Ridge (Wildwater Falls 3) NUEVE
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NUEVE

Savannah

E l mutismo de Ian cayó sobre la cocina con el peso de una losa de granito.

El tiempo pareció detenerse entre los dos.

El único sonido perceptible en la estancia era el zumbido sordo de la nevera y el latido desbocado de mi propio corazón, que me martilleaba contra las costillas con una fuerza casi dolorosa.

Me quedé allí, de pie frente a él, sosteniendo su mirada inescrutable mientras una ola de bochorno frío empezaba a treparme por la nuca.

De repente, me sentí absoluta y patéticamente ridícula.

El hecho de que Ian hubiera dicho que yo era deseable, que hubiera afirmado con esa voz ronca que cualquier hombre perdería la cabeza por mí, no significaba bajo ningún concepto que él estuviera deseando ser ese hombre.

El plan de pedirle que fingiera ser mi pareja no había nacido de la nada. Era una idea que llevaba rumiando desde la noche anterior, desde el instante exacto en que me rodeó con su brazo en The Switchback y silenció a Phillip con un beso en mi cuello.

Y ahora, Ian estaba completamente mudo.

No se movió ni un milímetro. No parpadeó. Su postura, apoyada contra la madera con los músculos de los hombros en tensión, destilaba la quietud de un lobo evaluando a su presa.

—¿Qué me estás pidiendo exactamente, Savannah? —La pregunta rasgó el silencio con una gravedad que me hizo estremecer —. Necesito que seas específica.

El rubor me incendió el rostro con la fuerza de una llamarada. Quise encogerme, desviar la mirada hacia el suelo y retirar la propuesta. Apreté las manos contra el borde de la encimera, anclándome a la piedra para no retroceder.

—Te estoy pidiendo que finjas que somos pareja —dije, y aunque mi voz salió un poco más aguda de lo normal, no tembló—.

Solo durante un tiempo. Hasta que Evelyn asuma que mi vida no es un fracaso y me deje en paz, y Phillip deje de buscar excusas para acosarme.

O... o hasta que tú encuentres a alguien con quien quieras estar. Lo que suceda antes.

Ian no apartó la vista. Su expresión no se alteró, pero sus pupilas se dilataron hasta devorar casi por completo el verde de sus iris.

—No voy a encontrar a nadie —respondió. Fue escueto y definitivo —. Detalla en qué consistirá esa supuesta relación falsa.

Tragué saliva, intentando mantener a raya el torbellino de nervios que me asaltaba el estómago.

—Consistiría en... en dejarnos ver juntos en algunos lugares públicos del pueblo, tal vez tomar un café o ir a The Switchback —balbuceé, sintiendo que me adentraba en arenas movedizas—.

Y, sobre todo, en asistir juntos a alguna de las comidas o cenas familiares que mi madre insistirá en organizar en cuanto ponga un pie aquí.

Con que me acompañes y actúes como si estuviéramos juntos, será más que suficiente para disuadirla.

No hace falta que me beses o que me toques.

Ian absorbió la información sin mover un solo músculo. El silencio volvió a extenderse entre nosotros.

—Ya veo —fue lo único que pronunció.

El pánico me atenazó la garganta. Ese murmullo bajo, desprovisto de emoción, fue el golpe de gracia para mi inseguridad.

Lo había acorralado. Me había sobrepasado por completo y ahora el bombero de rescate del Equipo Alfa estaba buscando la manera más diplomática de rechazar a la mujer divorciada y cargada de traumas que le había cocinado un estofado.

—Lo siento... —empecé a decir, retrocediendo un paso, soltando el agarre de la encimera como si quemara—. Me he pasado. Siento mucho haberte puesto en esta situación, Ian. Olvídalo, es una locura, no sé en qué estaba pensando...

—No vamos a tener una relación falsa.

Me quedé congelada. La negativa frontal y sin anestesia me golpeó con la fuerza física de una bofetada.

La vergüenza amenazó con derribarme allí mismo, y abrí la boca para balbucear una nueva disculpa, para recoger los pedazos de mi dignidad y salir huyendo de aquel piso antes de echarme a llorar de pura humillación.

Pero Ian no me dio tiempo.

Se enderezó. El movimiento, a pesar del cabestrillo que le inmovilizaba el brazo derecho, fue imponente.

—No vamos a tener una relación falsa, Savannah, porque vamos a tener una relación real —sentenció. La voz le salió de lo más profundo del pecho, áspera, vibrante y preñada de una posesividad que me hizo temblar las rodillas.

Lo miré, incapaz de procesar el giro radical de los acontecimientos, con los labios entreabiertos y el pulso galopando en mis oídos.

—Si quieres un escudo, lo seré —continuó él, dando un paso lento, medido y depredador alrededor de la isla, acortando la distancia hasta que su altura me envolvió por completo—.

Estaré más que encantado de interponerme entre tú y cualquiera que intente hacerte daño. Pero lo haremos bajo mis condiciones.

Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Su rostro estaba tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su piel y percibir el ritmo pausado de su respiración.

—¿Qué... qué condiciones? —susurré, hipnotizada por la intensidad salvaje de sus ojos.

