ONCE
Ian
E l vaho empañaba ligeramente el cristal de la ventana del salón, difuminando las luces del atardecer que empezaban a encenderse en las calles de Wildwater Falls.
Me ajusté el cuello de la camisa oscura de franela con la mano izquierda, asegurándome de que la tela cayera con naturalidad sobre el inmovilizador negro que aún me mantenía el brazo derecho anclado al pecho.
Físicamente, el dolor se había reducido a una molestia sorda, un recordatorio lejano de la pared de roca, pero a nivel mental, vivía en un estado de combustión permanente.
Durante toda la semana, Savannah y yo habíamos mantenido nuestra rutina matutina con una precisión casi religiosa.
Ella aparecía antes de su turno en el hospital, con el pretexto médico de revisarme la tensión del cabestrillo, y yo aprovechaba cada milímetro de esa cercanía para acorralarla contra la isla de la cocina y besarla hasta que los dos perdíamos por completo la noción del tiempo y del espacio.
Cada mañana me embriagaba más. Me fascinaba la forma en que se derretía contra mi pecho al primer roce de mis dedos en su nuca, cómo su respiración se entrecortaba y cómo su cuerpo parecía fundirse con el mío, entregándome el control absoluto sin formular una sola pregunta.
Sin embargo, a pesar de la urgencia feroz que me exigía arrastrarla hasta mi cama, me estaba obligando a mantener la contención.
Quería hacer las cosas bien. Quería que mi hombro estuviera completamente recuperado para poder hacerla mía sin limitaciones físicas, pero, sobre todo, quería hacer las cosas a un ritmo que ella jamás había experimentado.
Savannah merecía el cortejo completo. Merecía las citas, las salidas, la anticipación y unos preliminares que la hicieran sentirse venerada.
Merecía exactamente todo lo que aquel imbécil de su exmarido le había negado.
El doble destello de unos faros iluminando la calle me sacó de mis pensamientos.
Agarré mi chaqueta, apagué las luces del piso y bajé las escaleras. El frío del atardecer me golpeó el rostro, pero al abrir la puerta del copiloto del coche de Savannah, el olor a caramelo activó todas mis terminaciones nerviosas.
—Buenas tardes, Georgia —saludé primero, mirando por el espejo retrovisor a la hermana mayor de Savannah, que iba sentada en la parte de atrás.
—Hola, Ian —respondió ella, con una amabilidad cautelosa pero sincera.
Cerré la puerta y me giré en el asiento.
Savannah estaba al volante. Llevaba el pelo recogido de forma holgada, un vestido largo de un tejido suave y oscuro que se ceñía a sus curvas, y unos botines de piel.
Pero fue el escote en uve del vestido lo que me secó la garganta.
Dejaba al descubierto la línea pálida y delicada de sus clavículas, y mi cerebro no tardó ni un segundo en fantasear con enganchar la tela con un solo dedo y tirar de ella hacia abajo para descubrir de qué color llevaba el sujetador esta noche.
Sin mediar palabra, me incliné por encima de la consola central del vehículo.
Mi mano izquierda fue directamente a su nuca, enterrando los dedos bajo la masa de su pelo para sostenerla con firmeza.
La atraje hacia mí y estrellé mis labios contra los suyos en un beso ardiente y profundo, una reclamación que la dejó sin aliento.
Cuando me separé unos milímetros, Savannah tenía los ojos avellana dilatados, brillantes por el impacto de la cercanía, y los labios ligeramente hinchados. Se quedó momentáneamente aturdida, parpadeando mientras intentaba recuperar el ritmo respiratorio.
—Hola... —susurró, con un hilo de voz que me hizo sonreír de medio lado.
—Hola, preciosa. Arranca, o llegaremos tarde a casa de mis padres y Catherine mandará a una patrulla de búsqueda.
El trayecto hasta la casa familiar de los Collins fue tranquilo.
El accidente de mi madre había quedado en un susto, un hematoma masivo en la cadera que la obligaba a guardar reposo y atiborrarse a analgésicos, pero que no requería cirugía.
Para evitar que hiciera el más mínimo esfuerzo, habíamos organizado una cena diferente en la que ella no tendría que mover un solo dedo: nosotros llevábamos el segundo plato y los postres, y Avery y Logan se encargaban de los entrantes, las bebidas y de recoger después de la cena.
Cuando cruzamos el umbral de la casa de mis padres, el calor de la leña crepitando en la chimenea nos envolvió.
Avery estaba sentada en uno de los taburetes de la cocina, con un tono ligeramente cetrino en la piel provocado por las náuseas incesantes de sus dos meses y medio de embarazo, mientras Logan se mantenía a su lado, ejerciendo de perro guardián y sirviéndole agua con hielo.
A pesar de su malestar, mi hermana pequeña había logrado preparar varias bandejas de verduras al horno y ensaladas.
Savannah, por su parte, traía consigo un asado de domingo espectacular y una tarta de calabaza dulce con nata que desprendía un aroma capaz de resucitar a un muerto.
