OCHO #2
Me sostuve en esa mirada, transmitiéndole sin filtros todo el hambre reprimida que me devoraba por dentro, permitiendo que viera en mis ojos verdes exactamente la clase de instintos salvajes que ella era capaz de despertar en mí.
Lentamente, me recosté en el taburete, dándole el espacio que necesitaba para respirar, pero sin relajar ni un milímetro.
Savannah tragó saliva con dificultad. Su pecho subía y bajaba con una rapidez delatadora.
Cogió su tenedor con dedos temblorosos, incapaz de articular una respuesta, y se sumió en un silencio abismal.
Y yo, sentado frente a ella, dispuesto a ser el hombre más paciente de la tierra, le di espacio.
Porque sabía que el siguiente movimiento le correspondía a ella.
✽✽✽
El sol de la tarde había empezado a declinar, bañando mi piso con una luz dorada y espesa que resaltaba las motas caoba en el pelo de Savannah.
Sin embargo, a pesar de la calidez del ambiente y de lo reconfortante del guiso, la tensión que había dejado mi última declaración seguía vibrando en el aire, tensa como la cuerda de un arco a punto de dispararse.
Savannah recogió los platos con movimientos mecánicos.
—Georgia llega en un par de días —murmuró de pronto, apoyando la cadera contra la encimera mientras el agua del fregadero empezaba a correr. Su voz sonaba desprovista de energía—. Se instalará conmigo en la cabaña de Hannah hasta que encuentre un lugar más permanente.
Asentí despacio, observando la línea tensa de su espalda.
—Te vendrá bien tener a tu hermana cerca.
Savannah soltó un suspiro áspero y cerró el grifo.
—Sí... supongo. Lo que no me vendrá tan bien es que mi madre también está buscando casa aquí —añadió, girándose hacia mí con una expresión de puro desaliento—.
Por suerte, la cabaña es diminuta y no hay espacio material para ella.
Cuando Evelyn decidió irse a Portland hace años para estar más cerca de Georgia, vendió la casa de nuestra infancia.
Así que ahora tendrá que apañárselas con una inmobiliaria.
El amargor en su tono era inconfundible. Yo ya sabía todo eso, especialmente lo de la venta de su casa de la infancia, pero no podía decírselo a Savannah. No podía explicarle nada. No aún.
—¿Cómo es exactamente tu relación con ella, Savannah? —pregunté suavemente.
Ella se abrazó a sí misma. Bajó la mirada hacia las vetas de la madera, buscando las palabras adecuadas.
—Inexistente, en el mejor de los casos. Tóxica en la mayoría de ellos —confesó, con una voz que temblaba ligeramente —.
Evelyn es... la típica madre narcisista de manual.
Cuando éramos pequeñas, su pasatiempo favorito era enfrentarnos a Georgia y a mí.
Nos comparaba constantemente. Ha vivido a través de nosotras, apropiándose de los logros de mi hermana y convirtiéndome a mí en su fuente inagotable de eterna decepción, en su saco de boxeo personal.
Apreté la mandíbula al escucharla.
—Para ella nunca fui suficiente —continuó Savannah, alzando por fin la vista —.
Nunca fui lo suficientemente delgada, ni lo suficientemente inteligente, ni sofisticada o exitosa.
Me crio haciéndome creer que yo era el eslabón débil.
Me convenció de que Phillip era lo mejor a lo que una chica ordinaria como yo podía aspirar en esta vida.
Me hizo sentir agradecida de que él se fijara en mí.
Y ahora... ahora que he firmado el divorcio, Evelyn insiste en que he cometido el error de mi vida.
Me ha dejado muy claro que jamás encontraré a alguien más, y mucho menos a alguien mejor.
La indignación me quemó el pecho y empezó a arañarme por dentro una necesidad casi animal de arrinconarla contra la encimera y devorarla hasta que olvidara la palabra frígida.
Pero también quería protegerla de las críticas envenenadas de su madre con la misma ferocidad con la que había querido partirle los dientes a Phillip la noche anterior en el bar.
Quería aislarla de la mediocridad de su pasado.
Savannah dejó escapar un suspiro largo, profundo y tembloroso, soltando el lastre de su confesión. Entonces, descruzó los brazos, enderezó la espalda y clavó su mirada directamente en mis ojos. Había una determinación nueva en ella, una chispa que antes no estaba ahí.
—Ian —pronunció mi nombre con una solemnidad repentina—. ¿Me consideras tu amiga?
La pregunta me descolocó, pero no dejé que mi expresión vacilara.
—Sí. Por supuesto que sí —respondí, con la voz grave y rotunda, aunque en mi fuero interno deseaba ser mil cosas más. Quería ser su amante, su refugio, y el hombre que la poseyera.
Savannah dio un paso hacia la isla, acortando la distancia entre nosotros. La fragancia cálida de su piel, ese olor dulce que me estaba volviendo loco, me golpeó de lleno.
—Venir aquí a traerte la comida, curarte la clavícula y hacerte compañía... todo ha sido completamente desinteresado. Lo sabes, ¿verdad? Jamás te pediría nada a cambio de cuidarte.
—Lo sé —afirmé, sintiendo que el pulso se me aceleraba ante la intensidad de su mirada.
—Pero... necesito que me hagas un favor durante las próximas semanas —soltó de golpe.
Me mantuve inmóvil, expectante. Habría saltado a un río helado si ella me lo hubiera pedido en ese momento.
—Pídelo.
Savannah tragó saliva. Sus mejillas se tiñeron de un rubor furioso, pero no apartó los ojos de los míos.
—Necesito que seas mi escudo —dijo, y las palabras salieron en un torrente apresurado—.
Frente a Phillip, sí, pero sobre todo frente a Evelyn.
Mi madre te conoce de oídas, sabe quién eres en el pueblo, sabe que eres un hombre respetado, al igual que tu familia.
Sé cómo funciona su mente narcisista. Si Evelyn te ve a mi lado...
si llega al pueblo y cree que hay algo entre nosotros, su argumento de que estoy acabada y sola se vendrá abajo.
Me dejará en paz. Y Phillip hará exactamente lo mismo, tal y como hizo anoche en el bar cuando me tocaste.
El aire se evaporó de mis pulmones.
—Solo te pido que finjas, Ian —aclaró ella, en un susurro cargado de necesidad y esperanza—. Que actúes como si estuviéramos juntos. Solo hasta que las aguas se calmen.
Me quedé completamente congelado. El tiempo pareció detenerse en la cocina. Mi mente racional cortocircuitó de forma espectacular mientras procesaba lo que me acababa de pedir.
Mantuve mi expresión serena intacta. Pero por dentro, la sangre se precipitó hacia mi ingle con una fuerza devastadora.
Una excitación feroz, oscura y abrumadora me incendió cada nervio del cuerpo, provocándome una erección tan dura y dolorosa contra la tela del pantalón de deporte que tuve que aferrarme al borde de la isla para no perder el control.
Allí estaba ella, esperando una respuesta, con los ojos inmensos y los labios entreabiertos, completamente ignorante del monstruo de posesividad y deseo que acababa de desatar en mi interior.