ONCE #2
—Sí. Sigue en la oficina de la panadería. Fue una de las cláusulas que me impuso en el divorcio. Era entregarle el recetario o entrar en una guerra abierta que hubiera dilatado el divorcio durante meses y meses. Solo quería ser libre. Lo siento mucho.
Georgia no necesitó escuchar más. Levantó la vista y sus ojos buscaron los míos por encima de la cabeza de Savannah. No hubo palabras. Fue una petición silenciosa, directa, de una protectora a otro.
Sostuve la mirada de Georgia y le devolví un único y solemne asentimiento de cabeza.
La promesa silenciosa quedó grabada a fuego en mis entrañas.
Iba a recuperar el recetario de la abuela de Savannah.
Costase lo que costase, ese libro volvería a las manos de su legítima dueña, aunque tuviera que echar abajo la puerta de la panadería de los Brooks para conseguirlo.
✽✽✽
La velada en casa de mis padres comenzó a disolverse con esa cadencia cálida y perezosa que sigue a las buenas cenas de domingo.
Mientras nos poníamos los abrigos en el vestíbulo, Georgia maniobró con una destreza impecable.
Se giró hacia Logan y Avery, pidiéndoles con una naturalidad pasmosa que la acercaran a la cabaña de Raven Ridge.
Savannah, con ese instinto servicial que llevaba grabado en los huesos, se apresuró a protestar.
—No es necesario, Gia. Puedo llevarte yo y luego regresar. No me cuesta nada.
Me mantuve a un par de pasos de distancia, en silencio, abrochándome la chaqueta con la única mano que tenía operativa.
No iba a inmiscuirme. Savanah y yo habíamos acordado continuar la velada en mi piso, pero su agenda con Georgia era cosa de ellas.
Si Savannah deseaba llevar a su hermana hasta la cabaña yo solo iba a sentarme en el asiento del copiloto y disfrutar del viaje.
Avery y Logan, captando al instante la jugada de mi cuñada, se apresuraron a insistir en que el desvío hacia la cabaña les venía de camino. En cuestión de minutos, el todoterreno de mi hermana desapareció por la calle arbolada, dejándonos por fin a solas.
Desde el instante en que arrancó el motor, mi mano izquierda se posó sobre el muslo de Savannah.
No fue un roce tímido, sino un agarre firme.
A través de la tela suave de su vestido largo, podía sentir el calor irradiando de su piel y la contracción sutil de sus músculos cada vez que pisaba los pedales con sus botines de piel.
Me pasé el viaje entero observando su perfil en la penumbra, viendo cómo tragaba saliva y cómo su respiración se volvía cada vez más superficial.
Cuando el clic de la cerradura resonó en mi descansillo y abrí la puerta del piso, la atmósfera cambió.
Se quedó de pie en el umbral, jugueteando con las llaves, repentinamente tímida, consciente del peso de la tensión sexual que flotaba entre los dos.
Estaba nerviosa. Durante la semana anterior, nuestro encuentros se habían limitado al tiempo que ella tenía antes de entrar a su turno, sabíamos que no pasaría de un par de besos y algunas caricias.
Pero ahora era diferente. No había prisa ni turnos a los que llegar.
Quería que se relajara, que recordara que esta casa era su refugio seguro.
—Podemos buscar alguna película —sugerí, encendiendo un par de lámparas cálidas en el salón, manteniendo mi tono deliberadamente doméstico.
Los hombros de Savannah perdieron un poco de su rigidez. Una sonrisa tímida le curvó los labios.
—Me parece bien. Hay un cargamento entero de palomitas en tu despensa que dejé el otro día —ofreció, caminando hacia la cocina con una soltura renovada.
Sonreí en la penumbra. Que dejara cosas en mi casa, que colonizara mis estantes con sus cajas de palomitas, sus tés y sus ingredientes, me encantaba. Quería que dejara su rastro en cada rincón de mi vida.
Me apoyé en el marco de la puerta de la cocina, cruzando el tobillo izquierdo sobre el derecho, limitándome a observar el espectáculo.
Savannah se movía por el espacio con una gracia que me secaba la garganta.
Su vestido largo bailaba alrededor de sus piernas y caderas con un susurro hipnótico, trazando la curva de su figura en cada giro.
Cuando se agachó para buscar un bol en el armario inferior, el escote en uve de su vestido cedió a la gravedad, ofreciéndome una visión fugaz, perfecta y desquiciante de la suave curvatura de sus pechos.
La sangre me martilleó en las sienes. El pulso se me disparó.
Abandoné mi posición en el marco de la puerta. Mis pasos fueron silenciosos, depredadores. Savannah estaba de espaldas a mí, apoyada en la encimera, esperando a que el microondas terminara su ciclo.
No le di tiempo a reaccionar.
Acorté el último metro de un zancada y la atrapé.
Aplasté mi pecho ancho contra su espalda, acorralándola físicamente contra el borde de la encimera.
Con la mano izquierda, aparté la masa de su pelo caoba de la nuca y lo sostuve a un lado.
Sentí cómo Savannah tomaba una bocanada de aire cortante, paralizándose al instante.