—¡Por fin llegáis! —exclamó Catherine desde el sillón orejero del salón, donde estaba instalada con las piernas en alto.
Mi padre, David, que no se había separado de ella a más de dos metros de distancia en toda la semana, se acercó a recibirnos. Tomó el abrigo de Savannah con una caballerosidad de otra época y asintió hacia Georgia.
—Bienvenida de nuevo a Wildwater Falls, Georgia. Y Savannah... bienvenida oficialmente a la familia —dictaminó mi padre, con su habitual tono parco en palabras pero rebosante de una sinceridad que no admitía debate.
Georgia, fiel a su vocación, dejó su abrigo y se acercó al sillón de mi madre. —¿Cómo va esa cadera, Catherine? Si quieres puedo echarle un vistazo rápido a la zona de la contusión antes de cenar.
—Te lo agradezco en el alma, querida —respondió mi madre, palmeándole la mano a Georgia con afecto—, pero es domingo, y los domingos son para estar en familia, no para pasar consulta. Ya he tenido suficientes médicos revoloteando a mi alrededor.
Observé la escena desde el umbral de la cocina.
Ver a Savannah allí, integrada con tanta naturalidad en el núcleo de mi familia, moviéndose junto a Avery para preparar la mesa mientras reía por un comentario de Logan, me llenó el pecho de una satisfacción primitiva y profunda. Era el lugar al que pertenecía.
Desvié la mirada hacia la cabecera de la mesa.
Mi padre estaba allí, observando exactamente la misma estampa.
Nuestros ojos se cruzaron por encima del bullicio de la sala.
David Collins y yo estábamos cortados por el mismo patrón: hombres reservados, duros, territoriales y de silencios largos.
No necesitábamos articular discursos para entendernos.
En esa única mirada, mi padre me transmitió un orgullo inmenso y una aprobación absoluta.
Sabía perfectamente lo que yo sentía por Savannah, la sombra alargada que ella había proyectado en mi vida durante años, y estaba inmensamente feliz de que, por fin, hubiera dado el paso para reclamarla.
Le devolví un asentimiento y me senté a la mesa.
La cena transcurrió entre anécdotas del hospital y de la base de rescate. Todos alabaron las verduras de Avery y el punto perfecto del asado de Savannah. Pero el verdadero silencio se hizo cuando llegó el momento de los postres y Savannah cortó la primera porción de la tarta de calabaza dulce.
Catherine dio el primer bocado. Cerró los ojos, saboreando la textura, y soltó un suspiro de apreciación.
—Cielo santo, Savannah. Está deliciosa. Sabe exactamente igual que la de la panadería de...
—Mi madre se detuvo en seco, abriendo los ojos de golpe al darse cuenta de la magnitud de su metedura de pata —.
Oh, Dios mío. Savannah, cariño, lo siento muchísimo.
Ha sido un comentario terriblemente inapropiado. Qué cabeza la mía.
El silencio se volvió espeso en el comedor. Avery dejó el tenedor sobre el plato, fulminando a su madre con la mirada.
Savannah se sonrojó, bajando la vista hacia sus propias manos apoyadas en el regazo. El apuro la hizo encogerse ligeramente, pero respiró hondo y alzó la barbilla, forzándose a mantener la compostura.
—No te preocupes, Catherine. No tienes que disculparte —dijo Savannah, con la voz suave pero cargada de una tristeza vieja y pesada—.
Es normal que te sepa igual. En realidad...
esta es la receta de mi abuela paterna. Nos dejó un recetario escrito a mano antes de morir.
Yo tenía apenas ocho años y Georgia trece cuando la perdimos.
El rubor de sus mejillas se oscureció, y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible, avergonzada por el nivel de expolio al que había sido sometida.
—Phillip... Phillip utilizó gran parte de las notas de ese recetario para sus nuevas creaciones cuando reabrió la panadería de sus padres. Incluida la tarta de calabaza dulce.
El impacto de la revelación me golpeó como un mazazo en el esternón.
Estaba alucinando. Mi ira hacia aquel pedazo de escoria, que ya era gigantesca, acababa de multiplicarse exponencialmente.
No solo le había destrozado la autoestima, le había sido infiel y se había quedado con la casa y todo lo que contenía; el muy imbécil había cimentado el éxito de su negocio robándole el legado a su propia mujer.
A mi lado, Logan soltó una maldición por lo bajo y Avery apretó los labios hasta dejarlos sin color. Pero fue la reacción de Georgia la que canalizó la furia de toda la mesa.
Mi cuñada se había quedado rígida, paralizada con el tenedor a medio camino de la boca. Dejó el cubierto sobre la mesa con una precisión milimétrica que resultaba aterradora. Giró el rostro hacia Savannah, con los ojos avellana brillando con una frialdad homicida.
—¿Me estás diciendo que ese miserable aún tiene el recetario de la abuela? —preguntó Georgia. Fue un susurro duro, afilado y letal.
Savannah tragó saliva, encogiéndose un poco más ante la rabia palpable de su hermana.