DIEZ #3
Antes de que Logan pudiera añadir nada, la cortina volvió a abrirse de golpe.
Ian llenó el umbral. Su presencia masiva pareció absorber todo el oxígeno de la estancia.
Tenía la mandíbula tensa como el acero, el pecho subiendo y bajando de forma errática y la mirada oscurecida por una preocupación salvaje.
Sus ojos escanearon la sala en una fracción de segundo, deteniéndose primero en su madre y luego, de forma instintiva, buscando mi mirada para encontrar la confirmación de que todo estaba bien.
Me separé del monitor de constantes y di un paso hacia él.
—Está bien, Ian. De verdad —le aseguré en voz baja, ofreciéndole una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
En la camilla, Catherine agitó una mano con desdén, intentando incorporarse a pesar de la vía intravenosa.
—Por el amor de Dios, no hagáis un drama de esto —se quejó la matriarca de los Collins, restándole importancia al incidente con un tono exasperado—.
Solo ha sido un resbalón estúpido por la lluvia.
Estoy perfectamente, no necesito que estéis todos aquí mirándome como si me estuviera muriendo. Puedo levantarme...
—¡Mamá, quédate quieta! —exclamaron David, Avery e Ian al unísono.
Ian se acercó a la camilla, frunciendo el ceño con severidad.
—Deja de intentar hacerte la fuerte y deja que los médicos decidan—le reprendió.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no soltar una carcajada en un momento tan poco oportuno.
La ironía era épica. Hacía apenas unas semanas, Ian era el paciente insoportable que gruñía, menospreciaba su dolor y se negaba a dejarse cuidar mientras Catherine revoloteaba a su alrededor exigiendo que hiciera reposo.
Ahora, los papeles se habían invertido por completo, revelando que la cabezonería genética de los Collins era una fuerza de la naturaleza.
Logan, que había estado revisando la gráfica a los pies de la cama, esbozó una media sonrisa al notar el paralelismo. Se giró hacia Georgia y asintió con respeto profesional y una sonrisa de bienvenida para mi hermana.
—Te dejo el caso en tus manos, doctora Robbins. Confío plenamente en tu criterio.
Dos celadores entraron en el box con una silla de ruedas especial para trasladar a Catherine a la sala de radiología.
David se apartó para dejarles trabajar, manteniéndose en un silencio denso y tenso, con la vista clavada en su esposa, evidenciando que su mundo entero orbitaba alrededor de esa mujer.
A la vista de su padre, de su cuñado, de su hermana y de la mía, Ian acortó el último paso que nos separaba.
Levantó su mano izquierda y la deslizó por debajo de la masa de mi pelo caoba.
Sus dedos ásperos y calientes se cerraron en torno a mi nuca con un agarre firme, dominante y sumamente territorial.
Tiró de mí hacia su pecho, obligándome a acortar la distancia hasta que mi costado chocó con su cuerpo sólido.
El rubor me incendió el rostro al instante.
Era una reclamación pública. Sin embargo, en lugar de encogerme o apartarme, mi cuerpo reaccionó con docilidad.
Me derretí contra él, apoyando mi peso en su torso, embriagada por la seguridad que me ofrecía y por el calor denso que se me acumulaba en el bajo vientre.
Me volvía loca que siempre utilizara ese toque de autoridad física para mantenerme cerca.
Ian inclinó la cabeza hasta rozar mi oreja.
—Gracias por avisarme tan rápido, preciosa —susurró, con un timbre íntimo y rasposo que me erizó la piel.
Un silbido bajo y prolongado rompió nuestra burbuja. Logan nos observaba con las cejas en alto y una sonrisa ladeada, mientras Avery se cruzaba de brazos, con la mirada burlona y satisfecha brillando en sus ojos verdes.
—Vaya, vaya... —murmuró mi amiga—. ¿Entonces ya es oficial?
Ian no se inmutó. No apartó la mano de mi nuca ni me soltó un solo milímetro. Mantuvo la barbilla alta y miró a su hermana.
—Sí —respondió, escueto, sin ofrecer ni una sola justificación más.
David, que hasta ese momento había permanecido absorto en la puerta por la que se habían llevado a Catherine, se giró hacia nosotros.
Su rostro aún reflejaba la angustia por su mujer, pero al ver a su hijo mayor anclándome a su lado, la tensión de sus hombros pareció ceder una fracción.
No hizo preguntas. No pidió detalles. Se limitó a asentir con la solemnidad que reconoce que las cosas están exactamente dónde deben estar.
—Espero veros a los dos en la cena del domingo en casa —dictaminó David, mirándonos fijamente, antes de desviar la vista hacia Georgia—. Serás muy bienvenida también, Georgia. Me alegra que hayas vuelto a Wildwater Falls.
—Allí estaremos, papá —confirmó Ian. Luego, su mirada verde se cruzó con la de mi hermana por encima de mi cabeza —. Bienvenida de nuevo al pueblo, Georgia.
—Gracias, Ian. Y gracias, señor Collins —respondió ella, asintiendo con una cortesía formal que escondía una evaluación minuciosa del hombre que me sostenía.
El ambiente se había destensado, pero la vulnerabilidad de exponerme ante todos seguía zumbando bajo mi piel. Intentando aligerar el peso del momento, solté una pequeña risa nerviosa.
—Catherine parecía estar bastante lúcida —comenté, mirando a Ian para relajar mis propios nervios—. Aunque, al llegar a urgencias y vernos a Georgia y a mí juntas, nos ha preguntado si estaba viendo doble por culpa del golpe.
Esperaba que él sonriera, que compartiera la broma. Pero la dureza de sus facciones no se relajó. Al contrario, Ian bajó la mirada hacia mí, con las cejas levemente fruncidas y una intensidad que me clavó en el sitio.
—¿Y por qué te parece tan ridículo que alguien pueda confundiros? —preguntó, con la voz un tono más oscura.
Parpadeé, sorprendida.
—Bueno... porque es absurdo, Ian —balbuceé, encogiéndome un poco de hombros—. Georgia y yo no nos parecemos tanto. Ella es... ella es preciosa, elegante y sofisticada.
La presión de sus dedos en mi nuca aumentó una fracción. No era un agarre doloroso, sino una advertencia para que me centrara en sus palabras.
—No voy a comentar ni a juzgar la belleza de otra mujer contigo, Savannah, aunque sea tu propia hermana —sentenció él, con una lealtad tan feroz que me cortó la respiración—.
Pero lo que sí voy a decirte es que vosotras dos sois como dos malditas gotas de agua.
Y que tú eres la mujer más jodidamente preciosa que he visto en toda mi vida.
El oxígeno se evaporó del box de urgencias. El corazón me dio un vuelco tan violento que creí que se me iba a salir del pecho. Me derretí contra él por completo, incapaz de sostener mi propio peso, abrumada por la devoción que destilaba cada una de sus palabras.
A escasos metros, Georgia dejó escapar un suspiro de alivio genuino. Esbozó una media sonrisa cargada de complicidad y cruzó los brazos sobre su bata blanca.
—Menos mal —murmuró mi hermana, mirándome con un brillo indescifrable en los ojos—. Menos mal que, por fin, alguien en este pueblo tiene ojos en la cara.