DIEZ #2
La taquilla metálica del vestuario de enfermería se cerró con un clic sordo, pero el eco metálico no fue suficiente para sacarme del ensimismamiento. Me apoyé contra la puerta fría, alisándome el pijama quirúrgico azul marino, con una sonrisa tonta e irreprimible curvándome los labios.
Era lunes por la mañana. Apenas habían pasado unas horas desde que Georgia y yo nos sentamos en el porche, y mi turno estaba a punto de empezar, pero mi mente seguía anclada en el piso de Ian Collins.
Esa misma mañana, antes de conducir hacia el hospital, había pasado por su casa.
A pesar de que la consolidación de su clavícula avanzaba y cada vez necesitaba menos ayuda física, ambos habíamos llegado al acuerdo de mantener nuestra rutina.
Las reglas del juego habían cambiado, pero la excusa médica nos servía de escudo perfecto.
Y a mí me encantaba. No podía sacarme de la cabeza la mirada ardiente, oscura y depredadora que me había dedicado mientras le entregaba la bolsa con unos bollos recién hechos para compartir en el desayuno.
Cada vez que me acercaba a él para reajustarle el cabestrillo, Ian se encargaba de que la cercanía no fuera casual.
Su mano izquierda, grande y posesiva, se deslizaba por mi cadera para anclarme contra sus muslos, trazando caricias lentas y deliberadas que me enviaban descargas eléctricas directas a la columna vertebral.
Estaba cumpliendo su promesa: me estaba demostrando, con cada roce cargado de intención, que me deseaba con una voracidad que me dejaba sin aliento.
Tomé una bocanada de aire, intentando despejarme la cabeza del olor a madera de cedro y jabón que me envolvía cada vez que estaba cerca de Ian, y salí al pasillo principal.
A escasos metros del control de enfermería, me encontré con una estampa que me llenó el pecho de calidez.
Georgia estaba allí, vestida con su bata blanca inmaculada y el fonendoscopio al cuello, charlando animadamente con Sloane.
La directora médica del Wildwater Regional Trauma Center irradiaba una felicidad genuina que rara vez se filtraba a través de su habitual coraza de autoridad.
Sloane y mi hermana compartían la misma edad y habían forjado una amistad de hierro en su juventud, aunque los caminos se bifurcaron cuando Sloane tuvo que asumir el reto de ser madre soltera de Jonah y dirigir un hospital, mientras Georgia desarrollaba toda su brillante carrera en Portland tras hacer sus rotaciones de estudiante aquí.
Me acerqué a ellas con una sonrisa.
—Veo que la visita guiada está siendo un éxito —comenté a modo de saludo.
Sloane se giró hacia mí, con los ojos brillantes de entusiasmo.
—Le estoy enseñando cómo hemos optimizado el flujo de pacientes en la última década —explicó la directora médica, apoyando una mano en el hombro de Georgia—.
Pero la teoría es una cosa y la trinchera es otra.
A partir de aquí, te la cedo, Savannah. Quiero que le muestres el ritmo real de la sala de urgencias, la organización de los boxes y quién es quién en el equipo.
Sloane me miró entonces con una fijeza solemne.
—Estás en las mejores manos posibles, Georgia. Tu hermana es, sin lugar a duda, la mejor enfermera de urgencias que he visto en acción. Tiene un instinto clínico para el triaje que salva vidas antes incluso de que los médicos lleguen al box.
—Totalmente de acuerdo —secundó Georgia de inmediato, mirándome con un orgullo que me desarmó por completo—. Siempre supe que tenías un ojo clínico excepcional. Sinceramente, Savannah, siempre creí que habrías sido una doctora magnífica si te lo hubieras propuesto.
El calor del rubor me subió por el cuello, denso y asfixiante.
Las palabras de mi hermana chocaron de frente contra los muros del síndrome del impostor que Evelyn había levantado a mi alrededor.
La idea de ser doctora siempre me había parecido un sueño demasiado grande para alguien destinada a ser, según mi madre, conformista y ordinaria.
Me froté los brazos, incómoda ante el aluvión de halagos, deseando hacerme pequeña.
—Exageráis las dos. Solo hago mi trabajo y sigo los protocolos... —intenté restar importancia.
La réplica murió en mis labios. El pitido estridente y agudo de mi busca, seguido casi en estéreo por el busca de Georgia, cortó la conversación de tajo.
El instinto profesional barrió cualquier rastro de inseguridad. Leí la pantalla: Trauma leve / Caída en domicilio. Llegada en 2 minutos .
—Las presentaciones tendrán que esperar —anuncié, levantando la vista, con la mente ya en modo analítico—. Ambulancia en aproximación. Mujer, caída en domicilio. Vamos a la bahía.
Georgia asintió, su rostro transformándose en una máscara de concentración médica, y corrimos codo con codo por los pasillos de linóleo gris hasta empujar las puertas dobles de cristal de la entrada de emergencias.
El aire frío de la mañana nos golpeó el rostro justo en el instante en que la ambulancia frenaba en seco bajo la marquesina, con las luces destellando rítmicamente contra el asfalto mojado.
