Ridge (Wildwater Falls 3) DIEZ
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DIEZ

Savannah

L a llovizna fina de finales de septiembre caía sobre Raven Ridge con una cadencia hipnótica, un murmullo constante que empapaba los abetos centenarios y levantaba del suelo un petricor profundo, a tierra mojada y resina fría.

Sentada en una de las robustas sillas de madera del porche delantero de la cabaña, envolví mis manos alrededor de una taza de cerámica con café humeante.

Respiré hondo, dejando que el aire fresco me llenara los pulmones.

Me encantaba esta época del año: la lluvia, los infinitos tonos de verde, el frío.

Era reconfortante. Pero lo que me tenía inquieta era el ardor que me quemaba bajo la piel.

Apenas habían pasado veinticuatro horas, pero mi mente volvía una y otra vez al dormitorio de Ian Collins.

Cerré los ojos y el recuerdo me asaltó con una nitidez apabullante.

Volví a saborear la urgencia posesiva de su lengua contra la mía, la autoridad de sus dedos anclados en mi nuca y el calor abrumador de su pecho desnudo aplastándome contra él.

El beso había sido una colisión salvaje que me había dejado temblando, empapada y completamente a su merced.

Y lo más enloquecedor de todo no había sido la fricción de nuestras bocas, sino la evidencia física de su erección desnuda presionada entre su vientre y mi cadera.

Me removí en la silla del porche, sintiendo un calor acumularse de nuevo entre mis muslos.

Desgraciadamente para mi cordura, el beso no había vuelto a repetirse.

Tras el impacto inicial en el dormitorio, Ian y yo habíamos regresado al sofá del salón para ver una película, pero la electricidad entre nosotros era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

Él no había vuelto a besarme, pero había mantenido su mano izquierda enorme, áspera y posesiva firmemente anclada sobre mi muslo durante toda la tarde.

Cada leve presión de sus dedos me enviaba descargas directas a mi centro.

Sin embargo, los analgésicos terminaron ganando la batalla contra su resistencia; el letargo lo arrastró hasta dejarlo profundamente dormido, momento en el que aproveché para escapar, al borde de la combustión espontánea, para preparar la cabaña antes de la llegada de mi hermana.

El sonido inconfundible de unos neumáticos crujiendo sobre la grava húmeda del camino interrumpió mis fantasías.

Abrí los ojos de golpe, dejé la taza sobre la barandilla y me puse en pie.

Un todoterreno oscuro se detuvo frente a los escalones del porche.

El motor se apagó y, un segundo después, la puerta del conductor se abrió para dejar salir a la única persona en el mundo que compartía mi sangre y no me hacía sentir defectuosa.

—¡Savannah! —exclamó Georgia, ignorando la lluvia para correr hacia los escalones.

—¡Gia!

Bajé los peldaños de dos en dos y chocamos en un abrazo feroz, apretado y desesperado.

Hundí el rostro en su cuello respirando su perfume.

Ver a Georgia era como mirar un reflejo mío retocado por un artista mucho más benevolente.

Teníamos la misma estructura ósea y los mismos ojos avellana, pero ella siempre me había parecido la versión perfeccionada: era más esbelta, se movía con una gracia innata y su pelo caoba era un par de tonos más claro y luminoso que el mío, dándole un aire de sofisticación que yo jamás tendría.

La había echado tanto de menos, sobre todo durante el infierno de los últimos meses, que la garganta se me cerró. Lágrimas gruesas y calientes, se me escaparon humedeciendo la solapa de su abrigo.

Georgia me apretó más fuerte contra ella, riendo con la voz rota por su propia emoción.

—Ni se te ocurra, Savannah Brooks —me regañó con dulzura, utilizando la autoridad de hermana mayor mientras se separaba lo justo para mirarme a los ojos—. Deja de llorar ahora mismo o empezaré a llorar yo también, y nos pasaremos la mañana en el porche pareciendo dos magdalenas pasadas por agua.

Solté una carcajada acuosa, limpiándome las mejillas con el dorso de la mano.

—Savannah Robbins, por favor. Los trámites están en curso —la corregí, sintiendo un orgullo inmenso al decirlo en voz alta.

Georgia sonrió con una brillantez que le iluminó el rostro entero.

—Robbins. Me encanta.

Entramos en la cabaña para huir de la llovizna.

Le pregunté por el viaje en coche desde Portland, a lo que ella respondió con un encogimiento de hombros, intentando sonar casual, pero noté la tensión en la línea de sus hombros.

Estaba nerviosa. Regresar a Wildwater Falls no era fácil para ella.

Intuí que, por el momento, Georgia no quería profundizar en los motivos de su traslado o en los fantasmas del pasado, así que, respetando sus tiempos como siempre hacíamos la una con la otra, pivoté hacia las cuestiones logísticas.

Le mostré el amplio salón rústico, la cocina abierta y la que sería su habitación en la parte trasera de la casa. Pasamos la siguiente hora descargando maletas y un par de cajas pesadas del maletero de su coche.

