Ridge (Wildwater Falls 3) ONCE #3
36%

ONCE #3

Se acomodó contra los cojines del respaldo, con una sonrisa tímida y derretida iluminándole el rostro.

Mientras la película empezaba a proyectar luces parpadeantes sobre nosotros, me acomodé en mi propia revelación.

Jamás en mis treinta y dos años había experimentado ni el más mínimo interés por los pies de una mujer, pero tener los suyos sobre mis muslos, desnudos y adornados con esos colores vibrantes, estaba despertando en mí un fetiche. Si era de ella, lo quería todo.

Mi brazo derecho descansaba inútil en el cabestrillo, pero mi mano izquierda cobró vida propia.

Casi de forma inconsciente, empecé a masajear las plantas de sus pies, ascendiendo por la curva de sus tobillos.

Mis dedos trazaban círculos hipnóticos por sus pantorrillas.

La falda del vestido cedió ante el avance de mi mano, alcanzando la piel inmaculada de sus rodillas.

Un jadeo suave, escapó de los labios de Savannah.

El sonido me golpeó con la fuerza de una descarga eléctrica. Aparté la vista de la pantalla del televisor y giré el cuello.

La imagen me cortó la respiración. Savannah no estaba viendo la película. Tenía la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, el cuello expuesto, el rubor incendiándole el escote y las mejillas y la respiración superficial. Sus ojos estaban fijos en mí. Estaba salvajemente excitada.

Incapaz de soportar la presión, Savannah juntó los muslos e hizo un amago de frotarlos entre sí, buscando un alivio instintivo.

—Detente.

La orden fue un latigazo ronco.

Savannah se congeló en el acto. Separó los muslos de inmediato. Estaba a mi merced, y le encantaba estarlo.

Sin apartar mis ojos de los suyos, deslicé la mano izquierda bajo la tela oscura de su vestido y la empujé hacia arriba, agrupándola sobre su cintura, dejando al descubierto la blancura de sus muslos y el borde de unas bragas de encaje burdeos, a juego con el sujetador.

Mantuve la mano quieta sobre su piel desnuda y la miré, pidiendo el último permiso con la intensidad de mi mirada verde.

Savannah pasó la lengua por sus labios resecos. Su pecho subía y bajaba con violencia. No dijo una sola palabra, pero asintió con firmeza.

Colé el dedo índice por debajo de la cinturilla elástica del encaje y descendí. Al rozar su intimidad, me la encontré empapada. El calor y la humedad me empaparon las yemas de los dedos en un segundo.

—Dios... —jadeó Savannah, arqueando la zona lumbar, despegándose de los cojines.

No esperé más. Aparté la tela de encaje hacia un lado con un tirón seco, revelando su centro. Estaba húmeda, sonrosada y goteando. Mis propios vaqueros me asfixiaban. Estaba duro como la roca, latiendo de necesidad, pero este momento no era para mí. Era para ella.

Empecé a recorrer sus pliegues con las yemas de los dedos, trazando movimientos circulares, lentos y calculados.

La estaba provocando. La escuchaba gemir y retorcerse bajo mi mano, construyendo la tensión, elevando su temperatura hasta que sus uñas se clavaron en la tapicería del sofá.

Cuando noté que estaba al borde del abismo, hundí un dedo largo y grueso en su interior.

Savannah soltó un grito estrangulado, un gemido agudo y puramente sexual.

Con movimientos expertos, firmes y rítmicos, comencé a explorar la estrechez caliente de su cuerpo.

Entraba y salía, combinando la presión interna con el roce incesante de mi pulgar sobre su clítoris.

Quería que se ahogara en el placer. Jamás en toda mi vida, en ninguna de las camas en las que había estado, había sentido una satisfacción tan colosal y perfecta como la de ver arder a esta mujer bajo mis dedos.

Porque Savannah no era una aventura. Era mía.

La fricción constante la estaba destrozando de la forma más hermosa posible.

—Ian... por favor... —suplicó, con la voz rota por los gemidos, girando la cabeza de un lado a otro—. Por favor... no pares... no te detengas, Ian.

—No pienso detenerme, preciosa. Déjate ir.

Al escuchar mi promesa, las barreras de Savannah saltaron por los aires.

Su cuerpo se tensó con una violencia exquisita y se corrió con una fuerza arrolladora.

Los espasmos me atraparon los dedos en su interior, apretándome, ordeñando mi mano mientras sus muslos se cerraban en torno a mi muñeca como si quisiera anclarme a ella para siempre.

Su grito de liberación llenó el salón, puro, genuino y cargado de una catarsis absoluta.

Me quedé allí, observando cómo su respiración descendía lentamente de las nubes, cómo el rubor de su pecho empezaba a disiparse y cómo la relajación más absoluta tomaba el control de sus músculos.

Mi propia erección me dolía a horrores, pero el subidón de endorfinas y adrenalina de haberle dado ese clímax anestesiaba el malestar.

Retiré la mano despacio, limpiándome en un pañuelo de la mesa auxiliar, mientras ella se cubría el rostro con ambas manos, abrumada y exhausta.

Mientras la contemplaba, un pensamiento se cristalizó en mi mente. Su súplica.

«No pares. No te detengas».

No había sido solo una petición nacida de la lujuria del momento; había pánico en su voz.

Durante años, ese había sido su destino con Phillip: un hombre tan profundamente egoísta, torpe y mediocre que la excitaba lo justo para luego usarla y dejarla colgada, insatisfecha, convenciéndola al final de que la culpa de no llegar al orgasmo era de ella.

Apreté la mandíbula hasta que me crujieron los dientes. Aquel hijo de puta no solo le había robado el recetario de su abuela; le había intentado robar su propia sexualidad.

Me juré a mí mismo, allí, en la penumbra de mi salón, que Savannah Robbins jamás volvería a conocer lo que era la insatisfacción. Iba a dedicar el resto de mi vida a hacerla temblar exactamente como lo acababa de hacer.