó sobre las puntas de los pies y me dio un beso breve y suave.
—Tienes que vestirte —murmuró, acariciando mi pecho con los nudillos—. Llegaremos tarde.
Asentí, resignado. Me separé de ella a regañadientes y caminé hacia el dormitorio. Me puse unos vaqueros oscuros, cerrando el botón sobre la erección que aún me latía con fuerza, y me deslicé en una camisa de franela a cuadros.
Al regresar al salón, Savannah estaba allí de pie, esperándome con el inmovilizador negro entre las manos. Su postura era firme, recuperando su halo de enfermera de urgencias.
—Te lo tienes que poner para el viaje al hospital, Ian —dictaminó, extendiendo las correas del cabestrillo hacia mí.
Solté un bufido fastidiado, clavando la mirada en el artilugio ortopédico que tanto detestaba.
Estaba harto de estar atado, harto de ser el paciente inútil.
Pero, al ver la expresión expectante y cuidadosa de mi chica, apreté la mandíbula y me acerqué a ella.
Agaché la cabeza para dejar que me pasara la tira por el cuello, decidiendo hacerle caso.
✽✽✽
El bullicio del vestíbulo principal del Wildwater Regional Trauma Center era el habitual de un lunes por la mañana: un enjambre de batas blancas, el eco de los pasos sobre el linóleo pulido y ese inconfundible olor aséptico.
Savannah se detuvo frente al pasillo que conectaba con las puertas dobles de Urgencias.
—Mucha suerte con Logan —me dijo, dedicándome una sonrisa que no lograba ocultar el brillo expectante de sus ojos—. Búscame en cuanto acabes la visita y me cuentas qué te ha dicho.
Hizo un amago de darse la vuelta, pero no iba a dejarla marchar así, no después de haberme contenido a duras penas en mi casa.
Levanté mi mano izquierda y atrapé su nuca con suavidad.
La detuve en seco. Savannah soltó un pequeño jadeo de sorpresa cuando tiré de ella hacia mi pecho, ignorando por completo a los celadores, pacientes y enfermeras que transitaban a nuestro alrededor.
Bajé la cabeza y la besé. Fue un beso abrasador, hambriento y descaradamente público.
La reclamé a la vista de todo el hospital dejando claro a cualquiera que mirara a quién pertenecía.
Un silbido suave y prolongado rompió nuestra burbuja.
—Como no os detengáis ahora mismo, vais a acabar incendiando el hospital entero, y te recuerdo que los aspersores estropearán el papeleo de admisiones.
Me separé de los labios de Savannah con una lentitud deliberada, sin soltar mi agarre en su nuca.
Ella tenía el rostro encendido por un rubor precioso y la respiración agitada, pero no hizo ningún ademán de apartarse.
Giré la cabeza hacia la voz. Hannah caminaba por el pasillo central, vestida con su pijama quirúrgico verde, sosteniendo un par de carpetas contra el pecho y mirándonos con una ceja arqueada y una sonrisa de pura diversión.
Lejos de amedrentarme, esbocé una media sonrisa arrogante.
—Buenos días, doctora O’Malley —saludé, con el tono grave y arrastrado—. ¿Qué tal está Caleb? Lo digo porque, a juzgar por los ruidos y el humo que salen de vuestra cabaña en Raven Ridge, tampoco sois precisamente un ejemplo de contención pública para evitar incendios.
Hannah soltó una carcajada abierta, sonora y carente del más mínimo pudor.
— Touché, Collins —concedió la jefa de trauma, sin detener su marcha hacia el ala de quirófanos—. Sav, te veo en la cafetería a media mañana para un café. ¡Y tú, suerte con ese hombro!
Cuando Hannah desapareció por el pasillo, finalmente liberé la nuca de Savannah, no sin antes acariciarle la línea de la mandíbula con el pulgar. Ella me dedicó una última mirada fulgurante, cargada de una promesa muda, y se marchó hacia su turno.
Quince minutos después, estaba en la consulta de traumatología de Logan Pierce.
Mi cuñado estaba de pie frente a la pantalla iluminada, analizando la radiografía reciente de mi clavícula derecha con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Lo respetaba como médico, lo había visto hacer cosas increíbles, pero ahora estaba acabando con mi paciencia.
—El callo blando se ha osificado a un ritmo excelente, Ian. La consolidación de la fractura es sólida y no hay desplazamiento —dictaminó Logan por fin, apagando la pantalla y girándose hacia mí.
—Entonces, quítame esta mierda y fírmame el alta —exigí, señalando el cabestrillo con la barbilla.
Logan se apoyó en el borde de su escritorio, mirándome con la severidad imperturbable de un médico que no se deja intimidar por un paciente como yo, en el fondo estábamos cortados por el mismo patrón.
—Te quito el cabestrillo. Ya no lo necesitas. Estás autorizado para conducir y para hacer vida normal... —Hizo una pausa, levantando un dedo acusador hacia mí—. Pero no te voy a dar el alta definitiva para el Alfa Uno.
La frustración me golpeó el pecho.
—Logan, me siento perfectamente. No me duele.