—¿Y el resto de tus cosas? —pregunté, dejando una caja llena de libros sobre su cama—. ¿Los muebles y la decoración del piso?

—Están en un guardamuebles en Portland —explicó Georgia, quitándose la bufanda húmeda—. No tenía sentido traerlo todo hasta que encuentre una casa permanente en el pueblo. De momento, con la ropa y lo esencial me basta para sobrevivir.

Cuando terminamos, nos preparamos un par de tés calientes y volvimos a salir al porche, acurrucándonos en las sillas bajo el techo de madera para observar cómo la llovizna seguía lavando el paisaje de la montaña. Era un momento perfecto.

Hasta que el teléfono que descansaba en mi regazo vibró con un zumbido sordo.

Ian: Estoy en casa de mis padres. Mi madre me ha secuestrado para atiborrarme a comida de domingo y no me dejará ir hasta la tarde. Dime que te veo mañana en mi piso.

Una sonrisa inconsciente, ridículamente amplia y cálida, se dibujó en mis labios. Que hubiera ido a casa de sus padres y se dejara cuidar demostraba que me estaba escuchando.

Savannah: Allí estaré. Pasaré antes de entrar a mi turno en urgencias. Saluda a tus padres de mi parte.

Tecleé rápidamente, sintiendo que el pecho se me ensanchaba.

Al levantar la vista, me encontré con Georgia. Tenía la taza de té suspendida a escasos centímetros de los labios y me escrutaba con una ceja arqueada.

—¿Se puede saber por qué sonríes de esa manera a una pantalla? —preguntó mi hermana, con su inconfundible tono de radar encendido—. ¿Quién te escribe?

El rubor me delató al instante, subiéndome por el cuello como una marea escarlata.

Dejé el móvil sobre la mesa con demasiada lentitud, intentando ganar tiempo.

Sabía la opinión que tenía mi hermana de Ian y por eso no le había mencionado nada sobre mi ofrecimiento de ayudarlo en su convalecencia y mucho menos le iba a contar nuestro nuevo pacto.

—Es... es Ian Collins.

Georgia abrió los ojos de par en par, casi derramando el té.

—¿Ian Collins? ¿El arrogante Collins? ¿El dios del instituto que se paseaba por los pasillos como si fuera el dueño del mundo?

—Su tono subió una octava, cargado de una incredulidad rayana en el pánico—.

Savannah, ¿qué demonios...? Yo iba a clase con él.

Era un engreído, un arrogante insoportable que rompía corazones por puro deporte.

—Gia, escúchame —intervine rápidamente, alzando las manos para frenar su perorata protectora—. Ha tenido un accidente grave de escalada. Se fracturó la clavícula hace unas semanas y... bueno, he estado yendo a su casa para ayudarle con las curas y asegurarme de que no forzara la articulación.

—¿Y desde cuándo las enfermeras de urgencias hacen visitas a domicilio con sonrisitas de colegiala?

—Georgia dejó la taza sobre la mesa, inclinándose hacia mí, con la preocupación real ensombreciéndole el rostro—.

Sav... escúchame tú a mí. Acabas de salir del infierno con Phillip.

Todavía estás lidiando con los restos de ese matrimonio tóxico.

No quiero que te vuelvan a hacer daño, y un tipo como Ian Collins... busca presas fáciles.

El instinto de defenderlo se encendió en mi interior con una fiereza que me sorprendió a mí misma. Enderecé la espalda y la miré a los ojos con total seriedad.

—No es el mismo chico que recuerdas del instituto, Georgia.

En absoluto —aseguré, y mis palabras rezumaban una convicción inquebrantable—.

Es un bombero de rescate. Es maduro, leal, asombrosamente atento y...

y jamás me ha hecho sentir como una presa.

Es el único hombre que me ha escuchado de verdad en la última década.

Me mordí el labio, bajando el tono.

—Nos hemos hecho muy buenos amigos. Y... puede que haya algo más entre nosotros. Un principio de algo. Pero, ante todo, somos amigos. Por favor, prométeme que no lo juzgarás por lo que era a los diecisiete años. Conócelo primero.

Georgia se quedó en silencio, evaluando la firmeza de mis palabras. Finalmente, exhaló un suspiro de rendición a medias, cruzándose de brazos.

—De acuerdo. Juzgaré por mí misma a la versión adulta del inalcanzable Ian Collins —concedió, aunque su mirada seguía cargada de advertencia—. Pero como descubra que te hace derramar una sola lágrima que no sea de felicidad, le amputaré un brazo yo misma. Y no el que tiene roto.

Me eché a reír a carcajadas. Dios, había echado tanto de menos a mi hermana.

Me levanté y volví a abrazarla por los hombros, apoyando la mejilla en su pelo.

Más allá de mis miedos, del inminente huracán de mi madre, o de lo que me esperaba al día siguiente en el piso de Ian, una certeza absoluta se asentaba en mi corazón: mi hermana había vuelto.

Y, por primera vez en mucho tiempo, estaba lista para ser feliz.

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