Los técnicos sanitarios abrieron las puertas traseras y sacaron la camilla. Me acerqué con el portapapeles listo, pero al fijar la vista en el rostro pálido y dolorido de la paciente, el corazón me dio un vuelco.
Era Catherine Collins. La madre de Ian y Avery.
A su lado, aferrando su mano izquierda con una desesperación palpable, caminaba David Collins.
El patriarca de la familia tenía el rostro desencajado por la angustia.
La forma en que miraba a su esposa me encogió el estómago.
Era la representación viva del amor incondicional y la lealtad de la que yo jamás había gozado en mi propio matrimonio.
—¡Catherine! —exclamé, situándome a la cabecera de la camilla mientras empujábamos hacia el box dos—. ¿Qué ha pasado?
—Ha resbalado en los escalones del porche por culpa de esta maldita lluvia, Savannah —respondió David con la voz temblorosa, sin soltarle la mano—. Ha caído de lado, sobre las lumbares y la cadera.
—Tranquilo, David, la tenemos —aseguró Georgia, situándose al otro lado, encendiendo la linterna de exploración—. Vamos a revisarla.
Comenzamos la evaluación primaria con una sincronía perfecta. Catherine estaba pálida, con una mueca de dolor que le marcaba las arrugas de expresión, pero respiraba con normalidad y mantenía el contacto visual.
—Me duele muchísimo la cadera derecha, cielo —murmuró Catherine, apretando los dientes—. Y la parte baja de la espalda. Qué caída más estúpida...
—Constantes estables —anuncié, revisando el monitor al que los paramédicos la habían conectado—. Vía aérea permeable. Voy a evaluar la extremidad.
Retiré la manta térmica con suavidad y evalué la alineación de su pierna derecha. Busqué signos evidentes de fractura de cuello de fémur. No había ninguno. Acompañé la palpación sobre la zona trocantérea mayor y Catherine soltó un quejido agudo, pero no había deformidad ósea.
—Parece un traumatismo cerrado con contusión fuerte, sin signos evidentes de fractura en extremidad inferior, aunque pediremos placas de pelvis y columna lumbar para descartar fisuras —le informé a Georgia, quien asintió, satisfecha con mi triaje.
Me giré hacia Sloane, que observaba desde el umbral del box. —Sloane, por favor, avisa a Avery. Está en el ala de cirugía, que baje en cuanto pueda. Es su madre.
Mientras Georgia comenzaba a dictar las órdenes para la vía intravenosa y la pauta de analgesia para controlar el dolor, me aparté un segundo hacia el mostrador del box. Saqué el teléfono del bolsillo y tecleé con rapidez, sabiendo que él odiaría enterarse tarde.
Savannah: Ian. Tu madre está en Urgencias. Caída en el porche. Parece solo una contusión fuerte en cadera y espalda, está estable. Te mantengo informado. No conduzcas hacia aquí a lo loco.
Guardé el móvil y regresé a la cabecera.
Catherine acababa de recibir la primera dosis de analgésico por vía intravenosa, y el ceño fruncido empezaba a relajarse.
Sin embargo, parpadeó varias veces, frunciendo los labios, y miró de Georgia a mí y de mí a Georgia, con una expresión de pura confusión.
—Señor bendito... —murmuró la mujer, con la voz algo pastosa por el medicamento—. ¿Estoy viendo doble por culpa del golpe o ya me habéis puesto los analgésicos de los buenos?
Georgia soltó una carcajada cálida y musical, agarrando con delicadeza el brazo libre de Catherine.
—No está viendo doble, Catherine. Soy Georgia Robbins, la hermana mayor de Savannah —se presentó mi hermana, aprovechando el momento con astucia clínica—. Utilicemos esto para comprobar que no se ha golpeado la cabeza. ¿Me recuerda? ¿Sabe qué día es hoy y dónde estamos?
—Claro que te recuerdo, Georgia. Eras un torbellino —respondió Catherine, esbozando una sonrisa débil pero lúcida—. Lunes por la mañana. En urgencias del Hospital Regional. Estoy bien, doctora, pero vosotras dos sois como dos gotas de agua.
Exhalé un suspiro de alivio. Sin embargo, no pude evitar poner los ojos en blanco internamente ante el comentario de Catherine.
Que alguien creyera que Georgia y yo éramos como dos gotas de agua me parecía ridículo.
Ella era la versión elegante, deslumbrante y exitosa que Evelyn siempre había venerado; yo solo era la copia defectuosa.
En ese momento Avery entró como una exhalación, con el rostro pálido y los ojos verdes desorbitados por el pánico, seguida de cerca por Logan.
—¡Mamá! —exclamó mi amiga, corriendo hacia la camilla con las manos temblando, perdiendo al instante su temple de enfermera quirúrgica para convertirse únicamente en una hija aterrorizada.
Georgia se interpuso con una suavidad firme, interrumpiendo el amago de Avery de abalanzarse sobre Catherine.
—Respira, Avery. Está estable —la tranquilizó mi hermana —. Parece una mala caída y los tejidos blandos han sufrido una contusión severa, pero no hay signos de fracturas. Le hemos puesto analgesia y está respondiendo bien.