—Será una relación real —dictaminó, y cada palabra fue una caricia oscura contra mis sentidos—. Con citas reales. Y besos reales. Sin límites físicos.

Levantó la mano izquierda con una lentitud calculada y deslizó la punta de su dedo índice por la curva de mi mejilla. El roce de su dedo áspero contra mi piel ardiente me arrancó un estremecimiento involuntario que le hizo sonreír de medio lado.

—Es la mejor forma que se me ocurre de demostrarte que no eres ni remotamente frígida —susurró, con los labios a escasos milímetros de los míos, envolviéndome en su aliento—. Esa es mi contraoferta, Savannah. Tú decides si la aceptas.

Me quedé con los labios entreabiertos, incapaz de articular un solo sonido frente a la inmensidad de la oferta que acababa de poner sobre la mesa. Ian se mantuvo a escasos milímetros, inamovible, con la mirada clavada en la mía.

Pensaba que mi oferta era una locura, pero la suya era traspasaba cualquier límite de mi imaginación.

Cuando por fin mis pulmones recordaron cómo funcionar, tomé una bocanada de aire temblorosa.

—¿Qué... qué sacas tú de todo esto? —logré formular, con un hilo de voz que apenas superó el zumbido de la nevera.

Ian enarcó una ceja, un gesto lento y deliberado que acentuó su atractivo. Su boca se quebró para dar paso a una media sonrisa de una arrogancia letal y profundamente seductora. Jamás había visto esta versión de Ian, pero tenía que reconocer que quería más, mucho más.

—Tengo más que suficiente con demostrarte que tengo razón —susurró bajando el timbre de su voz hasta convertirlo en una vibración que me resonó en el pecho—.

Me basta con probarte que no eres frígida en absoluto.

Y, de paso, quiero confirmarte que hablaba completamente en serio cuando dije que una sola noche contigo jamás sería suficiente.

La posibilidad real y tangible de estar con él me produjo un vértigo embriagador.

Sabía que estábamos forjando un pacto con fecha de caducidad.

Sabía que sería temporal. Pero, por primera vez en mi vida, la necesidad superó al instinto de preservación.

No iba a desaprovechar la oportunidad de sentirme viva bajo sus manos. Aunque fuera una locura.

—Acepto —susurré, sintiendo que el corazón me latía en la base de la garganta. Pero antes de que él pudiera acortar el último milímetro que nos separaba, alcé las manos y las apoyé suavemente sobre su pecho —. Pero tienes que prometerme algo, Ian.

Él bajó la vista hacia mis manos descansando sobre su camiseta y luego volvió a mirarme.

—Lo que sea.

—Tienes que prometerme que, pase lo que pase entre nosotros cuando esto termine, no romperemos nuestra amistad.

No podemos afectar al grupo —supliqué, con la angustia real asomando en mi tono—.

Avery, Hannah, Caleb, Noah, Logan... son mi familia.

Son mi única red de seguridad. Hacer algo que fracture eso o que me cueste mi lugar entre vosotros me destruiría.

Ian no dudó. Sostuvo mi mirada con una solemnidad inquebrantable, cubriendo mis manos con la suya izquierda, atrapando mis dedos contra la firmeza de su pecho.

—Te lo prometo, Savannah —juró, con una voz desprovista de cualquier burla—. Pase lo que pase entre nosotros, el grupo seguirá intacto. Nadie va a perder a nadie.

La tensión que me oprimía el pecho se disolvió ante su promesa. Sabía que Ian Collins siempre cumplía con lo que prometía.

Esperé a que Ian redujera la distancia que nos separaba y sellara el trato, pero en cambio dio un paso atrás, bajando su mano sana a su costado, apretándola en un puño.

—Iré a darme una ducha —anunció finalmente —. Los ejercicios de esta mañana me han dejado sudado, y tengo que cambiar el vendaje interior.

Asentí, observando cómo su figura ancha desaparecía por el pasillo hacia el dormitorio.

Me quedé a solas, terminando de guardar los envases herméticos en las baldas de la nevera.

Cerré la puerta del electrodoméstico y me apoyé contra el metal frío, cerrando los ojos.

Una sonrisa temblorosa y genuina se me escapó de los labios.

Estaba aterrada, sí, pero la expectación, la excitación cruda de saber que a partir de ese momento yo era suya, aunque fuera bajo un pacto de protección, me hacía sentir invencible.

El sonido estridente del teléfono móvil rompió mi ensoñación.

Abrí los ojos de golpe. El aparato de Ian había quedado abandonado sobre la isla. Caminé hacia él, con la intención de ignorarlo tal y como él había hecho antes, pero el nombre que parpadeaba en la pantalla me detuvo en seco: Mamá.

Sabiendo lo insistente que podía llegar a ser la madre de Ian, agarré el teléfono sin pensar. Mis pasos resonaron veloces por el pasillo de madera.

—¡Ian, es tu madre! —anuncié, abriendo la puerta del dormitorio principal sin pararme a llamar con los nudillos.

Me precipité en el interior de la habitación. Y me quedé petrificada.