—Llevo toda la maldita noche deseando hacer esto —le susurré al oído, con una voz tan oscura y vibrante que la hizo estremecerse de pies a cabeza.
Presioné mis caderas contra las suyas, moliendo mi pelvis contra el inicio de sus glúteos para dejarle absolutamente clara la magnitud del problema que tenía entre las piernas.
Estaba duro como la piedra, palpitante, y quería que sintiera cada milímetro de mi excitación a través de las capas de ropa.
Savannah soltó un jadeo suave, derritiéndose contra mí. Mi mano izquierda descendió por la piel descubierta de su cuello, lenta, hasta llegar a su hombro. Agarré el borde de la manga ancha de su vestido y, sin pedir permiso, tiré de la tela hacia abajo.
La manga cayó, desnudando su hombro y la mitad de su escote. Y allí estaba. Un sujetador de intrincado encaje color burdeos, un contraste pecaminoso, profundo y salvaje contra la palidez de su piel.
Mi erección latió con violencia, y me apreté aún más contra ella, ahogando un gruñido en la curva de su cuello. Savannah temblaba. Pude ver cómo la piel de su pecho y su cuello se encendía, bañada por un rubor febril, escarlata, precioso. Estaba ardiendo por mí.
Incliné el rostro y deslicé la lengua justo sobre ese rubor, saboreando el calor de su piel, marcando el pulso acelerado que le latía en la carótida. Llevé mi dedo índice hasta el borde de su pecho y tracé, con una lentitud agonizante, el filo del encaje burdeos. Un solo dedo.
—Es lo más tentador que he visto jamás, Savannah —le confesé en un murmullo ronco y húmedo contra su mandíbula—. Me estás volviendo completamente loco. Estoy desesperado por verte sin absolutamente nada encima.
Un escalofrío violento le sacudió la columna vertebral.
Su respiración se había convertido en un caos de suspiros ahogados.
Cerré los dientes sobre el lóbulo de su oreja, dándole un mordisco leve, una advertencia de lo que estaba por venir, y justo en ese segundo exacto, el pitido estridente del microondas rompió el silencio de la cocina, anunciando que el tiempo se había agotado.
Con un esfuerzo sobrehumano, la solté.
Tiré de la manga de su vestido hacia arriba, cubriendo el encaje burdeos. Di un paso hacia atrás liberándola del peso de mi cuerpo.
Dejé escapar un gruñido bajo, áspero y lleno de frustración.
—Me voy al sofá a escoger la película —le informé, con la voz aún ronca, dándome la vuelta antes de perder el poco control que me quedaba.
✽✽✽
El olor a mantequilla tostada y sal llenó el salón cuando Savannah regresó de la cocina, pero ni siquiera el aroma de las palomitas pudo enmascarar el rastro denso de su perfume.
Me había costado un esfuerzo hercúleo domar la brutal erección que me torturaba tras haberla acorralado contra la encimera.
Savannah dejó el bol sobre la mesa de centro y se acomodó en el sofá. Para mi absoluto tormento, optó por sentarse dejando casi medio metro de distancia entre nosotros.
Clavé mis ojos en ese espacio vacío.
—Acércate —ordené, con la voz un tono más baja y áspera de lo habitual.
Savannah parpadeó, deteniendo su mano a medio camino del bol de palomitas. Se mordió el labio inferior y me miró con una disculpa asomando en sus ojos avellana.
—Lo siento... no quiero ser pegajosa ni invadir tu espacio vital —murmuró.
Ignoré el pinchazo de rabia que me produjo su justificación. No iba a permitir que se hiciera pequeña en mi casa.
—Acércate, Savannah.
No hubo vacilación esta vez. Se deslizó por la tapicería del sofá hasta que el lateral de su pierna rozó el tejido de mi pantalón.
No era suficiente. Con la mano izquierda, agarré sus pantorrillas y tiré de ellas con firmeza hasta acomodar sus piernas directamente sobre mi regazo.
Suspiró ante el movimiento autoritario, pero no opuso la más mínima resistencia.
Con movimientos precisos, le desabroché los botines de piel y se los quité, dejándolos caer sobre la alfombra.
Al apartar el calzado y las medias, me encontré con una sorpresa que me hizo enarcar una ceja.
Savannah llevaba las uñas de los pies pintadas en una alternancia meticulosa de diferentes tonos de rosa y verde esmeralda.
El contraste era vibrante, alegre y descaradamente hermoso contra la palidez de su piel.
Solté una risa baja y oscura. Ella se sonrojó de inmediato, intentando encoger los dedos de los pies.
—En mi trabajo no puedo llevar las uñas pintadas en las manos, ni anillos, ni nada llamativo por cuestiones de higiene y protocolos...
—explicó, atropellándose un poco con las palabras—.
Pero me encanta el color. Así que... me pinto las de los pies.
Y las cambio con mucha frecuencia. Es mi pequeña rebelión oculta bajo el pijama del hospital.
Deslicé mi pulgar sobre el esmalte brillante del dedo gordo, trazando la curva suavidad.
—Es precioso —sentencié, mirándola fijamente a los ojos—. A partir de este momento, cada vez que estemos a solas en este sofá, quiero verte sin zapatos. Quiero ver tus uñas, Savannah.