Ridge (Wildwater Falls 3) NUEVE #2
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NUEVE #2

En el centro exacto de la estancia, recién salido del cuarto de baño contiguo y envuelto en la bruma de la ducha, se erguía Ian.

Estaba completamente desnudo.

Las palabras se me suicidaron en la garganta.

Mi cerebro sufrió un colapso masivo, incapaz de procesar la visión que tenía delante.

Las gotas de agua resbalaban por la amplitud inmensa de sus hombros, trazando surcos brillantes sobre la tensión de sus pectorales y descendiendo por el relieve marcado de su abdomen hasta perderse en la línea en V que señalaba su ingle.

La toalla de rizo blanco, que sostenía a medias con la mano izquierda en un intento interrumpido de secarse, apenas le cubría un muslo.

Ian se congeló al instante, con los músculos de las piernas en tensión y el brazo herido pegado al torso.

Levantó el rostro. Sus ojos verdes cruzaron la habitación como dos relámpagos, chocando de lleno contra los míos.

El silencio se volvió ensordecedor. Nadie respiraba.

Yo no podía apartar la vista de su cuerpo, y él, asombrosamente, no hizo ningún amago de cubrirse.

Me sentí como una mirona. La sangre me subió al rostro con tanta violencia que casi me mareó.

—Yo... tu teléfono sonaba. Es tu madre —balbuceé, bajando la mirada hacia el suelo de madera con brusquedad, alzando el aparato como si fuera un escudo—. Lo siento. No quería... no me he dado cuenta de que estabas...

—Gracias, Savannah —me interrumpió.

Alcé la vista. La sorpresa inicial en su rostro se había evaporado, sustituida por una media sonrisa canalla, arrogante y sumamente depredadora que le curvó la comisura de los labios.

—El problema es que con este brazo apenas tengo rango de movimiento —murmuró, y su voz sonó más ronca de lo habitual, reverberando en las paredes del dormitorio—. No puedo anudarme la toalla a la cintura sin forzar el trapecio. ¿Te importaría ayudarme a ponerme el inmovilizador?

Tragué saliva, asintiendo de forma errática.

—Claro. Lo comprendo.

Ian caminó hacia la cama, con una seguridad aplastante en su propia desnudez, y se sentó en el borde del colchón.

Seguía petrificada. Estaba completamente expuesto, exhibiendo una masculinidad contundente y cruda que me secó la garganta al instante.

Me apresuré a coger el cabestrillo negro que descansaba sobre la cómoda, buscando desesperadamente algo que decir para rellenar aquel silencio que me estaba devorando los nervios.

—La... la tira cruzada debe ir sobre el hombro sano —murmuré, con una voz que no reconocí como mía.

Me acerqué. Para poder ajustarle las correas por la espalda, me vi obligada a invadir su espacio por completo, colocándome justo entre sus piernas abiertas.

El contraste era abrumador: yo, vestida y supuestamente al mando de la maniobra médica; él, completamente desnudo y vulnerable por la lesión.

Y, sin embargo, la dinámica de poder era absoluta e indiscutiblemente suya.

Mis manos temblaban mientras pasaba la cincha por detrás de su cuello.

Ian estaba demasiado cerca. Mi estómago rozaba casi de forma imperceptible la pared de sus abdominales.

El calor que emanaba de su ingle irradiaba contra mis muslos, y el olor limpio y rotundo a madera de cedro, a jabón y a hombre inundó mis fosas nasales, actuando como un narcótico directo a mi torrente sanguíneo.

Cuando el velcro crujió, anunciando que el inmovilizador estaba en su sitio, di un paso hacia atrás de forma instintiva, buscando oxígeno, buscando escapar de la inmensidad de su presencia.

La mano izquierda de Ian, grande, firme y rapidísima se cerró alrededor de mi muñeca como una argolla de acero.

No fue un tirón violento, pero perdí el equilibrio y caí con un grito ahogado, aterrizando directamente sobre su muslo izquierdo, a escasos milímetros de su pene que ya mostraba una erección casi completa.

—¡Ian, cuidado, voy a hacerte daño en el hombro! —exclamé, presa del pánico, apoyando las manos en su pecho sano para intentar incorporarme de inmediato.

—Quédate quieta.

La orden fue un latigazo ronco, susurrado a ras de mi boca.

No hubo margen para la réplica. Su mano abandonó mi muñeca y se deslizó hacia arriba, perdiéndose en el espesor de mi pelo caoba hasta aferrar mi nuca.

Sus dedos ásperos se cerraron sobre la base de mi cráneo con una autoridad posesiva y abrumadora.

Me derretí contra él, era imposible resistirme a su toque, a su mirada y a su olor.

Y entonces, me besó.

No fue un beso de prueba. Fue una colisión.

Un asalto territorial, ardiente y abrasador.

Sus labios reclamaron los míos con una voracidad que me hizo gemir contra su boca.

La lengua de Ian se abrió paso, saboreando el interior de mi boca con una urgencia que me destrozó cualquier intento de cordura.

Me estaba marcando. Me estaba demostrando que todo lo que había dicho en la cocina era la más cruda de las verdades.

El mundo exterior se desintegró. La humedad se acumuló entre mis muslos de forma instantánea, un latido pesado y febril que me hizo retorcerme contra su pierna desnuda.

Estaba desbordada. Su única mano sana era suficiente para doblegarme, manteniéndome sujeta contra la dureza de su pecho, gobernando el ritmo salvaje de nuestras lenguas.

Me aferré a su hombro izquierdo como si temiera que me soltara, que me dejara caer. Pero Ian jamás dejaría caer a nadie.

El beso se volvió desesperado, húmedo y profundamente sexual. Ian me besaba como si quisiera consumirme viva, y yo me estaba quemando en su incendio con absoluto placer.

De repente, con un jadeo brusco, Ian rompió el contacto.

Se separó apenas unos milímetros. Su pecho subía y bajaba con violencia, rozando mis senos a través del jersey. Tenía las pupilas dilatadas, devoradas por un deseo oscuro y salvaje, y la respiración entrecortada chocaba con mis labios hinchados.

—Será mejor que me vista, Savannah —murmuró, con la voz tan rota y grave que vibró contra mis costillas—. O, te lo juro, en tres segundos acabaremos los dos igual de desnudos sobre esta cama, y a Logan Pierce le dará un infarto cuando le diga cómo he desplazado la fractura.

Tardé un momento infinito en procesar las palabras.

Mi cerebro flotaba en una neblina embriagadora de endorfinas y deseo.

Parpadeé despacio, asintiendo como una autómata.

El anclaje de su mano en mi nuca se aflojó, retiró su mano dejando que la punta de sus dedos acariciara mi cuello hasta la garganta.

Me puse en pie, alisándome la ropa con manos inestables, incapaz de mirarlo directamente.

Me encaminé hacia el pasillo y cuando salía por la puerta cerré los ojos, saboreando el escozor de mis labios y la humedad traicionera de mi sexo, y, sin poder contener la verdad que me desbordaba el pecho, susurré para mí misma:

—Ha sido el mejor beso de toda mi vida.

Tiré del pomo y cerré la puerta tras de mí, pero el grosor de la madera no fue suficiente para ahogar la carcajada profunda, ronca e inmensamente satisfecha de Ian Collins al otro lado.